Había llegado de trabajar con el tiempo justo para preparar la cena de mi papá. La rutina siempre era la misma: arroz, frijoles y un poco de pescado que él traía de la jornada. Papá estaba sentado a la mesa, tranquilo al principio, mientras yo servía los platos. Sin embargo, su expresión cambió cuando sacó un papel arrugado del bolsillo de su camisa y lo puso sobre la mesa con fuerza.
—¿Qué es esto, Marlene? —preguntó, su voz cortante.
Al mirar el papel, sentí un nudo en el estómago. Era el folleto que había imprimido en la empacadora sobre las universidades de la ciudad.
—Es... solo información, papá —respondí con cautela, intentando mantener la calma.
—¿Información? —repitió con sarcasmo, golpeando la mesa—. ¿Por qué estás perdiendo el tiempo con estas tonterías? Deberías estar pensando en Rodrigo, en casarte, en tener hijos, o en aprender más del negocio del pescado, como cualquier mujer decente de este pueblo.
Respiré hondo, sintiendo cómo mi paciencia se desmoronaba poco a poco.
—Papá, no quiero eso para mí. Quiero estudiar, quiero ser arquitecta.
Sus ojos se abrieron con sorpresa por un momento, pero luego soltó una carcajada amarga que retumbó en toda la pequeña casa.
—¿Arquitecta? —se burló, señalándome con el folleto—. Jamás debí permitir que trabajaras para los Montreal. ¡Te llenaron la cabeza de tonterías, Marlene!
—Esto no tiene nada que ver con ellos —respondí con firmeza, aunque mi voz temblaba un poco—. Es lo que siempre he querido.
Papá se inclinó hacia adelante, su mirada severa clavándose en la mía.
—Estás soñando demasiado alto, hija. Tú nunca serás como ellos. Eres solo una pescadora, igual que yo, igual que tu madre. Es lo que somos y lo que siempre seremos.
Sentí cómo sus palabras se clavaban en mi pecho como cuchillos, pero me obligué a no bajar la mirada.
—Eso es lo que tú crees, papá. Pero yo sé que puedo ser más que eso. No voy a quedarme aquí toda la vida.
Papá negó con la cabeza, como si estuviera hablando con alguien completamente irracional.
—Vas a arrepentirte, Marlene. Vas a ver que nada bueno sale de soñar con cosas que no te corresponden.
No respondí. No podía. Mi garganta estaba demasiado cerrada por la mezcla de rabia y tristeza. Lo único que hice fue recoger los platos y darme la vuelta, prometiéndome a mí misma que, pase lo que pase, no dejaría que su falta de fe me detuviera.
No quise discutir más con mi papá. Simplemente me fui a acostar, dejando que la rabia y la frustración se diluyeran en la oscuridad de mi pequeño cuarto. Durante el último año había ahorrado cada centavo que podía, aunque aún no tenía claro cómo lograría llegar a la ciudad o qué haría una vez allí. Pero ese sueño, tan lejano y brillante, era lo único que me mantenía en pie.
Al día siguiente, como siempre, estaba trabajando en la empacadora junto a mis compañeros. Entre risas y el constante murmullo de las máquinas, uno de los supervisores se acercó para decirme que el señor Emilio me estaba llamando.
Me limpié las manos rápidamente en el delantal y me dirigí a la oficina principal. Al entrar, lo vi: el joven arquitecto estaba allí. Si de lejos me había parecido atractivo, de cerca era simplemente deslumbrante. Su cabello oscuro caía de forma elegante, y sus ojos verdes oscuros tenían una intensidad que me dejó sin aliento por un instante. Pensé en Rodrigo por un momento; sus ojos eran verdes también, pero mucho más claros, casi transparentes. Los de Cristóbal, en cambio, parecían esconder un océano de secretos.
—Cristóbal, ella es Marlene Martínez, una de mis mejores empleadas —me presentó el señor Emilio con una sonrisa orgullosa.
Me adelanté, extendiendo mi mano con timidez.
—Mucho gusto, señor Cáceres.
Cristóbal tomó mi mano con firmeza, y una chispa recorrió mi piel al contacto.
—Es un placer, Marlene. Es un nombre hermoso —dijo, mirándome directamente a los ojos.
Sentí que mi rostro se encendía, pero traté de mantener la compostura mientras soltaba su mano.
—Cristóbal es mi mejor amigo de la universidad —continuó Emilio—, y será el encargado de un proyecto muy importante para la expansión de la empacadora.
Cristóbal asintió, pero no apartó la mirada de mí.
—Emilio me comentó que quieres estudiar arquitectura —añadió con una sonrisa cálida—, así que pensamos que, ¿quién mejor que tú para ser mi asistente?
Parpadeé, sin poder creer lo que acababa de escuchar. ¿Asistente del arquitecto? ¿Yo? Miré a Emilio, buscando alguna señal de que esto era una broma, pero su expresión era completamente seria.
—¿En serio? —logré decir, mi voz temblando de incredulidad.
—Por supuesto —respondió Emilio—. Tienes talento y dedicación, Marlene. Además, Cristóbal necesita a alguien de confianza que conozca bien el lugar.
Cristóbal asintió.
—¿Qué dices, Marlene? ¿Aceptas el reto?
No supe qué responder de inmediato. Una mezcla de emoción, miedo y esperanza me llenaba por completo. Esta podía ser la oportunidad que había estado esperando, pero también sabía que, si aceptaba, habría más obstáculos que enfrentar.
Finalmente, respiré hondo y respondí:
—Acepto. Estoy lista para el reto.
Cristóbal sonrió ampliamente, y algo en su expresión me hizo sentir que acababa de dar el primer paso hacia algo mucho más grande de lo que jamás había imaginado.