— Mi esposo, le dio dos cartas... no le dé la mía. Ed no necesitó fingir demencia. — Quémela, tírela, haga lo que quiera, pero no se la dé, es demasiado humillante que Roger me haya obligado a escribirla. — Pero señora... — Dígale que jamás la perdonaré, dígale que le deseo la peor vida y pura infelicidad, y que también pruebe el sabor amargo de la humillación y la soledad, ¡DÍGASELO! — ordenó la mujer, mirando fijamente los ojos del custodio. — Yo...trataré— le dijo lo que quería escuchar, mirando la conformidad en el rostro de la dama. — Jamás voy a tolerar lo que está sucediendo entre esos dos— advirtió, girando su mirada para posarla en el asiento de enfrente—, jamás voy a hacerlo a pesar de todo lo que Roger me haya dicho, para mí, eso no sucedió y se trata de una invención para

