Salimos del baño envueltos en ese silencio que habla más que cualquier palabra. El dormitorio estaba en penumbra, la luz matinal filtrándose apenas por las cortinas cerradas. Alonso me guio hacia la cama, sus dedos entrelazándose con los míos mientras me miraba con ternura y deseo.
—No tienes que decir nada —dijo, acariciando mi rostro con el dorso de su mano—. Pero quiero que sepas que esto… lo que siento por ti… me está destruyendo y salvando al mismo tiempo.
Mi garganta se cerró. Quería responder, quería decirle que sentía lo mismo, que desde el primer día había algo en él que me había atraído de una forma imposible de ignorar. Pero las palabras no salieron. En cambio, me incliné hacia él, mis labios buscando los suyos con una necesidad urgente.
El beso fue diferente esta vez. Más lento, más profundo. Era como si ambos intentáramos grabar ese momento en nuestras almas. Sus manos volvieron a explorar mi cuerpo, pero ahora con una reverencia que hacía que cada caricia se sintiera como una confesión.
Nos tumbamos en la cama, nuestros cuerpos entrelazados, y el mundo exterior se desvaneció una vez más. Lo que sucedió después fue una danza de emociones, de piel contra piel, de susurros y gemidos ahogados. Cada movimiento, cada toque, era un recordatorio de lo que habíamos estado negando durante tanto tiempo.
Cuando todo terminó, quedamos envueltos en la misma toalla, nuestras respiraciones sincronizadas mientras la luz del día se filtraba tímidamente por las cortinas. Alonso me sostuvo entre sus brazos, sus dedos dibujando círculos en mi espalda.
—Quiero todo contigo, Tays —murmuró contra mi cabello—. No sé cómo, pero lo quiero.
Mi corazón dio un vuelco. Sabía que estábamos cruzando una línea peligrosa, pero en ese momento, con su cuerpo cálido junto al mío y su voz llena de honestidad, no podía pensar en nada más que en él.
El sol ya estaba alto cuando Alonso y yo salimos de la cama. Después de lo que habíamos compartido, el ambiente era distinto. Mientras me envolvía en la bata, él permaneció en la habitación, observándome con una expresión que no podía descifrar del todo.
—¿Tienes hambre? —preguntó, su tono cálido y relajado, como si intentara normalizar el caos emocional que ambos llevábamos dentro.
—Algo —respondí, ajustándome la bata—. Pero tengo que prepararme. Hoy es la prueba de naturales de Julián. Me prometí a mí misma que estaría para apoyarlo.
Alonso esbozó una sonrisa, una de esas auténticas que eran tan raras en él y que parecían iluminar todo a su alrededor. Se acercó a mí y me apartó un mechón de cabello de la cara, sus dedos rozando mi mejilla.
—Bien. Entonces vamos a desayunar y luego te llevo. Julián estará nervioso, y creo que tenerte ahí le dará confianza.
Bajamos juntos a la cocina, y mientras él preparaba café, yo organicé algunas frutas y bocadillos en un plato. Era una escena tan cotidiana que casi olvidé la intensidad de lo que había pasado entre nosotros esa mañana.
Más tarde, cuando llegamos a la escuela de Julián, Alonso decidió quedarse en el coche para no llamar la atención. Mientras yo me dirigía al aula donde él esperaba con su maestro, sentí su mirada fija en mí desde la distancia, como si no quisiera dejarme ir.
—¡Tays! —gritó Julián al verme, corriendo hacia mí con su libro de ciencias en la mano.
—Hola, campeón. ¿Listo para demostrar todo lo que sabes? —pregunté, agachándome para quedar a su altura.
Él asintió, sus ojos brillando con nerviosismo y entusiasmo. Nos sentamos juntos en una mesa cercana mientras repasábamos sus apuntes. A cada respuesta correcta, le daba un choque de manos y una sonrisa de aliento. Era fácil olvidarme de todo lo demás cuando estaba con él. Julián tenía esa energía pura que hacía que el mundo pareciera más simple y ligero.
Cuando terminó la prueba, su sonrisa de orgullo iluminó la habitación.
—¿Crees que lo hice bien? —preguntó, mirándome con esos ojos llenos de esperanza.
—Sé que lo hiciste increíblemente bien. Estoy muy orgullosa de ti —le respondí, abrazándolo con fuerza.
De regreso al coche, Julián corrió hacia Alonso y, para mi sorpresa, le saltó encima, emocionado por contarle cada detalle. Alonso lo escuchó con una paciencia y calidez que no había imaginado en él, y mi corazón se contrajo al verlo interactuar con su hermano menor de esa manera.
Mientras Julián seguía hablando, Alonso levantó la mirada hacia mí, y por un instante, nuestras almas parecieron hablar un idioma propio, silencioso pero lleno de significado. Había algo en esos momentos sencillos, en esa conexión, que era más intenso que cualquier encuentro furtivo o palabra no dicha.
Estaba cayendo por él, y lo sabía.
La mañana seguía tranquila cuando Alonso y yo salimos juntos de la escuela de Julián. No podía dejar de pensar en lo que había pasado esa mañana, en los momentos que compartimos y en cómo todo había cambiado sin que lo esperara. Pero la paz no duró mucho.
Mi celular vibró con fuerza, y al mirar la pantalla, vi el nombre de Rossan. Me tensé inmediatamente. El mal presentimiento se hizo más fuerte cuando el teléfono comenzó a vibrar nuevamente, pero esta vez era el número de Hernán.