En medio de la tormenta

2212 Palabras
Lloré abrazada a ella sobre un lujoso auto en medio de la propiedad de un club que aún dormía, mientras Annia acariciaba mi cabello húmedo con la calidez de una madre, ella me consoló y yo me dejé hacerlo. -Ya, ya, Damien es un estúpido-. Decía ella entre susurros, pero, yo ni siquiera podía hablar, luego de un rato que me resultó eterno, yo misma hice por controlarme, no quería estar de aquella manera todo el día, por lo que me aparté de mi amiga limpiándome las lágrimas de mis mejillas con una mano. -Es que, todavía es doloroso…- me sorbí los mocos -y él no deja de comportarse como un idiota conmigo-. Annia resopló mirándome entre parpadeos de pena, ella abrió los labios para hablar, pero tuve un repentino respingo que la asustó de pronto, parpadeé, luego me moví sobre mí misma a mi bolso, ella me miró confundida. - ¿Qué pasa? – Preguntó mirándome en sorpresa. Jadeando hurgué en el interior de mi bolso, sacando mi celular para mirarlo con el corazón brincando en mi pecho. - ¡Por Dios! ¿Qué hora es? ¡Tengo que ir a trabajar! – Escapó de mi boca, ella se asomó junto conmigo para mirar la pantalla, el alma se me fue a los pies, eran las 11 y media y yo aún no estaba lista, el pánico se apoderó de mí, no alcanzaría a llegar si regresaba a mi departamento, me llevé una mano a la frente, ¡Van a amonestarme! ¡Llegaré tarde! ¡Van a correrme! Isabella parece que últimamente estaba al pendiente de mirar cualquier error que cometiera para regañarme y tener un pretexto para echarme, tuve las mismas ganas de seguir llorando, Annia apretó los labios mirándome -es tardísimo-. Mascullé con debilidad. Ella entrecerró los ojos tomándome por el brazo. -No lo harás, llegarás a tiempo-, me dijo, luego miró a su chofer, quien se había mantenido paciente y silencioso, él la miró por el espejo retrovisor mientras ella tomaba su celular para comenzar a hurgar en él con velocidad -llévanos a la dirección del restaurante que te cabo de enviar, ¡Ya! – Le gritó, el chofer solo asintió con la cabeza mirando la pantalla de su celular en donde luego de pasar los dedos por él, una aplicación como las de cualquier transporte de Uber reveló, el destino en donde ella quería que nos llevara, volví a limpiarme la nariz mirándola entre parpadeos. - ¿Qué haces? -Pregunté al mismo tiempo en que el chofer aceleraba con rumbo a lo indicado. Annia me sonrió mientras comenzaba a buscar entre los asientos. -Pasaremos por tu desayuno en seguida, ya lo pedí, deben tenerlo listo cuando lleguemos, iremos a una de las calles cercanas a donde recogeremos tu desayuno, ahora envió a uno de los guarros de Ígor, deberían tener tu cepillo de dientes listo cuando pasemos-, dijo doblándose sobre si misma para hurgar por debajo de los asientos. -Annia, no, no es necesario que tu…- -Ah, aquí esta-, interrumpió ella sacando un costoso bolso Prada de debajo del asiento del chofer -sabía que aquí lo había dejado-, ella sonrió como una niña teniendo una aventura, luego la vi verter el contenido del pequeño bolso blanco en el asiento mientras nos movíamos violentamente dentro del auto por la velocidad en la que el chofer nos llevaba, mi corazón se hinchó de amor cuando del interior del bolso, unos productos de belleza rodaron por todo el asiento, hasta que unos cayeron al suelo o a mis piernas, Annia me los acercó mirándome con un brillo lindo en los ojos -Quítate esos ojos de mapache que tienes, algo de aquí te puede servir-. Sonreí como respuesta, de pronto con los ánimos restablecidos, estar con Annia siempre había sido algo tremendamente agradable, ahora lo recordaba, por lo que sonriente y tremendamente agradecida limpié los restos de maquillaje n***o de mis ojos, para tomar luego algo de base, un poco pálida para mi tono natural pero al menos quitaría los aros negros que eran las ojeras de mis ojos, ambas reímos cuando el chofer dio una vuelta policiaca en una esquina, pues, el rímel que aplicaba en mis pestañas resbaló y mancho un pedazo de mejilla, ella me lo quitó con los dedos al mismo instante en que nos deteníamos frente a un elegante restaurante, en donde, para mi sorpresa, uno de los empleados nos esperaba con