Ethan salió del restaurante sin mirar atrás, ni siquiera alcanzó a ordenar algo. La chica le había dado las indicaciones como si fueran simples direcciones de pueblo, pero para él eran un mapa hacia lo imposible. Encendió el auto, y el rugido del motor se confundió con el latido en sus sienes. Manejó como un demonio, el pie hundido en el acelerador, atravesando curvas y caminos polvorientos como si todo el sur lo estuviera esperando. Cuando por fin divisó el rancho, el corazón casi se le detuvo. El aire olía igual que antes, a tierra húmeda y a madera envejecida. Todo seguía allí: las cercas maltrechas, la cabaña en el mismo sitio, la sombra de los árboles que parecían custodiar recuerdos en silencio. De golpe, imágenes le golpearon la mente: las jornadas de trabajo, las risas de ella, la

