-Stella ¿te encuentras bien? – Interrumpió la voz de Isabella, tomándome por sorpresa, un respingo se apoderó de mí, haciéndome estremecer, apreté la bolsa de comida ante el susto, parpadeé sintiendo el corazón en la garganta, y clavada en el suelo en medio de la calle inevitablemente tuve que girarme a mirar a quien me preguntaba, sin embargo, no pude evitar sentir que el alma se me iba a los pies, pues, Noa me miraba con los ojos bien abiertos, pero, mayúscula fue mi sorpresa cuando lo descubrí, del brazo de París, la que, también me miraba con confusión en los ojos.
Las palabras se me atoraron en la garganta, mientras pensaba, que tanto habían visto, me pregunté si me alcanzaron a mirar cuando baje del lujoso auto de Annia, pero, a juzgar por las miradas de mis tres compañeros de trabajo, de inmediato supe que si me habían visto bajarme con el rostro desfigurado de preocupación, como siempre no quise darles explicaciones, por lo que apretando la bolsa en mi pecho los saludé con amabilidad, y me marché por la puerta con los ojos de ellos clavados en mis espaldas.
Afortunadamente, el resto del día, no tuve que soportar las preguntas de nadie, por lo que me concentré como siempre en trabajar lo mejor que podía, pese a que las secuelas de la noche me recordaban constantemente lo delicioso que había sido, pues, pese a haber vuelto a terminar mal con Damien, no me arrepentía de haberlo disfrutado a placer, pues él, como siempre, resultaba ser mi propia droga personal, por lo que no podía sonreír disimuladamente cada que recuerdos de esa noche inundaban mi mente, distrayéndome de pronto de mi trabajo, tanto que incluso, Olivia o Alex tenían que llamarme dos veces debido a que mi mente, regresaba a ese punto de la noche en la que el fuego me consumió completa, tanto que, ignoré rotundamente que París, la mujer maravilla, era la nueva hostess del “le Figaro” y que eso implicara mirar como Noa y ella, coqueteaban constantemente, incluso, Isabella me pasó desapercibida, como en un sueño en el que caminaba entre suaves nubes rosadas, complacida completamente de haber saciado mi hambre de morbo, de haber vaciado mis instintos que regían mi vida, que día y noche atormentaban mi cerebro, pero, que, no hicieron más que, crecer el doble al volver a tener lo que tanto quería, en cierto punto, debía frenar mi trabajo, cuando la ola de calor empapaba mi entrepierna, apretaba las piernas con la piel erizada, me volvía a poner loca de lujuria, mi mente perdía el control, y sabía que era peligroso, aquella lujuria no había hecho más que joderme la vida, sin embargo, como sabía, era su esclava, su prisionera a voluntad, que no hacía más que pensar cada segundo en la energía viril de Damien, la que endurecía los pezones de mis pechos y mojaba mi intimidad de tal manera en que no lo resistía, pero, también estaba ese otro tema que ocupaba mi mente, la tristeza que nos envolvía a todos nosotros, la agonía que nos tenía respirando a medias, como animales heridos que solo se arrastraban para poder encontrar un lugar para morir, una melancolía que se mezclaba retorcidamente con el deseo de la calidez de sentirnos unidos en medio del sexo, era completamente descabellado encontrarle un significado a lo que estaba sintiendo, y que Damien compartía conmigo, por lo que, mi mente tormentosa era un tumulto de pensamientos que me ahogaban en un océano de realidad, si, ambos, Damien y yo, estábamos completamente rotos, por dentro y por fuera, pero también estábamos hambrientos de deseo, perdía la cabeza de solo imaginarlo gimiendo entre la suave, estrecha y húmeda cavidad de mi v****a, en su salvajismo desenfrenado y en su enfermiza obsesión con el dolor.
Tuve que apretar las piernas mientras las rodillas me cedían, intenté no jadear completamente ahogada en lujuria mientras dejaba la charola vacía sobre la limpia barra del bar, sentí mis pezones endurecerse tanto que dolían, resoplé con el rostro enrojecido mientras apoyaba los codos sobre la barra, me abaniqué el rostro con la mano ignorando que unos ojos amarillos me inspeccionaban con detenimiento.
- ¿Estás enferma? – Noa interrumpió mientras secaba unas copas lavadas acomodándose frente a mí, levanté la mirada mirándolo con ojos cristalinos, tragué saliva con dificultad al instante en que una palpitación en mi v****a me hacía estremecerme.
