La noche en la manada Falcone era tranquila, pero para Alma, el descanso era una promesa rota. Se encontraba atrapada en un sueño oscuro, donde las paredes de su mente se estrechaban, transformándose en un cuarto frío e impersonal. La figura de Fox emergía de las sombras, su rostro marcado por una sonrisa retorcida. No había escape, no había ayuda. Sentía las ataduras invisibles que la inmovilizaban mientras las manos de Fox se cernían sobre ella con una posesión enfermiza. El dolor físico era opacado por el desgarrador grito de su alma. “Por favor… ¡No!” gritó en el sueño, su voz desgarrada resonando en la sala real. Michael, de algún modo extraño a pesar de estar a una distancia considerable de ella la escuchó y se sobresaltó. Su oído felino captó los gemidos angustiados de Alma. Se le

