El despertador sonaba a las 5:30 de la mañana, siempre con ese pitido agudo que le taladraba la cabeza. Ethan lo apagaba de un manotazo y permanecía unos segundos acostado, mirando el techo. El ventilador giraba lento, sacudiendo el calor pegajoso de la madrugada texana. Al final se levantaba, se enfundaba en el uniforme azul con el logo de la paquetería y se servía café frío de la noche anterior. Su padre ya estaba despierto, sentado en la mesa con el periódico doblado. —¿Hoy vas lejos? —preguntaba sin levantar la vista. Ethan respondía con un murmullo, y salía sin más. El asiento tenía marcas de sudor y el volante ya estaba gastado en la parte superior. Ethan recorría las mismas calles una y otra vez. Casas con los mismos buzones oxidados, perros que ladraban tras las rejas, ancianas q

