¿Vas a castigarme?

2302 Palabras
Damien se puso de pie de inmediato, rezurciendo su 1.90 de estatura, ante mi 1.70, mi piel vibró cuando se sacó los guantes de las manos sin apartar los ojos de los míos, para luego, verlo moverse por la habitación hasta una de las cómodas junto a la cama, en silencio lo vi abrir el cajón de arriba, mi cuerpo se sacudió de pronto en recuerdos cuando lo vi sacar del fondo una larga fusta de cuero n***o, la respiración se me aceleró cuando vi la vara bien cernida en su puño, la piel oscura brilló, recorrí la fusta que comenzaba con un firme mango, subiendo por una larga vara forrada del mismo material hasta que finalizaba en un pedazo grueso de cuero que se doblaba sobre sí mismo. Tragué saliva con dificultad, me obligué a moverme, y con los ojos bien clavados en los de él avancé hasta los pies de la cama, donde lo pude ver volviendo a hurgar en el cajón, del que sacó una larga cuerda roja, perfectamente doblada, resoplé con un ligero sudor cubriendo todo mi cuerpo, Damien cerró el cajón de un débil rechinido que me erizó la piel de los brazos. Con ambas manos tomó lo que había sacado, para luego acercarse a mí con esos ojos brillando por sobre la luz roja, como si fueran los de una bestia escondida entre las sombras, él soltó todo en el colchón, frente a mí. Alargué un brazo hacia la fusta, la que estuvo fría al tacto, un nudo se me formó en la garganta cuando de pronto, un recuerdo ponzoñoso apareció, arruinando la adrenalina de mi cuerpo, mi nariz cosquilleo, mis ojos se humedecieron debido a lo doloroso que fue el recuerdo, de aquella última vez que había visto a Damien. -La última vez que hicimos esto, fue la última que nos vimos-. Me sorbí los mocos intentando apartar el recuerdo de una Stella desgarrándose la garganta por el llanto, mientras escapaba por la noche de Montefiorelle, con el cuerpo herido, el corazón roto y unas ganas inmensas de desaparecer, Damien apretó los labios, ensombreciendo su mirada. -Estabas llorando-. Dijo con voz seca, mi interior se remolinó. -Me estabas castigando-. Contesté levantando los ojos cristalinos a él, quien se mantenía quieto como una estatua fría, solo lo pude descubrir tragando saliva con dificultad - ¿Vas a castigarme otra vez? -Pregunté entregándole la fusta con amargura, logré ver como su voluntad titubeaba, pero, no tomó el cuero cuando se lo acerqué, en cambio se movió, inclinándose un poco sobre la cama, para tomar las cuerdas. Parpadeé mirando como me las extendía. - ¿No es para eso por lo que viniste? -, me entregó las cuerdas y la fusta, entrecerré los ojos -Ahora es tu turno-. Dijo, me mordí los labios dibujando una sonrisa perversa mientras tomaba lo que me entregaba, lo busqué, encontrándome con su mirada serena. -Dime Damien, aquella noche del “incidente”, tu padre se enteró de todo esto… lo que todos nosotros hacíamos-, comencé a hablar sorbiéndome los mocos, una vena atravesó su frente cuando le hice recordar - ¿Qué fue lo que te dijo? – Pestañeé -Yo no lo supe en realidad, yo estaba…- un estremecimiento me recorrió y opté por no mencionar esa parte - ¿Qué te dijo cuando se dio cuenta de tu depravación Damien? Tú, el heredero de la antigua y noble casa de los Romanov, su primogénito… su león-, dije con ponzoña mientras el veneno recorría cada vena del cuerpo de Damien - ¿Te castigó? -tomándolo por sorpresa lo empujé haciéndolo caer de sentón sobre el colchón, él fijó sus ojos serio sobre mí mientras me miraba sacarme el abrigo de los hombros, luego arrojé la fusta a su lado, la que miró caer a su costado, para luego regresar sus ojos hacia mí, solo que ahora, el rubor coloreaba el puente de su nariz y parte de sus pómulos -¿Te azotó? – desdoblé la cuerda, acción que hizo reaccionar a Damien, que comenzando a respirar apresuradamente no perdió detalle de mi desdoblando las cuerdas rojas, unas pesadas cuerdas duras e incomodas -¿Lloró?