El socio

4165 Palabras
— ¡¿QUÉ?!— fue el grito que atrajo varias miradas hacia las chicas. — Shhh, cállate ¿quieres que todo el mundo se entere? — No, pero... ¿cómo es posible? La rubia elevo los hombros y la sonrisita en sus labios lo dijo todo, Grace por otra parte solo negó con la cabeza y suspiró pesadamente; lo que July acababa de contarle le parecía increíble sin embargo conocía muy bien las consecuencias. July era como el sol, quien ante tentativas de lluvia se ocultaba para dar paso a los nubarrones y las gotas que caían, era una metáfora verdadera, si en estos momentos la rubia estaba feliz y hacia brillar el sol a su máximo esplendor, no quería mirar cuando la tormenta llegara. — ¿En qué piensas Grace? — Nada, solo recordaba algunas cosas. — Aja, y yo nací ayer— la chica sonrió a medias, July siempre se daba cuenta si alguien tenía preocupaciones — Es que, pensaba en lo que acabas de contarme. — Quien te viera Grace, tan pícara. — No, July... lo que quiero decir es, que tengas cuidado, es que no me gusta que... — No te preocupes, esta vez será diferente. Sin más el teléfono de July sonó y de inmediato se incorporó de su lugar, presa de una prisa repentina que solo hizo suspirar resignada a su acompañante. — Debo irme te veré después, toma notas y después me las pasas, adiós, — July... ¡July!.... Qué horror. Grace odiaba que la dejaran hablando sola, pero odiaba aún más al sujeto culpable de la ilusoria felicidad de la rubia. De ahí la verdad de todo. July se había acostado con Tom Evans... otra vez. El día de la fiesta en casa de Jack desde lejos había estado observando a su amiga caer presa de la sonrisa del pelirrojo. La última vez que había visto a la rubia fue cuando la pasaron a dejar a su casa ella y su "acompañante", de ahí no supo más de su amiga hasta ese lunes en la mañana, cuando July llegó flotando en una nube rosada a clases. Con la experiencia previa, Grace no tuvo que formular preguntas para adivinar qué había pasado, el rostro y la divina sonrisa de la rubia lo decía todo; había vuelto a caer en las garras de Tom. Soltó otro suspiro cansado y triste compadeciéndola. — Hola Grace, ¿en dónde está July? — preguntó Chris. — No sé— mintió la muchacha a sus amigos, quienes se reunieron ahí para el descanso. — Qué raro, July nunca se pierde un almuerzo, mucho menos cuando me toca traerlo— concluyó Trisha. — Ya... sabes cómo es July, siempre activa y olvidadiza. — En fin, ella se lo pierde. Mientras tanto Grace masticaba calmadamente mirando de reojo el pasillo por donde la rubia había desaparecido minutos atrás, seguramente se encontraba con el pelirrojo de mirada plata disfrutando de una sesión de... lo que fuera que ellos hicieran. Repentinamente la pelinegra se puso más roja que una señal de alto. — ¿Grace, te sientes bien? — Sí, solo estoy pensado. — Pareces preocupada, ¿estás segura de que estas bien? Decidió olvidar a July por un momento, sobre todo porque a ella no le gustaba que se me metieran en sus asuntos. Así pues, el receso transcurrió entre risas y platica de los traviesos jóvenes, pero antes de dirigirse a sus respectivas aulas, todos formularon la misma pregunta: ¿En dónde está July?, y eso era precisamente lo que Grace quería olvidar.     *      *       *   Los besos eran intensos, y el escritorio no dejaba de moverse bajo el peso de July y su "acompañante", pasar tiempo con Tom la llenaba de felicidad. Dio una bocanada de aire rápida para reanudar casi enseguida los besos, las caricias no parecían bastar para apagar aquello que ambos traían. — Tom... es hora... de clases. — ¿Y? — Y-y... deberíamos... — ¿Me estás diciendo que quieres parar? El joven posó su atractiva mirada plateada sobre los ojos castaños quienes temblaron ante la sola idea de separarse de aquel muchacho, por eso, negando a la pregunta, es como nuevamente July sintió los ardientes