Alma despertó lentamente, su mente aún nublada por el dolor. La luz suave de la tarde entraba por la ventana, y el sonido lejano de las aves cantando parecía venir de otro mundo, como si ella estuviera flotando en un espacio ajeno a la realidad. Sus párpados se abrieron con lentitud, y lo primero que vio fue el rostro preocupado de Michael, que la miraba con una intensidad que le hizo sentir el peso de su preocupación. —Alma... —dijo él, con voz suave, pero firme, como si intentara alcanzar el fondo de su mente—. ¿Cómo te sientes? Alma intentó mover los labios, pero no consiguió hablar de inmediato. El dolor en su cabeza era persistente, una punzada que no la dejaba pensar con claridad. Cerró los ojos de nuevo y se llevó la mano a la frente, intentando calmar la presión en su sien. —Due

