Island no respondió, limitándose a seguirlo mientras él la guiaba hacia el interior. Al cruzar las puertas, fue recibida por un vasto vestíbulo de mármol n***o, iluminado por candelabros que proyectaban sombras inquietantes en las paredes. El lujo era abrumador, pero también había algo opresivo en el ambiente, algo que hacía que Island se sintiera pequeña e insignificante.
Mientras avanzaban por los pasillos decorados con obras de arte y tapices antiguos, Island no pudo evitar sentirse intimidada. A pesar de su odio hacia Daska, había algo en la mansión que le provocaba una profunda incomodidad. Era como si la casa misma estuviera impregnada de la esencia de los Vlad, de su poder, su control, y su historia de enemistad con los Radoslav.
Finalmente, Daska se detuvo frente a una puerta doble de madera oscura, la cual abrió con un simple giro de la muñeca. Island lo siguió, entrando en una habitación que claramente había sido preparada para ellos. Era una suite enorme, con una cama de dosel en el centro y ventanas que ofrecían una vista panorámica de los terrenos de la mansión. La habitación estaba decorada con tonos oscuros, dándole una sensación de austeridad y frialdad.
—Esta será tu habitación —dijo Daska, su voz neutra.
Island giró la cabeza bruscamente hacia él, su mirada estaba llena de desconfianza.
—¿Y dónde está la tuya?
Island se detuvo en seco cuando vio la cama.
—No —dijo, su voz firme—. No voy a compartir habitación contigo.
Daska se volvió hacia ella, sus ojos observándola con una calma que la desconcertó. La miró con la misma impasibilidad de siempre, pero había una dureza en sus ojos que no pasaba desapercibida.
—No es una petición, Island. Es necesario.
—¿Necesario? —replicó ella, sintiendo cómo su ira comenzaba a arder bajo la superficie—. Esto no es necesario, Daska. No soy una prisionera, y no voy a...
—Para todos los efectos —la interrumpió Daska con un tono glacial—, ahora somos marido y mujer. Y en esta casa, eso significa que compartimos habitación. No habrá habladurías en esta casa sobre nuestro matrimonio. La servidumbre aquí es leal, pero no soy tan ingenuo como para permitir que los rumores circulen. Compartirás esta habitación conmigo, como corresponde a mi esposa.
Island lo miró con incredulidad, con ojos llenos de odio.
—¿Es eso lo que te preocupa? ¿Las habladurías? No te importa lo que yo quiero, ¿verdad? Solo quieres mantener tu preciada reputación intacta.
Daska se acercó un paso más, su imponente figura haciendo que Island se sintiera atrapada entre él y la cama que tanto temía.
—No te equivoques, Island. No me importa lo que piensen los demás. Pero si quieres sobrevivir en esta casa, tendrás que aprender a jugar bajo mis reglas.
—Tus reglas —escupió Island, cruzando los brazos sobre el pecho—. Y si me niego, ¿qué harás? ¿Me obligarás?
Por un momento, la tensión entre ellos se hizo insoportable. Los ojos de Island desafiaban a Daska, esperando que él intentara imponerse por la fuerza. Pero en lugar de eso, Daska se quedó en silencio, sus ojos oscuros reflejando algo que Island no esperaba: cansancio. Fue un pequeño cambio en su expresión, casi imperceptible, pero fue suficiente para desconcertarla.
Daska finalmente suspiró y se apartó, dándole la espalda mientras se dirigía hacia una de las ventanas.
—No tengo intención de tocarte sin tu consentimiento, Island —dijo, su voz más suave pero cargada de sinceridad—. No soy el monstruo que crees que soy.
Island sintió cómo la tensión en sus hombros se relajaba ligeramente, pero no podía evitar seguir desconfiando de él. Había algo en
Daska que la desconcertaba, algo que no encajaba con la imagen que tenía de él como su enemigo.
—¿Y por qué debería creerte? —preguntó, su voz más baja ahora, casi insegura.
Daska se giró para mirarla, sus ojos oscuros fijos en los de ella.
—No tienes que hacerlo. Pero eso no cambia el hecho de que estarás más segura aquí, conmigo. Aunque no te guste, este es tu hogar ahora.
Island no respondió de inmediato. Había esperado una confrontación, una batalla por el control, pero lo que había encontrado era algo completamente diferente. Daska no se comportaba como el villano despiadado que había imaginado. Y esa ambigüedad la ponía más nerviosa que cualquier amenaza.
Finalmente, Island se dirigió hacia la cama y se detuvo al borde, sin saber realmente qué hacer. Sabía que no tenía más opciones, pero tampoco estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente.
—Dormiré aquí —dijo finalmente, señalando la cama—, pero no esperes que esto sea permanente.
Daska esbozó una pequeña sonrisa, que no alcanzó a sus ojos.
—No lo esperaba.
Y con eso, se dirigió hacia el otro lado de la habitación, donde un sillón de cuero n***o estaba colocado cerca de una chimenea. Se sentó con una gracia que solo alguien como él podía tener, y tomó un libro de una mesa cercana.
Island lo observó por un momento, tratando de comprender qué juego estaba jugando. Pero cuando Daska comenzó a leer, ignorándola por completo, decidió que lo mejor era mantener la guardia alta y prepararse para lo que pudiera venir.
Mientras se deslizaba bajo las sábanas de la enorme cama, Island sintió una mezcla de alivio e incertidumbre.
El silencio en la habitación era casi insoportable. Island mantenía los ojos cerrados, respirando lenta y profundamente, intentando relajarse y encontrar algo de paz en medio de la tormenta que era su nueva realidad. Sin embargo, a pesar de su aparente calma, su mente seguía alerta, consciente de cada sonido, cada movimiento en la habitación. El crepitar del fuego en la chimenea, el suave rasgar de las páginas del libro que Daska leía.
Finalmente, el cansancio la venció y se dejó arrastrar por el sueño, su cuerpo cediendo al agotamiento emocional y físico. Pero la paz no duró mucho.
Island se despertó de repente, su cuerpo reaccionando antes que su mente pudiera comprender lo que estaba sucediendo. Se encontró rodeada por un calor que no era el suyo, una firmeza que la mantenía anclada a la cama. Abrió los ojos de golpe y se dio cuenta de que Daska estaba a su lado, tan cerca que podía sentir su respiración en la mejilla. Sin pensar, trató de alejarse, de saltar fuera de la cama, pero una mano fuerte la sujetó por la cintura, tirándola de nuevo contra el colchón.
—¿Qué haces? —exclamó Island, su voz cargada de rabia y pánico mientras luchaba por liberarse.