Capítulo 4: Primer acercamiento.

1565 Palabras
Narra Louis —Entonces, los escritos mencionan que… mencionan… Mi mirada estaba más allá del salón de la sabiduría. —Su alteza, ¿está escuchando lo que digo? —Sí, continúe, por favor. Levanté mi mano y le hice una señal para que avanzara. —Me parece que no ha escuchado la mitad de lo que he dicho. Miraba como traían del pueblo muchas cosas, desde hace días el reino está revolucionado con los preparativos de la boda del Lord Francis y Lady Diana. ¿Por qué hacer su bosa aquí? —Su alteza, lamento venir en su hora de estudio —dice Froilán llegando a salvarme—. Sus nuevos trajes están aquí, su padre ha pedido que se los pruebe todos. —Su majestad ha dado una orden, debo ir de inmediato. Me levanté de mi lugar y noté al religioso un poco molesto. —Pero, pero no hemos terminado, su alteza. —Por hoy sí. Salí de aquel lugar y en cada calado que tenía la oportunidad de mirar hacia fuera, reparaba lo que seguían ingresando al reino. —¿Quiénes vendrán a la boda? —No estoy seguro, su alteza; pero si desea puedo ir por información. —No, está bien. Seguía caminando al paso de mi preceptor cuando de la nada, ella aparece. Lady Diana estaba acompañada de otra dama, ambas tenían una canasta de flores blancas en sus brazos. No sé de qué hablaban entre ellas, pero parece que es algo divertido porque sonríe ampliamente. Apoyé mis manos en el calado y las seguí con mi mirada, sonreí con ellas y casi que podía leer en sus labios lo que platicaban. —Es la hermana de Lady Diana —comenta Froilán haciendo que se me borre la sonrisa—. Llegó a media noche junto su hermana menor. Asentí mordiendo mis labios y viendo como su hermana mira hacia dónde estamos y le señala a Lady Diana. Me incomodé un poco, casi aparto mi mirada, pero resistí a la presión. —Buenos días, su alteza —dice la joven levantando su mano. —Buenos días —respondí para seguir mi camino de inmediato. Pude escuchar las risas de las mujeres y sentir mis mejillas sonrojarse. —Oh, su alteza, que honor poder verlo el día de hoy. El hombre se lanza sobre mí y toma mi mano, la sacude varias veces al punto de hacerme incomodar por su acercamiento. —Su alteza, él es Dominico, será la persona encargada de hacer sus trajes. —¿Qué pasó con Bernard? —Su padre decidió reemplazarlo. Miré a Dominico y su atuendo no me gustaba, si él viste de esa manera, estoy seguro que lo hará peor conmigo. —¿Por qué no me comunicó antes? —Su majestad supo que el señor Bernard no se encuentra muy bien de salud, por eso ha llamado al señor Dominico. —Estoy encantado de poder conocerlo personalmente, su alteza. Es un honor hacer sus atuendos. —Sí, ya, muéstrame que ha traído. El hombre aclara su garganta y abre un enorme equipaje de madera. —Estos son mis últimos diseños, hice un viaje para conocer las nuevas modas y esto, su alteza, son las prendas que macarán en estos tiempos. Levanta un traje muy parecido a los que uso en el castillo, no veía nada nuevo. —Aquí tenemos algunos atuendos con túnicas y jubones ajustados al torso. Mire sus bordados en hilo dorado, brocados de plata y oro. Hecho en tela de terciopelo, seda y damasco. Aquí tenemos pantalones en tejido fino… —¿Esas son capaz? —señalé hacia un manto de piel exótica. —Sí, su alteza. Una capa hecha de piel de armiño. Oh, por aquí zapatos elaborados en los mejores materiales, todos son puntiagudos, son “poulaines” —No me gustan. —¿Eh? Su alteza, estas zapatillas… —No me gustan, la punta es demasiado larga. Puedo picarle un ojo a alguien. —Pediré que las puntas sean un poco más cortas entonces… no se preocupe, su alteza. Dominico me dejó mi traje para la celebración de esta noche, no estoy tan animado, la verdad. Aun me resulta asqueroso ver esa atrocidad. Sin embargo, no podía escapar de ello. La familia real hizo presencia en la boda de un simple servidor, sigo afirmando que el Lord Francis tiene muchos beneficios por haber sido amigo de mi padre. Debería estar agradecido que no solo puede celebrar su boda aquí, sino que su vivienda estará dentro de las murallas del reino. —Su alteza, oh, es usted. —Soy Gisella, hermana de Lady Diana. —La jovencita de las flores —comenté. —Lo siento, su alteza, quise