- Solo estoy algo cansada, es todo-. Le respondí limpiando mi frente cubierta de una fina capa de sudor, reponiéndome de mis impulsos, ¡Por dios Stella! ¡Estas trabajando!, me reprendí en la mente.
-Pues tus ojeras tampoco ayudan, en verdad te ves enferma-. Dijo él parpadeando con interés, una punzada de cólera me hizo remolinarme, fruncí el ceño, irritada, pero modulé mi temperamento.
- No he dormido bien-. Contesté tomándome un descanso, el restaurante no estaba lleno y podía darme un respiro en lo que mis mesas terminaban de cenar, además, el cuerpo me estaba matando, no podía moverme sin sentir dolorosas descargas que me recordaban mis excesos, unos que me hacían sonreír de felicidad, amaba que me quedaran marcas.
París apareció, con su perfecto cabello rubio alisado sobre sus hombros cubiertos por las mangas de un entallado vestido azul marino que le realzaba sus ojos claros y su piel perfecta, tuve náuseas cuando la miré acoplarse junto a mí, con una sonrisa en los labios.
-Perdón que me entrometa Stella, pero tengo unas aspirinas en mi bolso, puedo traerte una-. Musitó ella mirándome con interés, Noa le sonrió complacido de lo angelical que era, mitigué una arcada -estoy segura que eso te hará sentir mejor, te ves agotada-.
Intenté con todas mis fuerzas sonreírle, ella no me había hecho nada, estaba siendo amable, pero, todavía no entendía porque la bilis me estallaba en el estómago cada que la tenía cerca, pero podía sospechar que era porque, además de haber regresado al restaurante, era hostess, mil veces mejor pagado que yo, además que, ella, solo con sus ojos coquetos, se había quedado con el chico que me tenía loca, sin olvidar que era perfecta, mil veces mejor, tal como Joyce había dicho, entreabrí los labios, pero sorpresivamente fui interrumpida por la voz de un cliente, uno que no hizo más que hacer que mi presión se disparara como si hubiera bajado de un caballo desbocado.
-Quizás solo necesite un trozo de chocolate para reponerse-. Tronó la poderosa voz de Damien, quien se plantó tras París, con aquel porte delicioso y dominante del que era dueño, él me miró con ojos malvados mientras ocultaba las manos dentro de su largo abrigo n***o, el que le resaltaba el claro de sus ojos dándole esa apariencia malvada y felina que cautivaba a cualquiera, mi corazón se salió del pecho mientras me incorporaba de la barra completamente apañada por lo atractivo que lucía, París estiró sus labios en una sonrisa mientras se sonrojaba, ella lo disimuló bien, pero como a quien mira a Damien, ella también se cautivó por la mera presencia del rubio, la descubrí temblar sutilmente para dirigirse a él con un dejó de voz insegura.
-Oh, perdone, bienvenido ¿Puedo acompañarlo a una mesa? -Dijo ella esquivando la intimidante mirada de Damien, Noa tensó los brazos, inmóvil en su lugar mientras escrutaba con los ojos al heredero, como si él fuera un policía tras un sospechoso.
-Beberé algo primero-. Contestó él mirándola con aires aburridos, en el mismo instante en que Joyce e Isabella aparecían entre sonrisas enormes en sus labios, me alejé un paso de la barra, alisando mi mandil con disimulo mientras miraba los ojos un brillo en Isabella quien me paso de largo junto a Joyce, para hacerle un asentimiento a Damien, a fin y al cabo, él era casi de la realeza, puse los ojos en blanco.
-Mi querido Damien-, Joyce como todos los días, era elegante y agradable, y lo fue aún más cuando saludó a mi amante de un beso en la mejilla, Damien fue tan formal como pudo -me alegra volver a tenerte por aquí-. Musitó ella mientras París se marchaba de allí sin antes hacer una pequeña reverencia, Noa y ella se miraron por unos segundos, pero inevitablemente se marchó a recibir a unos comensales que llegaban - ¿Ahora vienes solo? – Joyce pestañeo en medio de esa sonrisa tan suya, Damien se relamió los labios y no pude evitar mirar su lengua aparecer, tan bípeda y torturadora que era, pero noté que la última pregunta provocó una reacción en Damien, lo sabía, lo conocía muy bien y, ahora con lo que Annia me había dicho, podía sospechar el porqué de su repentina incomodidad, Joyce sin querer se había referido a Ígor, un padre que no deseaba estar junto a su hijo.
Pero disimulando a la perfección, Damien le sonrió sentándose sobre un banquillo frente a la barra.
-Gracias por tu amabilidad Joyce-, esquivó él sacando las manos de sus bolsillos para apoyar los codos sobre la barra con aires jocosos, la tinta que salía de las mangas de su abrigo me secó la garganta, pues, apenas pocas horas antes, sus manos pintadas en tatuajes negros me azotaban el trasero con fuerza.
La anfitriona pestañeo sonriente, miró a Noa, quien asintió sutilmente con la cabeza.
- ¿Quieres cenar algo? Puedo hacer que te traigan algo aquí-, Joyce le hizo una señal a Isabella con las manos, la que se acercó completamente servicial -puedo dejarte a Isabella para que te atienda, ella es excelente-. Masculló Joyce cruzándose de brazos.
Una sonrisa traviesa apareció en los labios de Damien.
-Eres tan amable querida amiga, pero por ahora solo quiero un whisky seco-, respondió mirando a Joyce con ojos brillantes -y, por supuesto, una mesera estará bien-, Isabella sonrió con labios cerrados -pero que tal esa chica-, dijo apuntándome con un largo dedo, pestañe completamente sorprendida, lo fulminé con la mirada, él no se inmutó, Joyce pestañeo mirándome por sobre su hombro, despachó a Isabella con la mirada y me hizo acercarme con solo verme, apreté los dientes odiándolo soberanamente -se ve que es atenta-. Finalizó él, Joyce asintió con la cabeza, luego miró fijamente a Noa, quien se movilizó en prepararle la bebida, luego, la gerenta sonrió.
-Eres bienvenido, por favor, disfruta tu velada-. Joyce se despidió, soltó un largo suspiro y miró a Isabella quien pareció odiarme dos palmos más, ella no tuvo más remedio que marcharse tras Joyce, dejándome a disposición de Damien, quien me miró fijamente, yo cambie mi expresión acercándome a él.
- Buenas noches, ¿puedo traerle el menú? -Dije con el rostro amable, pero con los ojos asesinos, él me escrutó complacido de que yo le sirviera.
Él se relamió los labios, y a diferencia de como lo hizo la primera vez, esta era de maldad.
- Espero no importunarla señorita-. Exclamó mientras Noa le acercaba un vaso con el whisky que pidió, Damien rodeo el vaso con una mano, acariciando el cristal con suavidad, mi piel se erizó.
-No se importune, es mi trabajo-, dije enfatizando las últimas palabras, Noa hizo una mueca aterrada cuando escuchó mi impertinencia, pero solo me miró reprendiéndome - ¿puedo ofrecerle algo? – Tamborilee los dedos de mis manos sobre mi regazo, impaciente por apartarme de allí, él estiró más sus labios dándole un sutil trago a su whisky.
-Con el menú está bien, por el momento-. Contestó abriéndose el saco con una mano, embobándome ante la visión de su camisa negra pintada en su cuerpo musculoso, pues, era tan espectacular que pareciera que la tela le fuera a reventar ante los bultos rollizos de sus músculos, los que se tensaron cuando se inclinó levemente hacia atrás para sacarse el abrigo por sus anchos hombros prisioneros por la delgada tela que en cualquier momento rompería, rodeé mis ojos en un camino descendente por su cuerpo, descubriendo unos pantalones de vestir azabache que le enrollaban las poderosas piernas, unas piernas tan torneadas que podían romper lo que fuera de un simple movimiento, sin embargo, fue la visión divina de su masculinidad presionando la tela, la que evidenció el generoso bulto que se apretaba en la tela costosa de sus pantalones, mis ojos escrutaron el paisaje a libertad mientras mi v****a se sacudía, de pronto sintiendo un hambre voraz por él, que me cegaba, un nudo se me formó en la garganta y mi ropa interior se humedeció, regresé mis ojos ascendiendo de regreso por él, hasta estacionarme en su cuello, el que estaba entintado por tatuajes que salían por su clavícula, mientras la piel limpia de su pecho se asomaba por su camisa abierta, la que dejaba ver una parte de su pecho lampiño, volándome la cabeza, pues, estaba consciente que jamás me cansaría de él -¿Señorita? -Rompió el mismo Damien con mi embelecimiento, parpadeé descubriéndome con la boca abierta, sacudí la cabeza ruborizada, había sido demasiado obvia, tanto que Noa se había dado cuenta, el calor colorió mucho más mi rostro, no quise mirar la expresión de Noa, me desmayaría de la vergüenza, y mucho menos el rostro de Damien, quien debía estar burlándose de mi estupidez.
