Capítulo 5: ¿Un hombre de moral?

1728 Palabras
Narra Louis ¿En qué momento Lady Diana Spencer y yo nos hicimos tan cercanos? No lo vi venir, pero en menos de nada, ella y yo nos hicimos amigos. —¿Terminamos? —Su alteza, últimamente tiene mucha prisa. Miré a Froilán con una expresión de confusión, pero sí sabía a qué hacía referencia. —Simplemente aprovecho el tiempo, mi buen Froilán. Cada día aprendo que el tiempo es oro, un día que se va, es un día que jamás vuelve, por eso, intento aprovechar cada instante. Mi padre lo dice a cada momento, ¿no? Además, pronto tengo que asumir una nueva e importante responsabilidad y tengo que disfrutar mis años antes de recibir la corona. Mi preceptor sonríe y asiente. —Oh, su alteza, sin duda, sus pensamientos se hacen cada vez más maduros. Sí, ya hemos terminado. Me levanté de inmediato, no le di tiempo de terminar su expresión cuando mi cuerpo ya estaba erguido y mis ojos apuntando como flechas a la puerta. —Iré con mi padre, con permiso Froilán. Di pasos lentos mientras estaba en el salón de estudio, pero cuando salí completamente de el, empecé a correr más rápido que mi caballo para seguir acortando ese valioso tiempo que necesitaba con ansias. —Oh, su alteza, ¿se encuentra bien? —me pregunta una de las sirvientes del reino—. Luce agitado, ¿está usted enfermo? Quizás tiene temperatura, mire como suda su frente. Negaba con mi cabeza mientras respiraba por mi boca, no podía responder, me falta aire. —¿Quiere algo? ¿desea que le…? —Agua —solté en mi último aliento. —De inmediato, su alteza. La mujer camina a toda prisa mientras yo trato de volver a respirar con calma fuera de la habitación de mi padre. —¿Louis? ¿Louis, estás ahí? Inhalé profundo y respondí: —Sí, padre. Aquí estoy. Llevé las mangas bordadas en hilos finos a mi frente para secar mi sudor. —Padre, ¿quería verme? —Sí hijo, ven aquí. Mi padre se levanta de cama, pero veo que le cuesta un poco. —Espera, déjame ayudarte. —No, no, puedo hacerlo solo. Estoy viejo, pero no inútil. Él se apoya del dosel de su cama y se pone de pie. —Los años son crueles, ¿no crees? Y pensar que era el mejor con la espada, ahora no puedo ni levantar mi brazo —dice moviendo su brazo derecho. Él camina con lentitud hacia su ventana y me pide acompañarlo. —¿Crees que lo pueda lograr? No sé cuántas clases lleva de tiro con arco, pero no ha podido Ambos miramos a mi hermano Martino. —Infante Martino, debería… —¡No me diga! —Es terco —susurra papá mirándolo con desaprobación—. ¿Por qué debe ser tan difícil las cosas con él? Lo miré de reojo sabiendo que eran exactamente iguales. —Sí, es algo complejo cuando se lo propone. —Debería agradecer que lo hace con fines recreativos, por ahora… no quiero imaginármelo en el bosque intentando cazar un animal, menos en una competencia. Pero, luego tendré tiempo de avergonzarme —menciona sonriendo levemente—. Te mande a llamar porque quería comunicarte algo importante, ha llegado información al reino, información de algo serio y muy delicado. No sé por qué sentí que sus palabras eran para mí, no sabía que había pasado, no tenía una idea de lo que podría estar por mencionar, pero yo creía que era algo referente a mí y de posibles actos que he cometido en los últimos días. —¿Información? Hice un gesto de incredulidad, fruncí mis cejas y cambié mi expresión. —¿Qué sucede? Llevé mis manos a mi espalda por sentía que, en cualquier momento, el sudor comenzaría a destilarse. —Tenías razón, hijo. —¿Yo? ¿Razón en qué? —El Lord Egerton hizo una investigación, efectivamente los señores feudales están haciendo de las suyas. Recordé a que hacía referencia y sentí que mi corazón volvió a golpear mi pecho en cada latido que se había frenado. —Oh, era sobre eso… su majestad me había preocupa… Mi padre me mira y hasta ese momento, no me había dado cuenta que estaba a punto de delatarme. —¿Acaso el príncipe heredero tiene angustias de las que no estoy enterado? —No, no es así, padre. En realidad, es que hay una parte de mi ser en cada rincón de este lugar y en mi pueblo. —Oh, hermosas palabras, dignas para un poema que puede ser recitado a nuestra gente de Prusia. Asentí con una sonrisa. —¿Cuál es el problema? —Oh, me desvié. Mi padre camina hacia su libro de santas escrituras y lo levanta, debajo de él había un pedazo de papel. —¿Qué es eso? —Esto le ha llegado al Lord Egerton, sabes que tiene más cercanía con el pueblo, es nuestro medio para conectar con nuestra gente de Prusia. Esto se lo ha dado un campesino. No era un simple pedazo de papel, era un trozo de piel