Aya se despertó con un sobresalto, pero no del todo. El mundo se sentía borroso, como si estuviera mirando a través de un vidrio empañado. Estaba en la misma cabaña, pero no exactamente. La luz era diferente: más tenue, más fría, con un matiz azulado que se filtraba por las rendijas de unas cortinas raídas. Todo parecía antiguo, como si perteneciera a siglos atrás. El aire olía a enfermedad, a sudor rancio y a hierbas quemadas que no habían servido de nada. Ella no estaba en la cama. Estaba de pie junto a ella, como una espectadora invisible. Su propio cuerpo —el que dormía en la realidad— no se movía, pero en este sueño sí. Estaba embarazada. Su vientre era grande, redondo, tenso bajo una camisa vieja que le quedaba ajustada. Podía sentir el peso del bebé, el movimiento sutil dentro de e