-En seguida le traigo su menú-. Me aparté, agradeciendo ese respiro de Damien, no quería que me descubriera completamente vencida por él, por lo que caminé con el corazón latiéndome fuertemente en los oídos, y queriendo desaparecer de allí, llegué hasta París, quien parpadeó cuando miró mi rostro enrojecido.
-En verdad no te ves bien-, ella me entregó un menú tomando mi mano para que yo la mirara -deberías tomarte la noche-. Dijo, pero yo me la aparté sutilmente.
-Estoy bien-.
-No es cierto-, interrumpió Alex tomando un grupo de menús, apreté el pedazo de plástico en mi cuerpo, completamente nerviosa -estas que la jodes Stella-. Masculló él saliendo de allí, solo pude ver como se marchaba, mis rodillas se doblaban por si solas.
-Stella puedo…-
-Tengo que trabajar París-. Le respondí saliendo del recibidor para regresar junto a Damien, quien estaba recargado sobre la barra, bebiendo con placer del whisky, él me miró cuando le extendí el menú.
-Gracias-. Respondió mientras miraba a Noa -Tú, puedes servirme otro como este-. Le dijo y Noa le asintió con la cabeza.
-Si me necesita, llámeme-. Le dije lista para volver a tomar distancia, pero Damien me detuvo con un movimiento de mano.
-No, no es necesario, ya ordenaré-. Damien sonrió cuando pegó los labios en el vaso, para darle un último trago a su bebida, apreté los dientes asintiendo silenciosa, y como estúpida esperé mientras se hacia el idiota, haciendo como si leyera el menú, descubrí como quería molestarme, Damien amaba hacerme desatinar, el mirar cómo me irritaba, aquel juego lo conocía a la perfección, solo que ahora yo no podía interponerme, él era un cliente y yo una mesera, ante todo, quería conservar mi empleo.
- ¿Está listo para ordenar? – Le pregunté, Noa le entregó su nueva copa, pero antes de responderme, le dio un largo trago sin hacer muecas.
Damien dejó el menú sobre la barra mirándome con el rostro apoyado en sus dedos, unos dedos que se habían hundido en mi un millón de veces.
-Si, ya sé que ordenar-, sonrió, entrecerré los ojos, conocía esa mirada -pero temó que eso solo puedo pedirlo aquí-. Apuntó la barra con un dedo que me hizo estremecer, pues, lo hizo tal y como me indicaba cuando quería que me pusiera de rodillas, Damien no dejaba de provocar, luego, dirigió su atención en Noa, quien se acercó sospechando sobre aquel comportamiento que estábamos teniendo nosotros dos.
- ¿Podrías darme un tazón de cerezas? -Lo dijo, haciendo que mi concentración se rompiera, una vena atravesó mi frente “maldito hijo de puta”.
-En seguida-. Contestó Noa poniéndose en marcha.
Lo miré entrecerrando los ojos, le sonreí forzosamente y me escusé.
-Si no necesita más…-
-Quédate-. Dijo y sonó más a orden que una petición, Noa dejó el tazón de brillantes cerezas en almíbar con el ceño fruncido, miré al barman, quien me regresaba la mirada sin poder todavía descubrir que era lo que estaba pasando, Damien se dirigió a Noa -Gracias-, le dijo – me alegro que hayan tenido cerezas, “son mi postre favorito”-. Le dijo, pero aplastó sus ojos de felino sobre mí, dándome a entender perfectamente, mi interior se sacudió incontrolable, me mordí los labios recordando lo pegajoso de la miel en mi cuerpo, lo dulce que me supieron sus labios después, y el sonido de mis fluidos revueltos con la roja miel de las cerezas, me estremecí completamente vencida por Damien, por lo que no hubo ningún otro motivo por el cual quisiera irme, fue un deleite mirarlo tomar las bolitas carmesí con los dedos, unos dedos que se hundieron entre el jugo rojizo para tomarlas, mi piel se encendió cuando se llevó una a los labios, la que goteó escurriendo miel por sus labios rosados, Damien se pasó la lengua para recoger la miel prófuga, mi cuerpo respondió entre recuerdos, me descubrí mirándolo y a él viéndome con detalle, dándole aquel toque lascivo a solo un simple alimento que traía muchos recuerdos, como una invitación pecaminosa que era enviada a mí a través de sus ojos y el movimiento de sus dedos al tomar cada cereza, todo era tan sutil que apenas un ojo experto podía captar aquella comunicación que ambos teníamos.