de animal preparado en el que habían escrito un mensaje. —¿Un campesino escribió esto? Era sorprendente que alguien que labora en el campo sepa hacerlo. —Sí, pero no sabemos quién. El Lord Egerton estuvo consultando e investigado de manera discreta lo que ha estado pasando. Tenías razón cuando mencionaste que los señores feudales podrían estarse aprovechando de su poder, por lo cual, la gente del pueblo se ha aislado un poco de nosotros. Aquel escrito en mi mano lo confirmaba. —Nadie quería hablar, al parecer se sentían intimidados, pero el Lord Egerton encontró eso en su carruaje. Les han hecho más aumentos a sus impuestos y les han hecho creer que son órdenes directas del rey. Negué con mi cabeza. —¿Qué piensas hacer? —Tengo que reunirme con los señores feudales y tratar de mejorar la relación con la gente de nuestro pueblo. —Padre, quiero estar presente. Esto es injusto, usar tu nombre en beneficio propio, explotar a nuestra gente, es muy… es terrible. —Lo sé, pero creo que debí ser más precavido. Es mi culpa, así que hallaré una solución de inmediato. Por ahora, no te desenfoques de tus estudios y espera mi comunicado. —Sí, padre. Le entregué el pedazo de piel de animal y me retiré de su habitación. Tenía un enojo comprensible, aborrezco a aquellos que se aprovechan de la confianza dada. Sostuve ese pensamiento hasta que llegué al lugar al que había querido llegar desde que el sol iluminó el reino. —Oh, su alteza, ya está aquí. Lady Diana se levanta del lugar donde reposaba y hace una reverencia como saludo. Creo que moralmente soy el menos indicado para señalar a otros cuando también abuso de la confianza de mi padre y del Lord Francis. Ser consciente de que algo está mal y hacerlo, es un doble pecado, un pecado consciente no debería tener perdón. —¿Por qué se queda ahí, su alteza? Sonreí cambiando mi expresión y entré al lugar en el que nos hemos estado viendo los últimos días. Solo hablamos, hablamos de la vida, hablamos de ella, hablamos de mi familia, del paisaje, de las flores, de todo; con ella puedo hablar y sentirme bien, me olvido que soy el príncipe heredero y solo… solo somos Louis y Diana. No hago nada malo con ella en este lugar, pero no es correcto que nos veamos a escondidas, más cuando es la esposa del Lord Francis. —Le traje algo —dice la dama mostrándome una canasta. —¿Para mí? Me acerqué a ella y me pide descubrir aquel pequeño paño del color de las rosas para que vea lo que tiene en su interior. —¿Panecillos? —Yo misma los horneé para usted. La miré y sentí que mi pecho se agitó. —No sabía que mi lady tenía dotes en la cocina. —No los tenía, pero ahora soy una mujer casada, debo aprender estas cosas para atender a mi esposo. Mi madre me ha dejado un par de recetas, esta es la mejor que me queda, por eso los preparé para usted. Su acto era encantador, simple, pero encantador. Al menos eso creo solo porque se trata de ella. Tomé uno de los panecillos, el menos quemado de todos y estaba tan duro como una piedra, lo llevé a mi nariz y tenía buen aroma. Procedo a probarlo y su sabor era… —¿Qué le parece? —Es el panecillo más asqueroso que he probado en mi vida. —¡¿De verdad?! Ella se sonroja y trata de quitarlo de mi mano, pero no se lo permito. —Los comeré todos. —No, no lo haga. —Los hizo para mí, así que debo comerlos todos. —Pero no saben bien, no se lo coma. Ella forcejea un poco, pero lo llevo completo a mi boca. —¿Por qué se lo come si dijo que sabe horrible? —Porque usted los hizo para mí. Ella se queda callada y me mira a los ojos, noté como sus mejillas se hicieron más rojas. —Oh, su alteza… Miré hacia la pequeña ventana que da vista al cielo y noté que el sol se ocultaba. —Se hace de noche, creo que es mejor que regrese a su casa antes de su espo… —El Lord Francis no está —dice para luego morder sutilmente sus labios, ella toca sus mejillas sonrojadas y baja su cabeza—. Su majestad el rey lo envió fuera de Prusia por unos días. Lady Diana toma uno de los listones de su vestido y juega tímida con el. —Entonces ¿Puede quedarse aquí más tiempo? —pregunté viendo como sus ojos volvían a los míos. —Sí, su alteza. Debí retirarme yo entonces, debí alejarme y no probar esos feos, quemados y duros panecillos, debí no acercarme a ella y menos escuchar que su esposo estaría fuera de Prusia. Tomé la mano de lady Diana y esta se sorprende. —Su alteza —susurra abriendo sus ojos. Me incliné hacia ella sin quitar mi mirada de su boca y la besé. En ese momento, el infierno empezaría para mí.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR