Un nuevo Alonso

919 Palabras
Fue un jueves de sol cuando Alonso decidió recorrer las oficinas de Mars Enterprises. Había estado al mando de la empresa durante años, pero nunca antes se había tomado el tiempo de conocer a fondo al personal, de caminar entre los pasillos y saludar a quienes realmente hacían posible que la empresa fuera lo que era. —Hoy quiero conocer a las personas que están detrás de todo esto. Quiero ver cómo se sienten, cómo trabajan y qué opinan realmente". Estaba decidido. Me acompañó en la caminata por las instalaciones, y a cada paso se podía ver su postura más relajada, una curiosidad genuina en sus ojos que rara vez había mostrado antes. A lo largo del recorrido, Alonso habló con varios empleados, algunos de los cuales, sorprendidos por su cercanía, no sabían cómo reaccionar. La mayoría lo había visto desde lejos, siempre distante, siempre rodeado de su círculo exclusivo de ejecutivos. Pero hoy, el CEO parecía estar buscando algo más que solo números o resultados. Estaba buscando a las personas. A medida que avanzábamos, Rossan apareció. Su presencia era indiscutible: elegante, impecable, con una sonrisa que no era más que una fachada perfecta. —¿Así que al final decidiste salir de tu oficina, Alonso? La pregunta, aunque aparentemente amistosa, tenía una carga de crítica oculta. Rossan no era tonta; entendía que algo había cambiado en él, y no estaba segura de cómo reaccionar. —Es hora de empezar a ver las cosas de manera diferente, Rossan. Las personas detrás de este lugar son tan importantes como los números que generamos; pude darme cuenta gracias a Tays. Mientras teníamos el recorrido, tuve la visita de James en la oficina; Roy me llamó para dar aviso previo, subí y conversé con él, le conté todo y rompimos definitivamente. Al momento siguiente, el ambiente en la oficina era incómodo. No solo porque James había dejado claro lo que sentía, sino porque Alonso y yo estábamos atrapados en una situación aún más complicada. Rossan había comenzado a notar lo que sucedía entre nosotros. Pero en este momento, la única verdad que quedaba era que, a pesar de todo, Alonso era la única persona que podía entenderme en este caos. Mi corazón latía con más fuerza que nunca, y sabía que, por fin, estaba dispuesta a enfrentar lo que fuera que el destino tuviera reservado para nosotros. James ya no formaba parte de mi futuro. Ahora solo quedaba enfrentar las consecuencias de esa decisión, y saber si realmente podría ser feliz con la vida que había elegido. Pero una cosa era segura, no podía vivir una mentira más. Había algo en el aire, una especie de tensa calma que no podía evitar notar. Quizás era el hecho de que había roto con James, y mi mente no dejaba de regresar a esa conversación, a esas últimas palabras que se quedaron colgando en el aire, a la mirada fría de James mientras me abandonaba. A media tarde, cuando entré a la sala de reuniones para entregarle algunos informes que había preparado, noté que su mirada no se apartaba de mí. No era la mirada fría y profesional de siempre. Había algo más, algo que solo podía reconocer porque ya había estado en ese punto con él, la preocupación. —Tays, ¿qué pasa? Estás… distraída. —¿Estás pensando en él, verdad? ¿En James? —Sí… Pensaba en él. En lo que pasó hoy. Fue difícil, pero… es lo mejor. —Tays, no me importa si sigues pensando en él. No te estoy pidiendo que olvides de un día para otro lo que compartieron, pero estás ida, y aparentemente confundida. —Me duele haberlo tratado así, pero evidentemente ya lo nuestro no tenía solución, me enamoré perdidamente de ti, y lo que más me hiere es que no sé si verdaderamente podremos estar juntos. —¿Estás dudando? —No, sé lo que quiero, pero está tu padre, Rossan, las apariencias, nuestras clases sociales. Tengo miedo, Alonso —dije mientras mis ojos se llenaban de lágrimas contenidas. —No tienes que tener todas las respuestas ahora, Tays. Solo quiero que sepas que lo que estamos viviendo, para mí, también es real. Lo resolveremos. Tómate el resto del día libre, lo necesitas. Lo miré, algo desconcertada. Alonso no era del tipo que regalaba días libres sin razón aparente. Había algo en la forma en que evitaba mi mirada directa que me hizo sospechar que no solo se trataba de un gesto amable. Quizás era su manera de darnos espacio después de lo que había sucedido. —¿Estás seguro? Hay muchas cosas pendientes y... —Estoy seguro. Vete a casa, descansa. Nos vemos mañana. Para cuando llegué a mi apartamento, una sensación de agotamiento comenzó a invadirme. A medida que la tarde avanzaba, me di cuenta de que no era solo cansancio. Un dolor de cabeza intenso, acompañado de escalofríos, comenzó a apoderarse de mí. Mi cuerpo, probablemente debilitado por el estrés acumulado, me estaba pasando factura. Intenté descansar, pero el malestar solo empeoraba. La fiebre llegó con fuerza, y cada minuto que pasaba se sentía como una eternidad. No sabía si era por orgullo o por no querer preocupar a nadie, pero me negué a llamar a mi madre o a Mia. Podía manejar esto sola. Al menos, eso me decía a mí misma. Fue casi al anochecer cuando escuché el sonido insistente del timbre. Arrastrándome hasta la puerta, abrí lentamente, solo para encontrarme con la última persona que esperaba ver, Alonso.
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