John Clark La sala de espera de la clínica estaba impregnada de un silencio tenso, interrumpido solo por los murmullos de la enfermera al otro lado del mostrador. Bárbara, con las manos entrelazadas y los ojos llenos de lágrimas, miraba la puerta con la esperanza de ver aparecer al doctor. —¿Qué tiene mi hija? —suplicó, la voz quebrada por el miedo. Sebastián, a su lado, pasaba nerviosamente una mano por su cabello, su rostro reflejaba la desesperación que ambos sentían. Yo estaba demasiado nervioso, no podía soportar perderla. Finalmente, la puerta se abrió y un médico de rostro serio salió al encuentro de ellos. —Lo siento mucho —comenzó, su tono era grave—. Alexa ha sufrido mucho. La hemos estabilizado, pero... —¿Pero qué? —interrumpió Sebastián, su irritación palpable. —¿Qué es