- Musité con frialdad, Damien apretó la quijada, pero se limitó a mirar como tomaba sus anchos brazos para comenzar a atarlo con la cuerda. - ¿Stella…? – - Dime Damien, ¿Qué sintió tu padre cuando se dio cuenta que además de que su hijo es un enfermo, a esté león le gusta ser cazado por el conejo de ves en cuándo? - Apreté las cuerdas en ambas muñecas, lo que lo hizo resoplar, luego llevé lo sobrante a unas gruesas argollas que pendían firmes de los postes junto a la cabecera de la cama, en la que afiancé los brazos, más no los extendí a sus costados, dejé que pudiera tenerlos arriba de su cabeza y que pudiera moverlos solo un poco. Y sin espera alguna respuesta suya, me senté sobre su vientre mirándolo con severos ojos resentidos, el soltó vapor al mismo tiempo en que me hacía sentir bajo de él su entrepierna que comenzaba a endurecerse, mantuve mi autocontrol, no quería que me viera titubear, rebusqué en mi memoria, no era la primera vez en que Damien estaba bajo mi control, por lo que no me quedaba más que sacar pedazos de memoria luego de esos dos años en los que me reprimí. -Si lloró Stella-, me sorprendió la voz de Damien bajó mío, temblé un poco al perder la compostura por unos segundos -y eso, tú lo viste-. Soltó, pero mi impulso me hizo abofetearlo con fuerza en el rostro. - ¡Silencio! -Le grité más tocada por el recuerdo que por mi papel dominante. Él me contempló con fuego en los ojos, su mejilla ardió mientras me contemplaba con voracidad, y, llevé las manos a mi blusa del uniforme, el que era de botones, lo dejé mirar como los sacaba uno por uno, hasta revelar mi sostén poco atractivo, pero a juzgar por su expresión, era más que suficiente, para después, resbalar mis manos por su camisa ceñida a su poderosa musculatura, él se remolinó impaciente, pero lo dejé sufrir un poco, hasta que tomando los bordes de su camisa tiré de ella a los costados tan fuerte que los botones cedieron ante mi fuerza, revelando ante mis ojos su perfecto y lampiño torso musculoso, entorné los ojos mientras mi boca se hacía agua, comenzaba a calentarme, mi ropa interior estaba siendo testigo de eso, por lo que libre de la tela manoseé su pecho mientras Damien tensaba las cuerdas de sus brazos, impaciente por lo que seguía. Me relamí los labios inclinándome sobre él, debía volver a tener el sabor de su piel caliente en la superficie de mi lengua, por lo que no me limité a lamer, besar, morder y chupar cada centímetro delicioso de Damien, gemí al recordar lo dulce que era, como la misma miel, Damien, siempre había sido exquisito, sexy, apabullante y delicioso, por lo que no me limité de su piel blanca como la nieve, ni de sus expresiones, el cómo fruncia el entrecejo y cerraba sus ojos de largas pestañas doradas, en realidad lo había deseado tanto todo ese tiempo que apenas me daba cuenta de lo mucho que lo había extrañado, y, rápidamente, aquellos impulsos que lleve dos años encerrados dentro de mí, terminaron por liberarse cuando comprobé lo hermosa de la piel perfecta de Damien, sus ojos malvados sobre mí y sus pantalones presionando el hueco entre mis piernas, por lo que de un movimiento tomé la fusta de nuestro costado para estrellarla en la carne pálida de Damien, quien gimió cuando el dolor le escoció el pecho, mi mente se nubló ante la visión de lo que para mí era hermoso, la piel tornándose rojiza… Luego hubo otro azote más, en la mejilla derecha, lo que hizo jadear al joven heredero, y sedienta de más miré con fascinación como su cabello perfectamente peinado hacia atrás, ahora se escapaba de su cabeza hasta estacionarse en su frente que comenzaba a formar una dulce capa de sudor fino, él fijó sus hermosos ojos sobre mí indecoroso, deseoso y sobre todo hambriento, por lo que no me contuve, mi brazo se liberó en azotes contra la blanca piel una y otra vez, mientras yo perdía la razón, pues, entré en recuerdos, unos que me llevaron a esa última noche de otoño en la que vi por última vez los ojos de Damien, unos que lucían diferentes a los que tenía enfrente, y, en lugar de ser él quien recibía el castigo, era yo, solo que yo no lo estaba disfrutando para nada, en cambio, sufría, pues a pesar de haber hecho eso por años, en esa última ocasión no había deseo en ello, no había rastro de disfrute o lujuria, si no, solo la sensación de tristeza y rencor, un rencor que Damien había descargado en mi cuerpo… un cuerpo que había soportado tanto hasta esa única vez en que en verdad dolió, no solo físicamente, sino mentalmente pues, aquella noche volvíamos a devorarnos como muchas otras tantas veces, solo que esa era diferente, por todo lo que había pasado y por lo