Exhalo. —Solo nuestros problemas de siempre. Ya sabes cómo es. Sigue escéptica, pero asiente. —De acuerdo. ¿A quién tengo que llamar? ¿A tu mamá? ¿A tu papá? Niego con la cabeza. —No. No lo hagas. Mi familia está lejos. No hay necesidad de hacer que entren en pánico y se suban a un avión. Eres mi única amiga aquí. —La miro a los ojos—. Eres suficiente. Duda. Su mirada baja al suelo y luego vuelve a mí. —Llamaré a Perseo. —¡No! Demasiado rápido. —Tengo que avisarle a alguien —dice—. Relájate, Fede. Recuéstate. La veo sacar su teléfono y caminar hacia el pasillo. Se me encoge el estómago. Esto no está saliendo según lo planeado. Se supone que debería sentarse aquí. Darme gelatina. Esponjar mi almohada. Llorar un poco tal vez. Reforzar el vínculo que he estado intentando reconstruir