labios de quien parecía necesitado de todo menos de oxigeno... y de clases. La rubia no podía quejarse, estaba disfrutando mucho ese momento estando con el objeto de su afecto. Remontándose varios años atrás fue cuando comenzó esa extraña relación que en ocasiones se quebraba como un fino cristal y en otras, parecía que era tan sólida como el acero. Tom era la clase de chico codiciado y cotizado, cuya lista de admiradoras sobrepasaba la de cualquiera, por lo que no era extraño mirar al alto y bien dotado pelirrojo rodeado de chicas, tenía un encanto natural que lo acompañaba, su carácter indómito y su pinta de autosuficiencia le hacían ganar varios méritos. Cuando July entró en la universidad, Tom estaba un año delante de ella, desplegando como nunca su arte de encanto y seducción; la primera vez que los ojos castaños se posaron en el pelirrojo no hubo poder humano que la hiciera despegarse de la imagen del guapo muchacho, quien de vez en cuando le sonreía a la distancia dando pie a esperanzas que solo quedaban en eso. Para la rubia Tom Evans era solo un amor platónico, inalcanzable y simplemente deseado. Así empezó la historia que más tarde llegó al conocimiento de Grace, quien un tanto emocionada y algo temerosa por su amiga la animaba como siempre con una sonrisa y amistad. Y así paso el tiempo. Una noche cuando no podía dormir debido a sus preocupaciones financieras y el dolor de su amor no correspondido decidió salir a caminar, sin saber cómo terminó en una fiesta de un conocido, a July no le gustaba beber, pero la tentación de emborracharse al menos una vez en su vida aún estaba latente, por lo que al final terminó con una botella entera de vodka en su sistema, ah sí, y con terribles náuseas y mareos. Sin más, había pasado el resto de la noche con el rostro saludando al señor retrete y el cuerpo sin fuerzas, la firme resolución de ese día, la cual aún permanecía con ella pese a todo y era: jamás volver a beber en lo que le restaba de vida. Una promesa que aún seguía cumpliendo. Pero algo sucedió, en la madrugada alguien la alejó del inodoro y le pasó un paño húmedo para limpiar su cara. — "¿Te encuentras bien?"— fue la pregunta que entre consiente e inconsciente escuchó lejana. Abrió sus pesados ojos para encontrarse con un par de pupilas plateadas al parecer preocupadas por ella. — "No puede ser"— murmuró algo apenada, obteniendo una risita de la persona que continuaba limpiando su rostro. — "No deberías beber si no sabes, ven, te llevaré a otro lado". Esa fue la primera vez que se sintió en el paraíso, Tom, su amor platónico la había levantado con suma facilidad y la llevaba en brazos a un lugar que ni siquiera se molestó en averiguar. July recordaba que una leve sonrisa se había dibujado en sus labios, una que fue imitada por el pelirrojo que la deposito con total delicadeza sobre un sofá. — "Te traeré algo caliente, espérame aquí". Tom no tuvo que repetir la oración dos veces porque la rubia aguardó ahí hasta que el muchacho regresó de quien sabe dónde. — "Es café, no había nada más en la cocina, pero esto te hará bien". July bebió todo el contenido sin importarle la amargura, la sobrecarga de cafeína o el que no le gustara el café sin azúcar, todo quedo descartado por el simple hecho de estar con el objeto de su afecto. — "Te llamas July, ¿cierto?" — "Sí, ¿pero... cómo lo...?" — Digamos que tengo mis... fuentes de información— dijo guiñando coquetamente el muchacho, haciendo que la rubia se sonrojara—. "Ahora recuéstate un rato para que te sientas mejor" Estaba tan absorta, Tom era muy considerado y la ternura con la que la estaba tratando hizo por terminar enamorarse de él, así que eligió al de apellido Evans como ocupante y único dueño de su corazón. A partir de aquel incidente las cosas fueron mejor para July y sus sentimientos, pero, la verdadera razón del circulo