heridos que estábamos. Por lo que, en lugar de tomar el camino del gozo y la pasión, todo había sido por la necesidad animal de sentir algo más que el dolor del corazón, tanto él y yo regresábamos a comernos, luego de semanas de respirar en automático, aquella noche, solo el instinto primitivo de la carne reinó y, lo único que provocó fue que nuestros corazones inundados de tormenta se desbordaran y terminara en dolor y mi inminente huida. Por lo que cegada por la ola de recuerdos descargué el dolor de aquella última noche en Damien, quien sabía desde un primer momento que eso pasaría, lo vi fugazmente en sus ojos, que fue lo que me hizo romper el trance en el que yo sola me había metido, y entornando los ojos, miré el daño que le había hecho, sangraba un poco de la nariz, y los azotes en lugar de dejar sutiles marcas rojizas, estas eran líneas horribles de color purpura intenso, me llevé las manos a los labios de pronto visualizándome en él, en como mis muñecas y tobillos habían estado pintados por dolorosas líneas moradas, así como el resto de mi cuerpo, el que había tenido adolorido por días. Me bajé de Damien de un brincó mientras gruesas lagrimas resbalaban por mis mejillas, él se repuso de a poco, corrí a desatarlo, lo que lo hizo gemir de dolor, pero en medio de mi desenfreno tomó mi muñeca con firmeza, lo miré entre parpadeos sorprendidos. -Perdona, yo no…- -Descuida, me lo merecía-. Dijo mirándome fijamente, sentí un respingo que me hizo apartar mi brazo de su agarre. Me froté la frente con un inminente dolor en las sienes. -Debo irme Damien yo-, levanté la mirada mientras él salía de la cama a duras penas, mis ojos se volvieron a humedecer -no debí haber venido-. Pero él, me pasó un mechón suelto de mi cabello con dulzura. -Yo te pedí que vinieras, yo te pedí esto, no debes mortificarte por eso, porque yo…- su voz se debilito en sus últimas palabras -no puedo estar lejos de esto-, levantó mi mirada con un dedo en mi barbilla -lejos de ti, de lo que teníamos con…- apretó los dedos bajo mi barbilla, apartándose un poco, me enjuagué las lágrimas cerrándome con dedos temblorosos los botones de mi blusa, incapaz de levantar los ojos a su cuerpo herido por mí. -Si bueno, vale…- Tragué saliva con dificultad -yo debo regresar a mi departamento, mañana tengo que trabajar-. Dije moviéndome por la habitación para tomar mi saco y mi bolso del suelo, él apretó los labios en silencio. -Te acompaño-. -No-, lo detuve con las piernas temblándome como un venado recién nacido, él se detuvo en seco -yo regresó sola-. Me limpié la nariz con la manga de mi abrigo, él puso la espalda recta para luego, buscar su cajetilla de cigarrillos de las bolsas de su pantalón, lo vi sacar uno y encenderlo con los labios ligeramente temblorosos. -El club proporciona choferes para los clientes que llegan solos, son seguros, discretos y bueno, no tendrás que pagar nada-. Damien musitó caminando hacia el enorme ventanal, el que abrió en una silenciosa puerta corrediza de cristal, donde el aire helado de la noche se coló, calándome los huesos, asentí con la cabeza. -Bien, gracias-. Contesté acomodándome el bolso sobre un hombro, pero lo escuché remolinarse de regreso a mí. -Si es tu deseo, regresa, aquí estaré, te esperaré Stella yo, quiero que volvamos a ser nosotros…- Dijo luego de quedar de nuevo todo en silencio, haciendo que todo en mi cerebro se revuelva como un huracán, uno que no me tiene piedad. Regresé aquella noche a mi departamento, quedaba poco para el amanecer cuando me acosté sobre mi incómoda cama, fue cuando dejé sentir todas las emociones que me invadieron y que no permití que salieran desde que volví a poner los ojos sobre Damien, lloré como una histérica pues, me había mentido a mí misma por casi dos años, había engañado a mi mente de lo verdaderamente aterrador para mí, mi espantoso pasado cruel, uno que me perseguía desde el otro lado del mundo… Me retorcí de dolor, de miedo y de ganas de volver a tener a Damien entre mis dedos, como siempre había sido, me revolví los sesos intentando no odiarme mucho más de lo que ya me odiaba… No fue hasta que el sol apareció en mi ventana que dejé de llorar, al fin y al cabo, el mundo no se iba a detener por mí.
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