Michael ayudó a Alma a ponerse el abrigo antes de que salieran de la cabaña. La brisa matutina era fresca y llevaba consigo el aroma de los pinos y la tierra húmeda. Caminaron en silencio hacia el huerto, él estaba muy cerca pero no la tomó de la mano cómo quería sino que le dió su espacio. Mientras avanzaban, Alma sintió que la paz de la mañana contrastaba con los pensamientos que se arremolinaban en su mente. Cada paso que daba al lado de Michael parecía reafirmar algo dentro de ella, algo que aún no estaba lista para poner en palabras, para afrontar...El después. Michael, por su parte, la observaba de reojo, notando cómo el sol jugaba con su cabello oscuro y la manera en que sus ojos parecían llenos de vida a pesar de todo lo que había pasado. Quiso decirle tantas cosas, pero las guar