la comida empaquetada en la cera fuera del restaurante, el chofer aparcó junto al empleado, Annia bajó el vidrio de su lado y tomó la comida entre sonrisas y agradecimientos para el chico que le sonrió con sorpresa, ante la belleza de ella, luego, así sin más el auto arrancó, Annia sacó la comida del empaque revelando el delicioso olor de un homelet con espinacas y champiñones, montados en pan tostado de miel y avena, mi estómago gruñó cuando miré lo delicioso que se veía, ella me lo acomodó en las piernas mientras abría un plato de frutas frescas en cubos bañadas en yogurth y miel, ella pinchó un cubo de fresa para dejarme listo para comer para después entre sacudidas terminar de aparecer un brillante jugo de naranja fría que me mostró como una modelo de aparador. - Es demasiada comida-. Abrí los ojos mientras me peinaba con los dedos, ella se carcajeó completamente pasándoselo de lo lindo. -No te preocupes por eso, ya solo resta ir por tu cepillo de dientes y luego, al “Le figaro” -. Dijo, dejando el vaso plástico en el porta vasos junto a su puerta. -Gracias-. Le dije tomando un tenedor de plástico para comenzar a desayunar, Annia sonrió y me tomó por un brazo. -Espera-. Dijo, me giré a mirarla, fue cuando ella me tomó con ambas manos por las mejillas, me atrajo hacia ella y con un rápido movimiento fue hacia mis labios, abrí los ojos cuando ella metió su lengua para atrapar la mía con ímpetu. - ¡Annia! – La aparté de un movimiento completamente desconcertada, ella sonrió pasándose la lengua por los labios mientras me miraba con jocosidad. -Perdón Stella, quería saber a qué sabía Damien antes de que desayunaras y antes de que te cepillaras los dientes-, soltó unas sonoras carcajadas -y él es como me lo imaginé, bastante dulce-. Estiró sus labios en una sonrisa de media luna. Me restregué el rostro pinchando un pedazo de homelet. -Basta Annia, esa perversión de familia, es lo que hizo que comenzara nuestro mal-. Dije comenzando a desayunar, la atractiva chica se encogió de hombros tomando un cubo de fruta para llevárselo a la boca. Lo que en un principio creí que sería la perdición, parecía ahora que solo había sido un mero susto, había llegado apenas, por lo que, metiendo el resto de comida que había quedado lo tomé para guardarlo para después, y me preparé para salir de la comodidad del auto con un cepillo y una pasta para dientes nuevos, me giré hacía Annia, ella me abrazó con cariño. -Lamento lo que pasó esta mañana-, musitó -pero-, sus ojos se volvieron tristes -no estoy justificando a mi primo, es solo que…- ella se mordió los labios con nerviosismo, como si lo que fuera a decir, fuera demasiado personal, parpadeé mirándola -luego de que te fuiste, todo empeoro, para él…-me miró fijamente, en sus ojos el reflejo de la tristeza la evidenció -para todos-. Tragó saliva con dificultad. - ¿A qué te refieres? – Annia jugueteo con sus dedos, para después levantar la mirada a su alrededor, como si esperara ver miradas indiscretas. -Bueno, él… cuando pasó…- bajó la voz imposibilitada de poder mencionar aquella noche -lo-lo que paso, tú sabes que ninguno de nosotros la pasó bien, tú estabas borracha todos los días, sabes que me encerraron, me apartaron de todos ustedes y él…- Tomé aire recordando aquellas noches en las que el sueño no llegaba, en las que no había más que gritos y llantos histéricos, en los que solo prefería estar ebria antes de darme cuenta de la realidad, recordé lo horrible y dramático que había sido la separación de Annia y su posterior encierro, uno que había durado meses, tan crueles que ni siquiera le permitían asomar la nariz en la ventana, recordé lo doloroso que fue para ella, sin embargo, también estaba Damien, un chico, que en ese tiempo, se perdía por semanas completas, en las que no lo veía porque no quería hacerlo, recordé también, su rostro frio, extraído de emociones, en su porte vacío y silencioso como una hermosa estatua de mármol, una inquebrantabilidad que resultó falsa en cuanto contemplaba la tristeza en el reflejo de sus ojos, unos iris que gritaban vergüenza, pena y sobre todo, torturante dolor. La garganta se me secó, impaciente por la confesión que resultaría