Desperté en un mar de dolor, cada fibra de mi ser protestando con agudeza contra el tormento que me abrazaba. Cada parte de mi cuerpo parecía resonar con una melodía de sufrimiento, y las sombras de la noche anterior se aferraban a mi mente como fragmentos de un sueño oscuro y confuso. Mis recuerdos eran borrosos, disueltos en la bruma del dolor y la desesperación. En medio de ese torbellino de sensaciones, una idea insistente tomó forma en mi mente: quería poner fin a mi sufrimiento, quería poner fin a mi vida. Ahora, en la fría y aseptica habitación de un hospital, me encontraba acurrucada en la cama, con las sábanas blancas como una envoltura de esperanza frágil. Mi hermano Dante estaba a mi lado, su rostro marcado por la preocupación y el temor. Podía ver la angustia reflejada en sus