vicioso como Grace le llamaba, se cita con el desenlace fiel y predecible que tenían en cuanto a su relación. Desde el momento en que Tom ayudó a July se creó entre los dos una rara especie de conexión, ella estaba atraída a todo lo que tuviera que ver con el chico, tanto que en el primer año de universidad se hubo inscrito al equipo de atletismo solo para estar a su lado, algo que Grace siempre le reclamó, sin embargo para un ciego corazón enamorado las palabras no eran suficientes para frenar su empeño de estar más cerca de Tom, cosa que rindió sus frutos una tarde cuando era la última en los vestidores, el muchacho la había acorralado llevándola a las duchas, y ahí entre el vapor del agua caliente la rubia había experimentado lo que era pertenecerle a alguien por primera vez, y no a cualquier persona, sino al ser del que estaba profundamente enamorada. La reacción posterior fue la obvia, mientras ella viajaba de planeta en planeta dentro de su universo, la cruel realidad la llevó a aterrizar en el sol, pues un día mientras salía molesta de la casa de Grace tras escuchar de sus labios que Tom solo estaba jugando con ella, la hizo desear ir en busca de su "novio no oficial" en el campus donde entrenaba hasta tarde, pero lo encontró haciendo con otra chica las mismas cosas que ella había estado haciendo con él. La decepción fue la esperada, terminó en un mar de lágrimas sobre las rodillas de su siempre comprensiva amiga Grace. — "Yo jamás dije que era tu novio, ¿o qué? ¿creíste que iba atarme a ti solo porque follamos?". De más está describir la profunda depresión en la que cayó y salió gracias a la ayuda de sus amigos, siendo Grace la única que sabía el verdadero motivo de su tristeza. Sin duda la pequeña chica había sido su más grande apoyo cuando quiso odiar a aquel que le rompió el corazón, comprobando después que no podía odiarlo cuando el pelirrojo la invitó de nuevo a salir. Así continuó todo entre July y Tom, donde estaban un tiempo juntos y después todo se iba al diablo dando paso a una posterior recuperación, para finalmente volver a las mentiras del joven y que todo se repitiera en un eterno ciclo, siendo July la más afectada, donde a pesar de todo seguía creyendo ciegamente que él cambiaria. — ¿Te gustó el fin de semana? — ¿Bromeas?, fue estupendo— susurró la chica recibiendo un pequeño mordisco en el cuello. Luego de la fiesta de Jack habían pasado el fin de semana en el departamento del pelirrojo, por lo que July olvidó el tiempo y el espacio dejándose querer. — Qué bueno, quizá podríamos...no sé... continuarlo otro día. — Sí, me encantaría. Tom sonrió y después de besar con voracidad nuevamente los labios de July se incorporó, comenzando a acomodar su ropa, la rubia lo imitó mientras estaba en las nubes, esta vez tenía confianza en que Tom no volvería a traicionarla. — Entonces te buscaré en la semana, tengo... trabajo que hacer. — Sí, lo estaré esperando. Sin más Tom volvió a besarla para salir del aula que habían compartido por un par de horas, July suspiró sonoramente con una sonrisa sobre sus labios, rojos por tanta acción. Al terminar de vestirse July también salió del aula procurando no ser vista, esa parte del edificio estaba cerrada por remodelación y si algún directivo la veía no tendría excusa alguna y seguramente obtendría un castigo. La rubia pensaba que entre ella y su amorcito existía una gran química especial e irrompible que los obligaba a estar juntos y separarse por diversas circunstancias de la vida, pero pasar tres días juntos era una buena señal, se sentía tremendamente feliz; aunque siempre hay algo que arruina los buenos momentos. — Vaya, vaya, ¿qué no sabes que los salones son para estudiar? No para hacer cosas indecentes. La chica recriminada se detuvo en seco en el pasillo, esa voz, esa exasperante voz... debía tranquilizarse, no iba a permitir