Sin embargo, todo llega a su final en un punto de las cosas y, Damien marcó que ya había sido suficiente cuando apartó el tazón medio vacío de cerezas, parpadeé mirando a mi alrededor, consciente que todos se habían dado cuenta de lo que estaba pasando tras vestidores, pero respiré cuando me di cuenta que solo esa paranoia estaba en mi mente, apreté los puños dentro del bolsillo de mi mandil mientras Damien se apuraba a beberse toda su bebida de un solo empujón.
Damien soltó aire cuando dejó el vaso vacío sobre la barra.
- ¿Desea algo más? – Le dijo Noa tomando el vaso, parecía molesto, pero no le tomé importancia, Noa era alguien a quien todavía no podía descubrir.
-No-. Damien se puso de pie tomando su abrigo con un brazo, me sacudí, el juego había terminado, me aclaré la garganta e hice como que limpié la barra, mientras Noa se acercaba mirando a Damien con recelo.
El heredero no me miró cuando me pasó de largo rumbo a la oficina de Joyce, y yo no hice por mirarlo caminar, fue cuando Isabella, Olivia, Alex y Noa me interceptaron.
Respingué ante el asedio de ellos, quienes querían una respuesta.
- ¡Vaya, vaya! -Habló primero Alex acomodándose en la barra mientras Olivia se cubría la sonrisa con una mano.
- ¿Qué? – Mis manos temblaron, ¡Joder que nadie se haya dado cuenta!
-El guapo ruso no dejaba de mirarte-. Olivia musitó abriendo los labios para simular un grito silencioso.
-Es estúpido que lo niegues-, Isabella me tomó por el brazo - ¿Qué fue eso? -Preguntó ella pareciendo contener sus celos.
- ¿En verdad lo conoces? -Noa me alcanzó con una mano, trayendo mi atención – es decir, ¿Cómo conoces a alguien como él? – No pude evitar sentir una oleada de ofensa, como si alguien como yo hubiera podido escalar tan alto.
Negué con la cabeza.
- ¿Es importante? -Soné molesta.
Alex abrió los labios en una evidente ofensa.
- ¿Todavía lo preguntas?, por supuesto que es importante-. Él se llevó las manos en jarras.
Me encogí de hombros, intentando escapar, pero Isabella me lo impidió, poniéndose frente a mí, ella estaba interesada, tanto, que prefería que yo le dijera antes que seguir con su trabajo.
-Esa es una historia que no quieren escuchar-. Apreté los labios, eso era todo lo que escucharían de mí.
Los cuatro clavaron sus miradas hacia mí.
Olivia soltó un largo suspiro rendido.
-Tranquila-, dijo -al menos di que vendrás con nosotros-. Pestañeó, relajé los hombros.
- ¿Otra noche loca? -Respondí.
-Ese es el chiste-. Contestó Noa mirándome.
Sonreí, la relajación me invadía, y abrí los labios para hablar, pero Alex me interrumpió.
-Y no Stella basta, no digas que no irás, acompáñanos, iremos todos, Isabella, Noa y París, y claro, Oli y yo, solo faltas tú-.
Solté aire.
-Parece que irán en parejas-, pestañe mirando a Isabella -o en grupos-. Mi voz sonó débil en las últimas palabras, Isabella puso los ojos en blanco.
- Pero todos somos amigos-. Noa me dio un ligero empujón por el hombro.
-Oh no es verdad-, lo interrumpió Alex -tú y París no son amigos-. Noa sonrió y yo no dejé que me doliera.
-Bueno, pero estaremos todos-. Noa se cruzó de brazos.
Me mordí los labios.
-Pero me sentiré dispareja con todos ustedes, ya están formados en grupos o-, me aclaré la garganta – en parejas-.
Ellos me miraron con decepción.
-Stella-.
- ¿Con quién iré? -Pregunté sonriendo con melancolía.
Luego una voz adicional nos distrajo a todos.
-Conmigo por supuesto-. Damien contestó.
No.