Amenaza

1123 Palabras
Estaba furiosa, tanto que ni siquiera quería pensar en Rodrigo. No le había hablado desde nuestra discusión, y aunque una parte de mí se sentía culpable, otra estaba cansada de sus celos y su actitud. Ahora me encontraba en la oficina con Cristóbal, repasando algunos planos. Era mi primer día como su asistente, y estaba determinada a demostrar que merecía estar allí, pero no podía ignorar lo extraño que se sentía estar a solas con él. Cristóbal parecía mucho más serio cuando estábamos en privado, aunque eso no lo hacía menos intimidante. Había algo en su presencia que me ponía nerviosa, como si su mirada siempre estuviera evaluándome, pero no de manera profesional. De vez en cuando, soltaba algún comentario o una sonrisa que sentía demasiado... personal. —¿Estás bien, Marlene? —me preguntó de repente, rompiendo el silencio. —Sí, señor Cáceres —respondí, intentando mantener mi tono profesional. Él dejó de mirar los planos y fijó sus ojos verdes oscuros en mí, esa intensidad que me hacía sentir como si pudiera leer mis pensamientos. —Por favor, llámame Cristóbal. Me hace sentir viejo cuando me dicen "señor". —De acuerdo... Cristóbal —respondí, mi voz un poco más baja de lo que pretendía. Él sonrió, satisfecho. —Así está mejor. Cuéntame, ¿cómo te sientes en tu primer día? —Bien. Es... diferente, pero me gusta. Estoy aprendiendo mucho —contesté, tratando de sonar segura, aunque mi nerviosismo era evidente. Cristóbal se inclinó ligeramente hacia mí, apoyando los codos en la mesa. —¿Solo eso? Porque no puedo evitar notar que estás algo distraída. ¿Tiene que ver con ese chico que vino a buscarte ayer? Mis ojos se abrieron ligeramente, sorprendida de que él recordara eso. —No es nada importante —dije rápidamente, intentando desviar la conversación. —¿Nada importante? —repitió, arqueando una ceja con una pequeña sonrisa que parecía burlona—. Parecía bastante alterado. —Es... complicado. —Me mordí el labio, odiando haber dejado que mi vida personal se filtrara en el trabajo. Cristóbal se recostó en su silla, sin dejar de mirarme. —Bueno, sea lo que sea, espero que no permitas que interfiera con tu trabajo. Eres muy talentosa, Marlene. Sería una lástima que algo o alguien te distraiga. Su tono era amable, pero había algo en sus palabras que sentí como un doble sentido. Mi corazón se aceleró, y aparté la mirada, enfocándome en los planos frente a mí. —No se preocupe, Cristóbal. Estoy aquí para trabajar, y haré mi mejor esfuerzo. Él no respondió de inmediato, pero sentí su mirada fija en mí por unos segundos más antes de volver a los planos. Aunque intentaba concentrarme, no podía ignorar la sensación de que Cristóbal disfrutaba jugando con mis nervios, y me preocupaba que ese juego apenas estuviera comenzando. Cristóbal se acercó un poco más, su rostro tan cerca del mío que podía sentir su aliento. Su mirada era intensa, y en sus ojos brillaba una mezcla de diversión y algo más. —Tienes el cabello muy bonito —dijo, acariciando suavemente un mechón de mi cabello que se había soltado. Mi corazón latió más rápido, pero no supe qué decir. Solo me quedé mirando los planos, casi muda, con la esperanza de que él se apartara y dejara de coquetear. Pero no lo hizo. Cristóbal soltó una risa suave, como si se divirtiera con mi reacción. —Vaya, veo que no sabes cómo responder. Eso lo hace aún más interesante. No quería animarlo, así que me limité a sonreír brevemente, tratando de mantenerme distante. Pero él no parecía dispuesto a dejarme en paz. —¿No te gustaría ir a cenar conmigo después del trabajo? No creo que esté bien que sigas tan callada, necesitas relajarte un poco, Marlene. Su voz era suave, casi susurrante, y pude ver cómo sus ojos verdes me evaluaban, buscando alguna reacción. No quería mostrarle que me afectaba, así que simplemente me hice la desinteresada. —Preferiría seguir trabajando, Cristóbal. Hay mucho por hacer. Él rió nuevamente, una risa más fuerte esta vez, como si disfrutara de mi incomodidad. —Eres muy curiosa, Marlene. Pero si cambias de opinión... —dijo, dándome una última mirada intensa antes de alejarse un paso, aunque su sonrisa persistía, como si fuera un juego del que no pensaba alejarse. Lo único que podía hacer era intentar retomar mi enfoque en los planos, aunque la sensación de incomodidad persistía. Sabía que, de alguna manera, él no se detendría con sus coqueteos tan fácilmente. Cuando Cristóbal se marchó para hacer una llamada, traté de aprovechar el momento para calmarme y retomar mi concentración en los planos. Sin embargo, la puerta se abrió de repente y, al levantar la vista, vi al señor Mario entrar en la oficina. Era moreno, con una presencia imponente, y sus ojos grises parecían escanear cada rincón de la habitación antes de posarse en mí. No me sorprendió ver que él estuviera aquí; de hecho, era bastante habitual que Mario viniera a la oficina, pero lo que sí me sorprendió fue la expresión que llevaba en el rostro. Era algo entre burla y desdén. —Vaya, si no es la famosa Marlene, la más hermosa de la empacadora —dijo con tono burlón, haciendo una pausa antes de continuar—. Pensé que no aceptabas lo que te ofrezco. ¿Qué pasó? ¿Ahora tienes un nuevo juguete que te hace olvidar lo que te ofrecí? —No tengo idea de lo que estás hablando, señor Mario —respondí, manteniendo la calma lo más posible, aunque la incomodidad comenzaba a inundarme. Mario soltó una risa baja, casi burlona. —Oh, claro que lo sabes. Eres la más hermosa de todos los empleados, pero también la más difícil. ¿Qué tienes, Marlene? ¿Por qué me rechazas? Yo podría ofrecerte mucho más que esos fantasmas que tienes en la cabeza. No todos los días alguien como yo te presta atención, ¿sabías eso? —Lo que quiero es hacer bien mi trabajo, señor Mario —dije con firmeza, sin apartar la mirada. —Y lo que haga o deje de hacer con mi vida personal no es asunto suyo. El tono en que lo dije era tan serio que, por un momento, vi una sombra de sorpresa en sus ojos grises. No parecía esperar que yo respondiera con tanta confianza. Sin embargo, no tardó en recuperar su actitud arrogante. —Claro, claro, Marlene, sigues jugando a la santita. Pero recuerda, siempre hay un precio que pagar cuando te niegas a ver las cosas como son. No te hagas la difícil. Si en verdad fueras tan especial, no estarías aquí, en la sombra de los Montreal.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR