*** —Conejita —susurro, cruzando la distancia en unas pocas zancadas y atrayéndola directamente hacia mi pecho. Se funde en mí. Simplemente se dobla contra mi cuerpo como si perteneciera allí. Sin dudarlo. La beso en la frente, inclinándome ligeramente porque siempre es más pequeña sin tacones. —No es tu culpa —murmuro—. Cosas que pasan. —Lo dejé —susurra—. Sabía lo psicótico que puede ponerse cuando se siente abandonado. Sin embargo, me fui. —Tenías que hacerlo. La gente se conoce y se separa. Se aparta, con los ojos enrojecidos pero claros. —Voy a asegurarme de que reciba ayuda. Le aparto el flequillo de la cara, con los dedos posados en su sien. —Por supuesto. Recibirá toda la ayuda que necesite. Me encargaré de eso. Ella asiente. Sus ojos buscan los míos como si buscara algo