retener a mi hija, pero fue imposible. Lamento que las molestias. Una mujer mayor aparece, a juzgar por su apariencia, supongo que es la madre de Lady Diana. Le hice una reverencia a la mujer y tomé su mano, una muestra de respeto. —Oh, su alteza. La dama sonríe y se muestra apenada. Durante esa ceremonia tuve oportunidad de conocer a la familia de la joven que contraería nupcias, cabe decir que todos son diplomáticos, personas cultas y con buenos modales. Los padres de Lady Diana poseen características positivas y mucha gracia, algo que cualquier hombre desearía de su familia política. Es una lástima que se desperdicie esto en eso —pensé mirando al lord Francis que abrazaba a la bella mujer que tenía a su lado. Durante el banquete miraba a Lady Diana y parece no tener mucho apetito, pero su esposo demoraba los muslos de pavo como no comiera hace un siglo. —En poco tiempo estaremos en este mismo lugar, pero celebrando la boda de nuestro príncipe heredero —comentó mi padre. Rodé mis ojos y aparté mi mirada, si finjo no haber escuchado, no continúa con el tema. Ahora no me resulta tan agradable eso del matrimonio, de repente volvió a ser una mala idea para mí. Al final de la fiesta el lord va con mi padre y tomando a su esposa de la mano le agradece por todo. Ya se mostraba ansioso por irse, claramente porque hoy podrá… no puedo ni pensarlo, debe ser terrible ver al gordo lord Francis completamente desnudo. —Su majestad, no tengo con qué pagar todo lo que ha hecho por mí y mi esposa. Muchas gracias. Este baja su cabeza ante mi padre casi doblándose en dos, mientras que la delicada dama solo sonríe y hace una pequeña reverencia con su cabeza. Ella no parecía feliz, su mirada estaba pegada al piso, sus ojos no mostraban ese brillo que vi en la mañana, su sonrisa no era igual, era forzada. —Nos retiramos a nuestro nuevo hogar, su majestad. Gracias, muchas gracias. —Ser un hombre honesto y fiel, ha sacado sus frutos, lord Francis. La pareja se retira. Esa noche pensé en muchas cosas, no me sentía bien. Primera vez en tantos años, siento que mi habitación no es cómoda, caliente y al mismo tiempo fría, mi cama blanda y al mismo tiempo muy dura. Por unos días no supe nada del lord Francis y su esposa, no los vi por el reino, parece que desde la boda no salieron de su nuevo hogar. Que terrible, ¿es su esposa o su prisionera? Pero unos ocho días después, luego de terminar una de mis clases, la vi pasear por los jardines del castillo. No estuve seguro de si era ella, pero la fui siguiendo hasta confirmarlo. Sus pasos eran lentos, me quedaba entre los altos arbustos para no ser notado, pero de la nada escucho. —¿Hasta dónde piensa seguir, su alteza? Cerré mis ojos y negué con mi cabeza sintiendo como un tonto. No tuve más alternativa, así que salí de donde me escondía. —Lady Diana… Ella me sonríe y sentí que mi corazón se aceleró. —Suelo ser bueno ocultándome de las personas, pero parece que esta vez no me funcionó. Puedo saber ¿Qué me ha delatado? Ella sonríe de nuevo y da un paso más cerca de mí, noté que lleva una pequeña flor de color amarillo en sus manos. —Su aroma. No vi venir esa respuesta. —¿Cuál aroma? Ella da otro paso más cerca se inclina ligeramente e inhala. —Lirios, quizás con toques de canela, quizás algún aceite esencial… —ella me mira directo a los ojos—. Lo he percibido las veces que nos hemos encontrado, su alteza. Cada que percibo ese aroma, lo asocio con usted. Llevé mi mano a mi nariz y con disimulo la olfateé. —A mi madre le gusta preparar perfumes, creo que por eso se me hace fácil detectar los aromas. —Vaya, eso es… es increíble. La mujer me mira seriamente, pero de repente se ríe. —Es broma, lo vi salir del castillo, llevo escuchando el sonido de las hebillas de sus botas, por todo el camino. Por unos segundos me sentí aún más tonto, miré mis botas y reí con ella. Era increíble, no solo tenía un rostro precioso, sino que también, un buen sentido del humor. Aquel primer contacto con ella, sería algo “casual” algo que quizás no se repetiría, al menos sin la presencia de su esposo, pero no, los encuentros “casuales” se irían repitiendo cada vez más.
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