Una tarde de domingo, Ethan pasó a visitar a su padre. El viejo lo recibió en el porche con un vaso de té helado en la mano y esa mirada cansada de quien ya lo había visto todo. Hablaron de nada: del calor sofocante, de lo caro que estaba el combustible, de las vacas del vecino. La conversación parecía ir directo al silencio, hasta que su padre soltó: —Oye, ¿supiste de Daniel? Ethan alzó la vista. Negó con la cabeza. —Murió hace unos meses. —El viejo apretó los labios, como si aún no lo creyera del todo—. Le dejó la granja a su hijo, pero ese muchacho sigue en Afganistán. La prometida del chaval es la que anda sacando adelante todo el lugar. Ethan no dijo nada al principio. Miró la madera gastada del porche, como si la noticia hubiera pesado demasiado para responder de inmediato. Danie

