La junta con los inversionistas era el tipo de evento que definía la evolución de la empresa. Las mesas de vidrio, las sillas elegantes y la pantalla gigante que proyectaba las estadísticas; todo estaba preparado para lo que debía ser una reunión eficiente y decisiva.
Había trabajado en los últimos días en una propuesta que me tenía muy entusiasmada, un nuevo enfoque para las futuras inversiones tecnológicas de la empresa.
La sala estaba llena de ejecutivos, hombres de negocios con trajes impecables y mujeres igualmente formales. Alonso estaba a la cabeza de la mesa, su presencia tan imponente como siempre, pero hoy, por alguna razón, parecía más distante.
Cuando mi turno llegó, me levanté, nerviosa pero decidida. Me dirigí hacia el proyector, ajusté los gráficos y comencé a exponer mi propuesta con firmeza. Las palabras fluían con más naturalidad de lo que imaginaba. Explicaba las cifras, la proyección de crecimiento y cómo la nueva tecnología podría revolucionar el enfoque que Mars Enterprises tenía en el mercado.
Durante toda mi presentación, sentí la mirada de Alonso fija en mí. Aunque no lo miraba directamente, sentía su presencia de una manera casi palpable. La intensidad de su atención me desconcertaba y, a la vez, me mantenía concentrada.
Cuando terminé de exponer, hubo un breve silencio. Los inversionistas intercambiaron algunas palabras, evaluando mi propuesta. En ese momento, Alonso finalmente habló.
—Es una propuesta interesante, Tays —dijo con su tono habitual de voz baja y calculadora. Su mirada no dejaba de recorrerme.
Asentí, agradecida por su comentario, pero no pude evitar notar la forma en que me observaba. Había algo diferente en su mirada, algo que me hizo sentir un leve calor en el pecho.
La junta terminó con éxito. Los inversionistas parecían satisfechos, y aunque no era momento para relajarse, sentí una ligera sensación de alivio. Me dirigí hacia la salida, cuando de repente, Alonso me llamó.
—Tays, acompáñame un momento —dijo, y sin esperar respuesta, caminó hacia el ascensor.
Me apresuré a seguirlo. El ascensor estaba vacío, y cuando las puertas se cerraron, el aire dentro pareció volverse más espeso.
Alonso presionó el botón para el piso superior y luego se recargó contra la pared con su mirada fija en mí.
—Estuviste increíble, los inversionistas apoyan tu proyecto. Confieso que tuve dudas de ti, pero creo que estás hecha para esto; serás grande, Tays.
La pequeña cabina de metal comenzó a ascender, pero, de repente, algo en mí empezó a desmoronarse. La tensión de los momentos previos, la cercanía de Alonso, el peso de todo lo que había estado reprimiendo, me hicieron sentir como si no pudiera respirar.
Mis manos comenzaron a sudar, y mi corazón comenzó a latir de manera descontrolada. Miré a Alonso, buscando algo, alguna señal de que todo esto estaba bien. La sensación de claustrofobia me envolvió como una manta pesada, y mi respiración comenzó a volverse más rápida, más errática.
El espacio se encogió a mi alrededor. Miré los botones del ascensor, buscando una salida, una forma de escapar, pero el aire ya no llegaba a mis pulmones. Mi mente estaba en un torbellino de pensamientos confusos, y no podía controlarlos. Mis manos comenzaron a temblar, y mi cuerpo se sentía demasiado atrapado, demasiado encerrado.
—Tays... —La voz de Alonso fue suave, como un ancla en medio de mi pánico, pero apenas la escuché.
Fue él quien dio un paso hacia mí, acercándose con calma, notando mi creciente ansiedad. Me extendió una mano, tocando mi brazo con suavidad, un toque firme pero delicado. Sentí el calor de su contacto, y algo dentro de mí se aferró a él.
—Está bien, Tays. —Estás bien —dijo, su voz grave y segura, como si sus palabras pudieran disipar la tormenta en mi pecho.
Pero no podía calmarme. No podía respirar. Estaba atrapada, y todo lo que podía hacer era mirar a Alonso, desesperada por encontrar algo que me anclara a la realidad. Él parecía entenderlo. En lugar de alejarse o presionarme más, sus manos tomaron las mías con una suavidad increíble, guiándolas hacia su pecho, donde pude sentir su corazón latiendo con fuerza, como si también estuviera experimentando la calentura del momento.
—Mírame —susurró, y sus ojos se clavaron en los míos, buscando mi atención con una intensidad que me hizo temblar. Era imposible apartar la mirada de él.
Respiré profundamente, pero el aire aún parecía denso, demasiado pesado. Mi cuerpo seguía luchando por recuperar el control, y mi mente no dejaba de dar vueltas.
Y entonces, sin previo aviso, Alonso se inclinó hacia mí. Su rostro estaba tan cerca, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento, como si el espacio entre nosotros se redujera a nada. Me miró a los ojos, buscando algún tipo de permiso, una señal. No sabía si la quería, pero en ese momento, era incapaz de resistirme.
Nuestros labios se encontraron; el beso fue suave al principio, una caricia ligera, como si probara el terreno. Pero en cuanto nuestros labios se tocaron, el mundo pareció desvanecerse. Todo lo que quedaba era la sensación de su boca sobre la mía, de su mano en mi rostro, guiándome hacia él. Mi cuerpo reaccionó sin pensarlo, acercándose a él, sintiendo el calor de su cuerpo, la fuerza de su presencia.
Me aferré a él, sintiendo cómo todo lo que había estado conteniendo dentro se liberaba en ese beso. Mis manos se deslizaron a su cuello, sintiendo la suavidad de su piel, la firmeza de su cuerpo. Me atrajo con fuerza hacia él, levantó mi pierna alrededor de su cintura y sentí su palma recorrerme hasta los muslos. Lo peor es que yo lo deseaba, lo deseaba con una fuerza arrolladora.
Cuando finalmente nos separamos, ambos respirábamos con dificultad, nuestros cuerpos todavía tan cerca que podíamos sentir el latido del otro.
—Tays... —dijo su voz, áspera, como si estuviera buscando palabras que no llegaban— ¿estás bien?
No pude responder de inmediato. Mi corazón seguía acelerado, pero ahora también había algo más.
—No lo sé —respondí, mi voz temblorosa, pero honesta. —No sé si estoy bien, Alonso, pero no puedo dejar de pensar en ti.
Me sorprendió mi propia confesión, pero en ese instante, la verdad me salió sin querer, sin filtros. Y cuando vi su expresión, su mirada más intensa que nunca, supe que él también estaba atrapado en esto, tan perdido como yo.
El ascensor siguió su camino, pero para nosotros, el tiempo se había detenido.