Daska no dijo nada al principio. La observó en silencio, su mirada intensa y calculadora, como si estuviera disfrutando del desafío. Finalmente, se inclinó sobre ella, atrapándola entre su cuerpo y la cama, su rostro a solo unos centímetros del de ella.
—¿A dónde crees que vas? —murmuró Daska con una voz baja y cargada de una peligrosa calma.
Island forcejeó, pero la diferencia de fuerza entre ellos era abismal. Daska la arrastró con facilidad debajo de él, aprisionándola contra el colchón con su cuerpo. Island sintió su respiración acelerarse, la rabia y el miedo burbujeando en su interior mientras lo miraba fijamente con odio.
—¡Suéltame! —gritó, su voz temblando de furia.
—¿Por qué te pones tan nerviosa, Island? —preguntó en un susurro, su aliento rozando la piel de su cuello—. Te dije que no te tocaré. Pero eso no significa que no pueda divertirme un poco.
Las palabras de Daska, pronunciadas con un tono despreocupado, solo intensificaron la ira de Island. La situación la hacía sentirse humillada, atrapada y vulnerable. Odiaba la forma en que él parecía disfrutar de su incomodidad, como si estuviera jugando un juego cruel del que solo él conocía las reglas.
—Eres un maldito… —comenzó a decir, pero su voz se quebró por la frustración y la impotencia.
Daska se inclinó aún más, sus labios rozando la oreja de Island mientras hablaba.
—Soy muchas cosas, Island —susurró—, pero no soy alguien que deja que una presa se le escape tan fácilmente. Así que, si decides dormir aquí, que sea sabiendo que no te dejaré olvidar dónde estás ni con quién estás.
Island intentó apartar la cabeza, pero Daska simplemente la mantuvo en su lugar con una mano en su mejilla, sujetándola con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de su agarre.
—Eres un cobarde —escupió ella, intentando herirlo como él la estaba hiriendo a ella—. Solo un hombre débil necesita intimidar a una mujer para sentirse poderoso.
Daska dejó escapar una risa baja, una risa que resonó en los oídos de Island, cargada de una peligrosa mezcla de burla y paciencia.
—¿Débil? —repitió, como si la idea fuera absurda—. Te sorprendería lo que soy capaz de hacer, Island. Pero prefiero ver cómo luchas. Es mucho más entretenido ver cómo intentas mantener ese fuego, esa rebeldía, cuando sabes que no puedes ganar.
Island sintió una punzada de desesperación, pero no estaba dispuesta a cederle ni un centímetro de su voluntad.
—Puedes pensar que tienes el control —dijo, su voz afilada—, pero algún día, Daska, esto se volverá en tu contra. Y cuando lo haga, seré yo quien disfrute tenerte en mi mano, babeando por mí.
Daska la observó en silencio por un momento, como si estuviera evaluando sus palabras. Luego, con una lentitud calculada, soltó su agarre y se apartó de ella, dándole espacio para respirar.
—Eso quiero ver —murmuró—. Pero esta es mi cama, Island —dijo con suavidad, pero con una firmeza que no dejaba espacio para discusión—. No hay necesidad de que actúes como si fuera a devorarte.
Island sintió un escalofrío recorrerle la columna. Su cercanía, la forma en que la tenía atrapada, la hacía sentirse vulnerable de una manera que no estaba dispuesta a aceptar. Su mente gritaba que se defendiera, que no mostrara debilidad, pero su cuerpo estaba paralizado, consciente de la fuerza que él poseía. Aun así, no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente.
—Aléjate de mí —escupió, sus manos intentando empujarlo, aunque sabía que era inútil—. No soy un juguete para que te diviertas, Daska.
Daska sonrió, una sonrisa pequeña y desafiante que hizo que la sangre de Island hirviera aún más.
—Nunca dije que lo fueras, pero tampoco voy a dormir en un sillón en mi propia habitación —replicó con descaro, sus ojos oscuros clavados en los de ella, como si estuviera midiendo cada una de sus reacciones.
La tensión entre ellos era palpable, un tira y afloja que parecía no tener fin. Island sentía el peso de su cuerpo sobre el suyo, una sensación que la enfurecía y desconcertaba al mismo tiempo. El odio y la atracción se mezclaban en su interior de una forma que nunca había experimentado, y no sabía cómo manejarlo.
—No pienso compartir esta cama contigo —insistió, su voz más firme esta vez, aunque una parte de ella sabía que estaba perdiendo la batalla.
Daska inclinó su cabeza ligeramente, como si estuviera considerando sus palabras, pero su mirada seguía siendo la de un depredador jugando con su presa.
—No te estoy pidiendo que lo hagas. Solo quiero que entiendas que este es mi espacio tanto como el tuyo ahora. —Su voz bajó un tono, casi susurrante, pero no menos intimidante—. Si prefieres dormir en el suelo, no te detendré.
Island lo miró con furia, odiándolo por ponerla en esa situación, por jugar con su dignidad de esa manera. Pero también odiaba la forma en que su cuerpo reaccionaba a su cercanía, la forma en que su corazón latía más rápido cuando él estaba tan cerca. Era una batalla interna que la desgastaba más de lo que quería admitir.
—No pienso dejar que me intimides, Daska —respondió, sus palabras cargadas de desafío—. No voy a ser la esposa sumisa que esperas.
Daska arqueó una ceja, claramente entretenido por su resistencia.
—No espero que lo seas —dijo con calma—. De hecho, prefiero que no lo seas. Las cosas serían demasiado aburridas de otra manera.
Antes de que Island pudiera responder, Daska se inclinó aún más cerca, su rostro a solo un suspiro del de ella. Island contuvo la respiración, sin saber qué esperar. Pero en lugar de hacer lo que temía, él soltó su agarre y se apartó, dejándola libre.
—Duerme, Island —dijo mientras se acomodaba de nuevo en su lado de la cama, su tono era más suave ahora, casi como si hubiera terminado el juego.
Island se quedó inmóvil por un momento, tratando de procesar lo que acababa de suceder. Su mente estaba llena de pensamientos contradictorios, de emociones que no sabía cómo manejar.
Finalmente, se arrastró hacia el borde de la cama, tan lejos de Daska que hasta podía caerse. Lo odiaba con cada fibra de su ser, pero lo que más la asustaba era la creciente sensación de que este odio no era la única emoción que él lograba despertar en ella.