Hanna.
—¿Qué haces en mi casa?— Pregunté molesta.
No podía creer el cinismo de Miriam
«Esa bruja entra en mi hogar como perra por su casa, no puedo seguir permitiendo esto».
—Solo he venido porqué le he dicho a tu esposo que con mucho gusto me aseguraba en compartir con él mi almuerzo pero después me acordé que no traje almuerzo y aunque hubiera resultado más fácil comprar uno, me emocionaba más la idea de venir, profanar tú sucia casa y obligarte con un hechizo a hacerme un rico almuerzo y todo para demostrarte una vez más de que tú eres un juguete, simplemente no puedes contra mi— respondió con una descarada sonrisa que abarcaba gran parte de su rostro.
Debo pensar en algo rápido pero ya he intentado usar magia y no funciona, a de deberse por ella, seguro rompió la protección que tenía alrededor, pero eso no debería ser posible, estoy segura del poder mágico que puse sobre ese encantamiento, no se puede romper o al menos no tan fácil.
«¿Como es que está bruja lo logro y que además le sobra suficiente magia para seguir jugando conmigo?».
—Estas muy equivocada si crees que haré caso a tus estúpidas órdenes y te lo repetiré solo una vez más, deja a Robert tranquilo o.
—¿O que? La cenicienta dejara los modales a un lado, como está haciendo en este momento y intentará venderme— Dijo interviniendo.
Miriam comenzó a reírse como desquiciada, sin duda se encontraba burlándose de mí.
La mire con oído y sin pensar mucho, nuevamente intenté conjurar un hechizo sobre ella.
Está vez intentaría con uno que pudiese amarrar sus poderes, la alejaría de mi mundo y la dejaría sin una gota de magia.
—¿Ay enserio estás intentando esa vieja técnica?— Preguntó dándose cuenta de mi hechizo antes de que lo pudiera terminar— ¡Qué básica eres!— Exclamó — Bien, si quieres jugar entonces pongámonos cómodas— Agregó apartando la mirada.
De igual forma terminé el encantamiento pero pude observar que no le provoque nada, ella seguía igual.
Me prepare para lo que fuera hacer, olvidando que aún seguía totalmente desnuda.
Miriam levantó la cabeza viéndome con una sonrisa quisquillosa y de repente lanzó el mueble hacia mi.
Actúe rápido y pidiendo esquivarlo, me lance al suelo, ocultándose detrás de la cerámica.
«Piensa, no te puedes dejar humillar».
Esto se había vuelto un asunto aún más personal, nadie en toda mi vida me había hecho dudar en mis habilidades mágicas.
Con un pequeño juego de palabras provoqué que su imagen se reflejará en el lavaplatos el cual hice que se amplificara en mis ojos.
La invitada no deseada se encontraba parada aún en la sala comiendo palomitas mientras se divertía con mi agonía.
—Sal ya Hanna, Robert está esperando ese almuerzo y no le quiero quedar mal— Comentó— Con suerte logro que me lo pague con un masaje— Agregó provocándome.
«Cálmate, lo está haciendo intencional y lo sabes».
Seguí observándola imaginándome mil maneras de poder torturarla, tal vez me estaba excediendo un poquito y hasta cierto punto era verdad que estaba perdiendo algo de clase pero soy una mujer a la cual se le negó poder ponerse algo de ropa y al mismo tiempo esa persona vino a profanar su casa, atacándola sin piedad.
«En serio no pienso cooperar, esa mujer no obtendría ninguno de mis platillos».
El tiempo no estaba de mi lado así que debía actuar rápido.
Miré los cubiertos, era lo único que podía usar como arma en este momento o al menos lo único que se me venía a la mente.
Levanté mi mano para concentrar mi magia en todos ellos y lanzárselos a Miriam, así crearé una distracción para poder subir hasta mi habitación y poder pensar en algo mejor.
Cuándo di inició a mi plan caí de espaldas pegando la cabeza al suelo.
—Enserio que eres muy lenta— Comentó Miriam viéndome desplazada en el piso.
«Demonios, se me ha adelantado».
Ahora sí me encontraba desprotegida por completo, no tenía salvación.
—Te daré una oportunidad porque considero que soy una persona muy amable, tanto como para no llevarte conmigo de una vez— Dijo deteniéndose para luego reírse— Discúlpame, es que acabó de recordar que no lo hago porque me gusta ver lo patética que eres.
Era cierto, desde que acepte actuar como una humana normal y me permití acabar con las clases de hechicería, perdí todo el potencial que se me enseñó, quedándome ahora como una patética hechicera.
—Como seguía, tienes dos opciones, me haces un rico almuerzo o tendré que torturarte para luego llevarte conmigo al mundo mágico, tú decides reina— Dijo tan segura de si misma que provocaba que una ira incontrolable creciera en mi interior.
Creo que lo que más me molesta en este momento es no poder hacer nada para defenderme.
Aparte la mirada aceptando la derrota.
—Tendrás que llevarme contigo porque jamás aceptaré cocinarte— Contesté con arrogancia.
—Bien— Respondió con mucha tranquilidad.
Ella parecía darle igual, tal vez enserio quería torturarme.
Miriam se agachó sonriendo de manera quisquillosa, se acercó a mí odio y Susurró un hechizo que ocasionó que saliera del suelo unas cadenas que se anclaron a mis tobillos y muñecas, dejándome inmovilizada.
Aunque intentará parafrasear algunos de los hechizos más viejos, sé que está bruja logrará evadirlo con algún otro hechizo.
«Debe tener algún mantra muy poderoso puesta a su alrededor».
Por alguna razón no podía percibir su aura, la estaba ocultando de mí.
Miriam comenzó con la tortura, colocando su mano sobre mi seno.
—¿Cómo crees que te vea Robert cuando te encuentre lanzada en el suelo toda usada?— Preguntó deseando desgraciar mi vida.
—Suéltame— Comencé a gritar.
—Eso es, grita, me gusta más así— Comentó apretando entre sus manos mis senos.
«Vamos piensa Hanna, debe haber algo, debe haber alguna forma de zafarse de este lío».
Dejé de concentrarme en mi cuerpo y me conecté con mi lado espiritual intentando así poder recordar mejor las viejas páginas de los libros de hechicería que leí cuando era una estudiante de secundaria.
—Tranquila Hanna lo disfrutarás— Susurró Miriam mientras lamía mi oído— Seremos dos gatitas que se dan cariño.
—¡Eres una sádica!— Exclamé saliendo de mi estado astral.
Miriam solo sonrió disfrutando de mi sufrimiento.
En ese momento logré recordar lo que necesitaba para poder ganar o al menos salvarme.
«Lo tengo».