Ethan conducía durante horas sin apenas detenerse. La música del coche era intermitente: a veces rock rasposo de su juventud, otras silencio absoluto, solo el rugido del motor y el viento entrando por la ventanilla. La carretera era un hilo interminable que lo unía al sur, al misterio de su propia memoria. Las estaciones de servicio se repetían todas iguales: luces frías, olor a gasolina, cafés aguados. Pero en cada parada había un instante extraño en el que se quedaba observando los rostros de la gente, como si en alguno pudiera reconocer una chispa, un eco del pasado. Nunca sucedía. Por las noches estacionaba en descampados o a la orilla de algún camino secundario. Encendía un cigarro, observaba las estrellas y anotaba en su libreta: frases cortas, imágenes que no sabía de dónde venían