que su perfecto día se fuera a la basura, así que ignorando al idiota de ojos azules continuó caminando, tratando de evocar el rostro de Tom en su mente para no caer en desagradables situaciones. — ¿Te volviste sorda? Lo que faltaba, una atolondrada ciega y sorda, realmente no te veo futuro. — No vas a lograr que me enfade, hoy no— externó July, sabiendo de Killian la seguía muy de cerca. — ¿Y quién dijo que estaba tratando de hacerte enfadar? Solo dije la verdad. Alex debía admitir que molestar a la rubia era la perfecta forma de distraerse y olvidarse un poco del estrés y del trabajo; había dejado de culpar a la vida por ponerle frente a aquella idiota y se había limitado a fastidiarla para sentirse superior como siempre. Pero verla un tanto... diferente, le provocó involuntariamente acercarse y comenzar las usuales riñas, no obstante, a la rubia no le apetecía seguirle el "juego". — ¿Quién lo diría?, es increíble como alguien de clase baja y poca cosa como tú se conforma con otra inútil cosa como lo es ese sujeto; no cabe duda que los idiotas siempre buscan otros idiotas para unirse. Eso era demasiado, una cosa era que se metiera con ella, pero una muy diferente era insultar a su amado, por ello se giró para encarar al castaño que no perdía la pedantería y la altivez que lo caracterizaban. — Cállate, no te permito hablar mal de... — ¿Tu amante?, pero si es la verdad— aseguró el ojiazul, sonriendo irónicamente. — No importa lo que seamos, no lo insultes— ordenó July con fuerza. — ¿Te atreves a ordenarme?, que buena broma— rió divertido por la situación. — No me provoques, te lo estoy advirtiendo— gruñó la rubia. Sin embargo, Alex estaba de humor para seguir jugando con su conejillo de indias, por ello trato de disfrutar cada gesto molesto de esa inútil. — Debería grabarte la próxima vez y enviar la evidencia con mis respectivos saludos al decano de la Universidad, sería fantástico verte salir de aquí sin que te atrevas a mostrar el rostro por tanta vergüenza. — Haz lo que quieras, pervertido voyerista—dijo July queriendo no entrar en el juego de ese bastardo. Con los días se había dado cuenta de que para el millonario ella solo era una especie de diversión. Y estaba deseando dejarlo de lado por el bien de su cordura. — ¿Verdad?, sería interesante subastar las actividades extracurriculares que tú y tu amante hacen en esa aula vacía, aunque seguramente nadie querría comprar esa basura. La risita sádica de Killian provocó que July cerrara los puños dispuesta ya a soltarle uno, cuando la repentina llamada hacia ella por el altavoz salvo al magnate. — Ya me la pagarás y con creces, maldito— siseó amenazante la de ojos melados. — Cuando quieras, sabes que puedo aplastarte donde sea. July se tuvo que contener para no romperle toda la jodida cara a ese cabrón y corrió hasta perderse de la vista del empresario. Alex Killian tenía un oscuro sentido del humor y cuando se trataba de aplicarlo a la rubia era particularmente estimulante, le daba la dosis perfecta de tiranía que no podía usar contra sus empleados. Por ello sonriendo de lado a lado, se dirigió hasta su auto, era suficiente por ese día de clases mediocres, tenía cosas mucho más importantes que hacer que estarse paseando en las instalaciones de la universidad que lo único que podían ofrecerle era aire acondicionado. Sin embargo, la misma imagen que lo había estado molestando durante el fin de semana apareció repentinamente en su cabeza; la escena de la rubia bailando sensualmente con cierto pelirrojo le hizo experimentar un montón de cosas que lo exasperaban fácilmente, pues al no poder controlar sus emociones su frustración aparecía, terminando desquitándose con quien fuera. — Idiota, tu patética vida s****l no me interesa, solo tú puedes verle sentido a esa estúpida actividad— susurró tras arrancar el motor y pisar a fondo el