Los días que siguieron al desgarrador desahogo de Alma con Michael estuvieron marcados por una transformación silenciosa, un delicado baile entre la cercanía y la distancia. Michael había decidido darle espacio, permitiéndole tomar el control de su propio ritmo, pero siempre estaba allí, presente de forma tangible. A menudo, ella lo encontraba observándola con esa mirada profunda que hablaba de amor y protección inquebrantables, como si quisiera recordarle que ya no estaba sola. Alma también empezó a cambiar. Las sombras en sus ojos no desaparecieron por completo, pero algo nuevo se asomaba: una chispa de determinación, de esperanza. Gia y Callie, siempre atentas a los más mínimos detalles, no tardaron en notarlo y comenzaron a incluirla más en la vida de la manada. Había risas, pequeños

