Hanna.
He pasado varios días en movimiento, de un lado a otro, algo alterada y se que lo estoy pero es difícil quitarme de la cabeza a la dichosa vecina del al frente.
Presiento que en cualquier momento hará su jugada y si no estoy lista para contrarrestar, perderé todo lo que amo, tendré que despedirme de mi amado Robert.
Todo lo que me está sucediendo es algo inimaginable, nunca pensaría que esto llegaría a pasar, si admito que siempre tuve en mente la idea de podría suceder que enviaran a alguien en mi búsqueda pero me esforcé por ocultarle, por desaparecer a esa Hanna y empezar una vida como una corriente humana.
—Cariño ¿te encuentras bien?— preguntó Robert sonando un poco desconcertada por mi inusual comportamiento.
—Claro cariño ¿Por qué preguntas tal cosa sin sentido?— Respondí apartándome de la ventana disimulando que para nada espió a la vecina.
—¿Seguro?— Preguntó cuestionándose si lo que yo respondía era verdad.
—Si mi vida— Contesté intentando calmar sus inseguridades.
—¿Qué te hace estar tan pegada a la ventana?— Preguntó indagando un poco.
—Vigilo a los vecinos por si se les ofrece algo— Respondí sentándome en el sofá.
—¿Y eso es normal?— Preguntó extrañado.
—Por supuesto, debemos estar atentos por si necesitan alguna cosa, después de todo como llevamos más tiempo en el vecindario es nuestro deber comportarnos como modelos ejemplares a seguir— Respondí mostrándome lo suficientemente segura como para que no sospechara.
—Entiendo y me alegra que quieras ser tan buena vecina pero creo que sí te descubren vigilándolos, se espantarían huyendo de este lugar y creando calumnias del vecindario— Respondió levantando levemente las puntas de sus labios.
—Tienes razón cariño— Respondí regañadientes.
Robert tomó asiento a un lado de mi abrazándome para acercar su rostro al mío y empezar a invadir mi mejilla con sus delicados besos que lograban por supuesto pintar en mi cara una resplandeciente sonrisa.
De repente sonó el timbre, me levanté de un salto, mostrándome un poco exaltada, voltee a ver a Robert, el sonrió por mi manera tan extraña en la que aún continuaba comportándome.
—Creo que abriré yo— Dijo levantándose del sofá.
—¡No!— Exclamé agarrando rápidamente su brazo.
Él enseguida me miró, confundido por mi altanería.
—Perdona cariño pero prefiero abrir yo— Dije para respaldar mi extraño asombro.
—¿Y eso? ¿Esperas algo? Cariño— Preguntó él.
—Si— Respondí inventándome una excusa con velocidad— He pedido un nuevo catálogo de jardinería— Agregué deseando haber sonado lo suficientemente creíble para que no hiciera más preguntas.
—Entiendo, bueno ¿Te parece bien si vamos ambos?— Preguntó sonriendo.
No podía declinar su oferta, pues las probabilidades de que empezará a sospechar eran altas.
—Me parece magnífica tu idea cariño— Respondí sonriendo igualmente.
Sin más que decir, ambos tomados de la mano, nos dirigimos hasta la puerta para ver de quién se trata.
«Me encuentro un poco nerviosa, anheló no sea nadie no deseado».
«No me siento nada preparada para enfrentarme a una bruja de mayor nivel, tengo miedo de que le suceda algo a Robert».
Al abrir la puerta pude confirmar que mis malos augurios están en lo correcto.
La vecina se encontraba parada en la entrada en espera por nosotros.
—Buenas tardes— Dijo mi esposo.
—Buenas, disculpen la intervención espero no haber venido en un mal momento— Dijo ella.
—No se preocupe ¿En qué podemos ayudarla?— Preguntó Robert.
Ella volteó a verme fijando su mirada en mis ojos, yo seguía estática esperando a que algo aún más malo sucediera.
—Solo he venido a pedirles un pequeño favor— Dijo sonriendo viéndose como si en verdad no tuviera el suficiente poder como para partir la casa en dos.
—Díganos señorita, estaremos felices de poder ayudarla ¿Verdad Hanna?— Preguntó Robert.
Giré la cabeza para verle a los ojos, aunque sabía lo que debía decir, por algún motivo las palabras no lograban salir de mi boca.
—¿Hanna te encuentras bien?— Preguntó sorprendido.
—Si— Respondí como pude— Estaremos encantados de poder ayudar a una vecina— Contesté mirándola indicándole que estaba vigilando sus movimientos.
Aunque en realidad rogaba porque no hiciera de este momento algo más peligroso.
—Esplendido— Exclamó dando un pequeño brinco, sonando demasiado alegre— Pueden llámame Marian y solo he venido para ver si pueden regalarme una tacita de azúcar, es que sin querer he confundido la sal con la azúcar y he terminado echando ambas en el mismo envase— Explicó colocando su mano en su cara para demostrar lo ingenua que se sentía en este momento.
—No se preocupe, con mucho gusto le regalaremos un poco de la muestra— Contestó cortésmente Robert— Hanna si puedes hacerme el honor.
—Ah…— Tarde un poco responder, intentando analizar lo que estaba ocurriendo — Claro cariño— Dije yendo a la cocina por la azúcar.
Me apuré lo más que pude para no dejar por tanto tiempo a Robert a solas con esa mujer, tal vez le pondrá un hechizo encima.
Saqué la azúcar y coloqué un poco en otro envase.
«Por suerte está mañana se me ocurrió la idea de poner un hechizo más fuerte sobre la casa, de seguro su magia no podía contrarrestarlo o eso espero».
Escuché las risas de Robert, me apure en la cocina para dirigirme nuevamente a la entrada.
—Tome señorita Miriam— Dije entregándole el frasco con la azúcar.
—Que encanto son ustedes dos, ojalá Frederick me tratará de igual manera— Dijo repentinamente de seguro intentando sonar cortés.
—Oh gracias— Contestó Robert riendo un poco.
Por mi parte seguía viéndola, cuestionando su existencia.
—Bueno, con su permiso tengo que irme para terminar el almuerzo— Dijo con una falsa risa— Agradezco nuevamente su amabilidad y espero volver a vernos pronto— Agregó.
—Esperamos con ansias tu regreso— Contestó Robert.
—Adiós— Respondí de la manera más cortante posible.
Ella sonrió seguro dándose cuenta de mis nervios, volteó y se esfumó, caminado de regreso a su casa.
Cerré la puerta a penas cruzo la cera finalmente sintiéndome un poco más liberada.
—Pues creo que tenías razón cariño, debemos estar atentos con los nuevos vecinos— Dijo Robert besando mi frente para irse a sentar en el sofá y ver un rato la televisión.
—Si— Respondí sin mucho ánimo.
Había logrado sobrevivir a su primera invasión, seguro estaba planeando algo, debía empezar a mover mis fichas si en verdad quiero mantener la felicidad de mi familia.
—Cariño ven— Dijo en voz alta Robert desde la sala.
Sonreí y asentí, yendo directo a dónde él se encuentra, feliz por al menos estar a salvó en estás cuatro paredes.