acelerador. Entre más alejado de la universidad estuviera mejor para él, no creía en las patrañas que esa rubia plasmaba en su rostro después de haber hecho quien sabe qué cosa en esa aula. La había mirado dirigirse al área de remodelación de uno de los edificios y entrar a un salón vacío para verla salir dos horas después con una idiota sonrisa de satisfacción en la cara, todo había cambiado en tan pocos días, sus ojos castaños ya no reflejaban aquello que lo había hipnotizado la primera vez. Él tenía la firme convicción de que personas como July no valían la pena, por eso se obstinaba en hacerla enojar, pues a su parecer solo servía como entretenimiento de segunda. — Que patética eres.     *    *    *   Por otro lado, July llegó con la respiración entrecortada al edificio central, donde según el mensaje del altavoz la requerían. — El decano la espera— le avisó la secretaria que ya conocía a la rubia de sobra. — Gracias— asintió, encaminándose a la última puerta del pasillo, era normal que la citaran debido a su comportamiento. No hizo falta que tocara la puerta, el hombre de traje le abrió apenas la miró por la ventana. — Es bueno verla llegar puntual señorita Wells. — Sí... — Pase, usted y yo tenemos mucho de qué hablar. El tono imparcial del hombre, le dio mucho en que pensar a la chica que a paso lento se sentó donde el decano le señalo. Por eso cuando el hombre tomo asiento tras su escritorio, las manos de July se revolvían nerviosas. — Hablemos claro y sin rodeos, señorita Wells. — Sí, este... ¿qué hice ahora? — Mejor dirá: ¿qué no ha hecho? — ¿Eh? — No sé si recuerda la cláusula número cinco de nuestro contrato estudiantil de becas señorita Wells. — La verdad... no. El decano suspiró con pesadez. — Me lo suponía, señorita Wells, déjeme recordarle que el gobierno no la mantiene aquí gracias a sus excelentes calificaciones, sino porque demostró ser una candidata a la beca para estudiantes de bajos recursos. — Eso ya lo sé, lo que no entiendo... — A eso voy, en la cláusula número cinco se cita que usted debe acudir cada cierto tiempo y someterse a ciertos protocolos y entrevistas para mantener vigente su derecho a permanecer en esta escuela. Sin embargo, nos encontramos a mediados de semestre y usted no se ha presentado aún a la entrevista con el juez en turno. — No lo sabía— negó July defendiéndose. — Le han mandado varios citatorios a su casa, señorita Wells, al menos, por decencia debería responderlos. — La cosa es que me mudé y mi última direc... — El juez en turno que lleva su caso, me ha llamado esta mañana y le da un corto periodo para que usted y sus tutores vayan a la oficina a... — Ya tengo veintiuno, ya soy mayor de edad, ¿podría ir yo sola? — Haga como guste, pero vaya el día que se le pide o de lo contrario me veré en la posición de despojarla de su beca. Ahora retírese, y procure no exasperar al juez señorita, no voy a defenderla si no cuida su beca. July se incorporó y asintió, demonios, se había medio en problemas, pero era algo que tenía solución, así que no le preocupaba tanto y tranquilamente se dirigió a su clase de actuación.   *     *     *   Noa miraba atentamente por la ventana, hacia un buen día, pero no le apetecía hacer nada, había despertado con pereza y el hecho de encontrar sobre su cómoda una carpeta con varias fotografías que no revelaban porque su hermano mayor había estado de mal humor aquellos días no le ayudaba. Alex ganó la apuesta, aunque más parecía que en vez de divertirse fue a hacer un trabajo prefecto y eficaz. El azabache esperaba de corazón ver a su hermano convivir con otras personas, al menos sin mostrarse pedante o agresivo, relajándose de una labor que no requería de todo su tiempo y siendo simplemente un chico normal, sin embargo, no fue así, nada borraba que el castaño no había disfrutado de su estancia en la dichosa fiesta y