El café de Pasadena quedó atrás, pero el sabor amargo seguía en su boca. Ethan condujo sin rumbo por la autopista, con la lista de Connor arrugada en el asiento del copiloto. Una y otra vez repasaba los nombres, tachando mentalmente la mesera que había resultado ser solo una ilusión. “Glendale.” La palabra resaltaba en su mente como si fuera un destino inevitable. Allí había otra Madison Carter, registrada en un pequeño complejo de departamentos. El dato era menos vistoso que la mesera, pero tenía lógica: una ciudad tranquila, escondida entre colinas, donde alguien que quisiera desaparecer podría empezar de nuevo. Esa noche apenas durmió. Al amanecer, tomó el auto y condujo hacia Glendale. El barrio era silencioso, con árboles alineados y casas modestas. Aparcó frente al edificio que Con

