Habían pasado casi tres días desde la llegada de Ada. Para las sesiones de entrenamiento se habían trasladado a una cueva secundaria, más grande y apartada, en el borde del territorio Summer. Era un lugar que Ada conocía bien: paredes de piedra húmeda, un pequeño manantial que goteaba en una esquina, y una luz natural que entraba por una grieta alta en el techo. Chad las acompañaba, sentado en una roca cerca de la entrada, brazos cruzados y expresión neutra. Savage había tenido que irse temprano por órdenes de Viktor: patrullas en la frontera norte, algo sobre posibles movimientos amenazantes. Chad era su reemplazo, silencioso y vigilante. Ada caminaba despacio alrededor de Aya, que estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas. —Los detonadores siempre son emocionales —explicó Ada

