Los días de Ethan se convirtieron en una rutina inquietante. Por las mañanas parecía un hombre normal, retomando poco a poco la vida: desayunaba con su padre, salía a caminar, se reunía con algún viejo amigo. Pero en las noches… en las noches la mente le jugaba sucio. La risa regresaba, mezclada con sus pesadillas de guerra. A veces despertaba empapado en sudor, convencido de que esa mujer había estado en la habitación, apenas fuera de su alcance. Empezó a visitar lugares que “se suponía” eran parte de su vida antes del accidente: bares donde había celebrado, un parque donde decían que jugaba de niño, una librería antigua donde alguna vez se había refugiado de la lluvia. Todo era familiar y extraño a la vez, como caminar en un escenario sin reconocer realmente la obra. A menudo se deten