que las fotos fueron tomadas solo por compromiso. — Alex tonto, al parecer tendré que ser más creativo contigo— musitó el chico que ya tenía otro plan en mente, pero necesitaría otra mano que sabía que le ayudaría de buena fe. Mientras continuaba con sus planes, también luchaba día con día con sus demonios, estaba invalido y nunca se recuperaría, sus risueñas facciones se contraían y las pupilas azul grisáceo se volvían frías, la estoicidad inhumana que posea era su única manera de no sentirse vulnerable y su punto débil era aquella silla que le permitía moverse. — Estúpidas piernas, ¿por qué no reaccionan? — cuestionó golpeando su regazo que no se movió ni le provoco ningún dolor—. Malditas piernas, muévanse ¡muévanse, háganlo! — ordenó mientras seguía golpeando sus extremidades. Aquello era humillante y la vez tan... humano, que lo asustaba y lo volvía una impotente víctima de sí mismo. — Que mierda, ojalá... ojalá pudiera... Su frase llena de rabia quedo inconclusa debido a repentina interrupción de su mayordomo al cual le dio la espalda para que no pudiera mirar su patético estado. — Permiso señor. — ¿Qué? — En la cocina me mandaron a buscarle, es que...sucedió un pequeño problema. Noa un poco más recuperado dio la media vuelta y tras un bufido se dirigió a la cocina siendo seguido por su mayordomo. — ¿Qué ocurre? — No lo sé señor, creo que se rompió la tubería y... — Llamen a un plomero. — Pero señor es tarde, no creo que... — Entonces llámenlo mañana, por lo mientras hagan algo con esa fuga, el piso se está inundando— ordenó el muchacho, retirándose del lugar pidiéndole al mayordomo que no lo molestara si no era importante. Estaba harto de todo.    *    *    *   Grace había tenido un día algo soso, ni bueno ni malo, tal vez era el hecho de mirar el rostro sonriente de July aun sabiendo en que concluiría ese asunto, se sentía extraña y de un momento a otro comprendió que era: envidia. Envidia de mirar esos ojos brillantes a su alrededor y manos entrelazadas por aquí y por allá; envidia de escuchar a su mejor amiga de cosas que la hacían sonrojar, pero como todo humano le apetecía probar; envidia de no poder suspirar por nadie, cuando sus compañeros o incluso July lo hacían, aunque no fuera por la mejor persona. Tal vez era porque sus prioridades estaban basadas en cosas muy distintas que los demás y eso tenía mucho que ver con su abuelo, el hombre que la crio era bueno, no obstante, la reprimía demasiado; a veces deseaba sentirse libre y poder salir a donde deseara, vistiendo lo que quisiera, llegando a la hora que le pegase su gana o estar en una relación, aunque ese último punto lo viera difícil porque aún no encontraba a alguien que le atrajera lo suficiente como para amar. — Mi vida es patética. Pateó con fuerza una piedra que golpeó la llanta de un vehículo frente a ella. — Ten más cuidado por favor— añadió repentinamente una voz dentro del auto. — Lo... lo siento, no miré hacia donde lanzaba la piedra— dijo apenada la chica, esperando observar al dueño de aquella voz que le parecía suave y varonil a la vez. Un joven bajo del auto e hizo que su rostro se sonrojara de inmediato. — Bueno, al menos te disculpaste. — Yo... — Perdona que le pida esto a una dama, pero ¿podrías ayudarme? — ¿A qué...? — Soy nuevo en la cuidad, mi auto se averió y llevo un buen rato varado aquí. Grace no sabía si quedarse con ese chico de apariencia respetable y porque no decirlo, apuesto o decir cualquier excusa y correr despavorida, así que opto por lo primero que su corazón le dijo. — Está bien, te ayudaré. — Muchas gracias, disculpa la descortesía, debo presentarme primero, mi nombre es Dante, mucho gusto. — Hola... soy Grace. Parece que no entendemos que a veces, ciertas cosas bastan con desearlas lo suficiente como para hacerlas realidad.  
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