dolorosa, lo sabía. -Annia…- -Stella, como todos, lo paso horrible, es solo que él de alguna manera se castigaba por la vergüenza, por la decepción que causó para quienes lo amaban, por la expresión de todos los días de Ígor cuando lo miraba-. - ¿Cas-castigarse? – De pronto un temor me recorrió todo el cuerpo - ¿A qué te refieres? - - No te diste cuenta, estabas siempre ebria, luego te fuiste, no pudiste saberlo después, pero él solo iba al club para que lo castigaran-, sus ojos me miraron fijamente, entre abrí los labios mirándola aterrada -Damien pagaba buenas cantidades de dinero para que lo golpearan hasta perder la conciencia-. Confesó, me llevé las manos a los labios sintiendo como mi corazón se sacudía con dolor, me llevé una mano al pecho. - ¡No, por Dios! – Intenté forzar los recuerdos, me obligué a recordar en esos momentos, buscando en aquellos días algún atisbo de laceración en su piel, pero por más que me esforcé no recordé haberlo visto lastimado, me maldije a mí misma, me había pasado cuatro semanas completamente ebria, si lo hubiera visto, era muy difícil poder recordarlo, quise llorar, pero no me permití, levanté los ojos hacia mi amiga, ella alargó una mano para tomar mi mano con comprensión. -Él jamás te lo diría, pero es necesario que lo sepas, Damien, como nosotras no lo ha superado, aún duele, aún cala, él sigue destrozado, está avergonzado, Ígor es cruel, lo castiga por lo que pasó, Irinna ni siquiera le habla las pocas veces que esta sobria, él…- Levanté una mano frente a ella, silenciándola, no quería seguirla escuchando, ella apretó los labios mientras yo cerraba los ojos, digiriéndolo todo, temblé, pero me mantuve firme, ella suspiró. - ¡Por dios! -Logré decir a duras penas, pero Annia no había terminado. - Stella, sé que quieres tomarte un respiro de Damien por ahora, pero-, la miré fijamente -él está obligado a quedarse lo que duré el trato con el dueño del “Le figaro”-. - ¿Trato? ¿Qué trato? – -Ígor y Antonie, el dueño del restaurante donde trabajas, han sido amigos por muchos años, Antoine fue cocinero de joven de la mansión de los Romanov en Rusia, hasta que este último abrió su propio restaurante aquí en América, Ígor siempre fue fan de la comida de Antoine, siempre venía al “Le figaro” cuando estaba en América-. - ¿Y? - -Parece ser que Antoine e Ígor abrirán una nueva sucursal, aquí en Nueva York e Ígor sería un inversionista-. Parpadee teniendo un infarto. - ¿Y qué tiene que ver Damien en todo esto? - Pregunté con el corazón acelerado. -Ígor envió a Damien a hacer el trato y planear con Antoine, mientras viene él, todo, para no ver a su hijo, no soporta mucho estar junto a él-. Confesó con una tristeza ya bien conocida por ella. Me silencié, un nudo se me había formado en la garganta, ¿Debía renunciar? ¿Debería volver a irme? ¿Escapar?, los ojos tristes de Damien aparecieron en el fondo de mi mente, “No soporta estar junto a él”, me recordé, mientras rememoraba lo mucho que padre e hijo se amaban, como Ígor miraba con orgullo a Damien, lo preocupado que se veía aquella noche del desastre, “No soporta estar junto a él” “Si lloró Stella”, recordé, Annia tuvo que sacudirme cuando palidecí silenciosa junto a ella. - ¿Estás bien? – Preguntó evidentemente preocupada. Me pasé los mechones sueltos de mi cabello atrás de mis orejas mirándola con los labios secos y el pecho saltando dolorosamente. -Tengo que ir a trabajar, ahora si llego tarde-. Tomé torpemente la bolsa de mi desayuno abriendo la puerta con dificultad, Annia se acercó un poco para alcanzarme, regresé la mirada a ella con ojos confundidos. -Stella, hay una cosa más que tengo que decirte…- -Llego tarde-. La interrumpí apartándome del agarre de ella con un sutil movimiento, ella parpadeo resignada. -Si necesitas algo, no dudes en llamarme, dejé mi número en tu teléfono la primera vez que dormiste en el club-. Dijo sonriéndome con melancolía, asentí con la cabeza incapaz de moverme de la banqueta, ella cerró la puerta mirándome todavía por el vidrio, para luego despedirse con la mano cuando el lujoso coche se marchó sin hacer el mínimo ruido. - Mierda-. Mascullé.
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