Conectados

1220 Palabras
Vestía con una chaqueta casual, algo raro en él, y llevaba una pequeña bolsa en la mano. Su mirada, al principio seria, se suavizó al verme. —¿Qué demonios te pasó? Pareces un desastre. —Gracias, siempre tan encantador. Mi sarcasmo apenas se notó entre mi voz débil. Alonso frunció el ceño y, sin esperar una invitación, entró al departamento. Cerró la puerta detrás de él y dejó la bolsa en la mesa. —Me preocupé cuando no contestaste los mensajes. ¿Por qué no dijiste que estabas enferma? —No quería molestar a nadie. Es solo una fiebre, nada grave. Lo último que esperaba era que Alonso apareciera en mi puerta, pero ahí estaba, con su presencia imponente llenando el espacio reducido de mi sala. Antes de que pudiera protestar, me tomó del brazo con cuidado y me guio hasta el sofá. —Si esto es 'nada grave', entonces no quiero imaginar lo que consideras serio. Siéntate. Te traje algo para la fiebre; Roy me comentó que no te veías bien, y tenía razón. Mientras sacaba un frasco de analgésicos y una botella de agua de la bolsa, me observó con irritación y preocupación. —Deberías aprender a pedir ayuda, Tays. No tienes que cargar con todo sola. Había algo en su tono que me hizo bajar la guardia. No era una reprimenda, sino una especie de cuidado que no esperaba de él. Tomé las pastillas que me ofreció y, después de beber un poco de agua, cerré los ojos por un momento. Cuando los volví a abrir, Alonso estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera. Su postura era relajada, pero había algo en su expresión que lo hacía parecer pensativo, casi melancólico. —Gracias por venir, de verdad. No tenías que hacerlo. Él giró lentamente hacia mí, cruzando los brazos. —No podía quedarme tranquilo sabiendo que estabas mal. Además, alguien tiene que asegurarse de que te cuides. La sinceridad en sus palabras me desarmó. Durante los últimos meses, había conocido tantas facetas de Alonso, pero esta, la versión de él que se preocupaba genuinamente, era la que más me sorprendía. Me moví un poco en el sofá, tratando de acomodarme mejor, y lo vi acercarse. Se agachó a mi altura y me miró directamente a los ojos. —¿Qué voy a hacer contigo, Tays? Su voz era un susurro, pero la intensidad de su mirada hizo que mi corazón se acelerara a pesar de mi estado febril. No supe qué responder, así que simplemente lo observé en silencio, esperando que dijera algo más. En lugar de palabras, lo siguiente que hizo fue llevar una mano a mi frente, como si quisiera comprobar mi temperatura. Su toque era cálido, y la ternura en su gesto me desarmó por completo. —Descansa. Me quedaré aquí un rato, solo para asegurarme de que estás bien. Intenté protestar, pero su mirada firme me dejó claro que no aceptaría un "no" por respuesta. Mientras me acomodaba en el sofá, escuché cómo comenzaba a preparar algo en la pequeña cocina. Era tan fuera de lugar, tan ajeno a la imagen que tenía de él, que no pude evitar sonreír a pesar de mi malestar. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que no estaba sola. Y aunque todavía no entendía del todo lo que había entre nosotros, sabía que, al menos en ese momento, Alonso estaba ahí para mí. Y eso era suficiente. Esa madrugada, después de comer la sopa que Alonso preparó para mí, desperté en el sofá, todavía débil por la fiebre. Alonso estaba allí, sentado frente a mí, atento a cada movimiento que hacía. Se acercó para preguntarme cómo me sentía, y su tono, más suave de lo habitual, me hizo estremecer. Cuando apartó un mechón de mi rostro, su tacto cálido y su mirada intensa hicieron que el aire entre nosotros se cargara de tensión. Por un momento, parecía que iba a decir algo más, pero se contuvo, como si luchara contra sí mismo. —Descansa, estoy aquí —murmuró antes de apartarse, su postura rígida, casi incómoda. Finalmente, se levantó, diciendo que volvería al día siguiente para asegurarse de que estuviera bien. La puerta se cerró tras él, dejando una sensación de vacío y confusión en mi pecho. Sabía que algo en nuestra dinámica había cambiado, aunque ninguno de los dos estuviera listo para enfrentarlo aún. A la mañana siguiente, me sentí un poco mejor. Decidí tomar una ducha para despejarme. El agua caliente corría por mi cuerpo, llevándose el cansancio y los rastros de la fiebre. Cerré los ojos, dejando que el vapor me envolviera. No escuché la puerta de entrada ni los pasos que se acercaban hasta que fue demasiado tarde. De repente, la puerta del baño se abrió, y el frío aire exterior entró con Alonso, trayendo consigo una presencia que hacía que todo mi cuerpo se tensara. —¿Alonso? —exclamé, girándome rápidamente para cubrirme con la cortina de la ducha, aunque mi tono denotaba más sorpresa que enojo. Él no pareció inmutarse. Su mirada era seria, como si entrar en mi baño fuera la cosa más natural del mundo. —La puerta estaba abierta. Quería asegurarme de que estabas bien —dijo, con esa voz grave y autoritaria que siempre me desarmaba. —Alonso, deberías… —comencé a decir, pero mi voz se apagó cuando sus dedos tocaron suavemente la cortina, deslizándola a un lado. El agua seguía cayendo, el calor del baño mezclándose con el fuego que encendía su mirada. Estaba tan cerca que podía sentir su respiración, y la intensidad de sus ojos hacía que mis rodillas amenazaran con ceder. —Dime que me vaya —susurró, con un tono que era tanto una súplica como un desafío. No dije nada, pero fue más que una confirmación. Su mano se alzó, rozando mi mejilla húmeda, y en un movimiento lento pero decidido, sus labios encontraron los míos. Fue un beso ardiente, lleno de todo lo que habíamos reprimido durante tanto tiempo. El agua nos envolvía, pero el calor entre nosotros era mucho más intenso. Sus manos recorrieron mi rostro, mi cuello y finalmente mi cintura, mientras yo me aferraba a sus hombros como si temiera perder el equilibrio. Finalmente, se separó ligeramente, su respiración entrecortada. —Esto no es solo deseo, Tays —murmuró contra mi piel, sus palabras haciendo eco en mi pecho. Alonso no esperó una respuesta; sus manos, fuertes pero temblorosas, se deslizaron desde mi cintura hacia mi espalda, atrayéndome con más firmeza contra él. Su boca regresó a la mía, esta vez con más hambre, más necesidad. El beso fue profundo, lleno de una pasión que había estado contenida durante demasiado tiempo. Mis manos encontraron su cabello, enredándose en él mientras su lengua exploraba la mía, robándome el aliento. Mi cuerpo parecía actuar por su cuenta, presionándose contra él, queriendo sentir más, necesitar más. Alonso deslizó una mano por mi muslo, levantándome con facilidad. Mi espalda encontró el frío azulejo de la ducha. Mis piernas rodearon su cintura instintivamente, buscando equilibrio y, al mismo tiempo, una conexión más profunda. Su cuerpo se movió contra el mío, penetrándome con suavidad, sus labios dejando un rastro ardiente por mi cuello mientras sus manos me sujetaban con una firmeza que prometía no dejarme caer.
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