Thomas se quedó en silencio por un momento, observando al muchacho con una mezcla de desconfianza y curiosidad. El joven, aún tendido en la cama, tenía el rostro pálido y los ojos cargados de una mezcla de dolor y resignación. Finalmente, Thomas dio un paso adelante, colocándose junto a la cama. Su expresión era seria, casi implacable. La luz tenue de la habitación proyectaba sombras en su rostro, acentuando las líneas de su mandíbula apretada. —Escúchame bien —comenzó, con un tono bajo pero firme—. No estoy aquí para jugar a los interrogatorios amables. Quiero saber quién eres y qué haces aquí. No le he dicho nada a la Alpha de la manada sobre tu presencia, pero si ella llega a enterarse y decide que eres una amenaza, te despedazará sin pensarlo dos veces. Ahora, dime de inmediato qué

