Aya caminó de regreso a la cabaña bajo la luz crepuscular del atardecer, el sendero de tierra crujiendo bajo sus pies. Los días de entrenamiento con Ada habían sido intensos, agotadores, pero productivos. Aprendía a reconocer los "detonadores emocionales" que activaban su poder: el miedo la hacía saltar distancias cortas, el deseo parecía anclarla a lugares —o personas— específicas. Chad la había acompañado de vuelta, silencioso como siempre, pero se detuvo en el borde del claro. —Aquí estás segura —dijo él, voz grave—. Savage ya debe estar dentro. Aya asintió, agradeciéndole con una sonrisa tensa. Entró en la cabaña, el aroma a madera y algo cocinándose golpeándola de inmediato. Savage estaba en la cocina, removiendo una olla grande. Vestía una camiseta negra ajustada que marcaba sus mú

