Al llegar a casa, James llegó agresivo a mi puerta, me gritó cosas horribles, pero en el fondo eran ciertas. Todo después de esa noche fue diferente para mí, no dejaba de pensar en Alonso y su cama, en cuánto quería sentirlo dentro de mí. Y lamentablemente no pude negarle a James mis sentimientos, lo que nos llevó a la ruptura.
El lunes llegó con su habitual frenética rapidez. Mientras caminaba hacia la imponente torre de Mars Enterprises, mi cabeza estaba llena de un torbellino de emociones. Había pasado todo el fin de semana tratando de aclarar mis sentimientos, pero no había llegado a ninguna conclusión.
Entré al edificio con mi mejor máscara profesional, tratando de dejar el caos personal detrás. Roy, la siempre eficiente secretaria de Alonso, me saludó con un gesto cortés al pasar por su escritorio.
—Buenos días, Tays. Alonso pidió verte en su oficina apenas llegues. —Su tono era neutral, como siempre, pero algo en la forma en que me miró me hizo sentir que sabía más de lo que dejaba ver.
—Gracias, Roy —respondí con una sonrisa forzada, ajustándome la chaqueta mientras caminaba hacia la oficina del CEO.
Alonso estaba de pie junto a la ventana, como siempre parecía estar, con una taza de café en la mano y la mirada perdida en el horizonte.
—Buenos días, Alonso —dije, manteniendo mi tono profesional mientras cerraba la puerta detrás de mí.
—Tays. —¿Tuviste un buen fin de semana? —preguntó, aunque su tono era más una formalidad que un verdadero interés.
—Sí, gracias. —¿Y usted? —respondí, intentando mantenerme serena.
Él no respondió de inmediato. En cambio, dejó la taza sobre su escritorio y dio un paso hacia mí.
—Tu fin de semana fue… interesante, ¿no? —dijo con un tono que parecía ocultar un significado oculto.
—¿A qué se refiere?
—A James. ¿Cómo está después de su pequeño… arrebato?
Mi estómago se hundió. ¿Cómo lo sabía? Claro, Alonso siempre parecía saberlo todo, pero esto era demasiado.
—No creo que sea apropiado hablar de eso —dije, tratando de sonar firme.
—No soy yo quien lo ha traído al trabajo, Tays. Eres tú quien viene aquí con todas esas emociones desbordándose.
—Con el debido respeto, Alonso, estoy aquí para trabajar, no para hablar de mi vida personal —respondí, levantando la barbilla.
Él dio un paso más hacia mí, reduciendo la distancia entre nosotros. Pude sentir el calor de su proximidad y, como siempre, el efecto que tenía sobre mí era innegable.
La puerta se abrió de golpe. Era Hernán y detrás de él Roy.
—Señor Mars, la reunión con los inversionistas comenzará en diez minutos.
Alonso se apartó lentamente, sus ojos aún fijos en los míos.
—Gracias, Roy. Estaremos allí en un momento.
—Ve a tu escritorio, Tays. —Te necesito enfocada hoy —dijo Alonso, con su tono profesional de siempre, como si nada hubiera pasado.
Asentí, casi sin aliento, y salí de la oficina rápidamente. Pero mientras caminaba hacia mi lugar, no podía evitar preguntarme cuánto tiempo más podría resistir esa tormenta emocional que Alonso desataba dentro de mí.
—Papá. —Su voz era fría, un saludo que apenas disimulaba la molestia por la visita.
—Linda asistente, Alonso —comentó con una sonrisa sarcástica. —¿Ya te acostaste con ella?
—No te atrevas a hablar así de ella.
—Oh, vamos. No seas hipócrita. Siempre te han atraído las mujeres fuera de tu círculo. Esa es tu debilidad, Alonso. No estoy juzgándote, solo observando.
Alonso, apoyando las manos con fuerza sobre el escritorio, dijo:
—Te lo advierto, papá. No metas a Tays en esto. Ella no es asunto tuyo.
—¿No lo es? Porque desde donde yo lo veo, parece que ya es mucho más que tu asistente. ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo la miras? ¿Y la visita a la mansión?
—No tienes idea de lo que estás diciendo.
—¿De verdad? —Hernán se inclinó hacia adelante, clavando su mirada en la de su hijo. —Esto no es solo sobre ti. Esto afecta a la empresa, a tu imagen. Rossan puede ser insoportable, pero es una aliada estratégica. ¿De verdad vas a arruinarlo todo por un capricho? Es lo mismo que me pasó con tu madre, pero tuve que elegir, y ya sabes el resto.
Alonso lo fulminó con la mirada, su mandíbula apretándose mientras intentaba contenerse.
—No es un capricho, como lo fue mi madre para ti.
Hernán se recostó en la silla, satisfecho de haber provocado una reacción.
—Eso es lo que me temía.
El silencio que siguió fue sofocante. Finalmente, Alonso habló, con una voz baja pero con ira.
—Si terminaste de meterte en mi vida personal, puedes irte.
Hernán se levantó lentamente, ajustándose la chaqueta.
—Solo recuerda, Alonso, los sentimientos son una debilidad. Y tú no puedes darte el lujo de ser débil.