Capítulo 16: Rescate en la Oscuridad

1192 Palabras
Capítulo 16: Rescate en la Oscuridad Caminé por las calles aquella noche, mi mente aún enredada en el asco y la rabia que sentía después de lo ocurrido en el bar. Sabía que había caído en la trampa de Melissa, pero más allá de la humillación, lo que más me dolía era la impotencia de no poder hacer nada. Mi deseo de avanzar profesionalmente, de ganar dinero para darle una vida mejor a Martín, me había llevado a ese lugar, pero no de esa manera. Jamás había esperado que las negociaciones tomarían un giro tan oscuro y degradante. Sabía que no podía rendirme. No iba a ganar dinero cediendo a las maquinaciones de Melissa y sus “directivos”. No podía aceptar lo que había sucedido. No esa noche. Sin embargo, también sabía que no podía simplemente marcharme sin más. Estaba atrapada en un juego que no controlaba, y en ese momento, la desesperación me invadió. De alguna manera, terminé regresando al bar. Tal vez, en el fondo, esperaba que esta vez fuera diferente. Quizá, con un poco de suerte, encontraría una salida, alguna forma de redimir lo que había empezado y no dejar que el plan de Melissa destruyera mi oportunidad. El bar estaba igual de oscuro y sombrío que antes. Sentía que todo me miraba con una mezcla de amenaza y desdén. Aún así, caminé hacia la barra, sintiendo el peso de cada paso. Necesitaba un plan, algo que me permitiera salir de esa situación, y lo único que se me ocurrió en ese momento fue la idea de trabajar allí. Al menos de esa forma, podría pasar desapercibida un tiempo. Era un riesgo, pero en ese momento, no veía otra opción. —¿Camarera? —pregunté en voz baja a uno de los hombres que estaban detrás de la barra, mi voz temblorosa pero decidida—. Estoy buscando trabajo. Podría ayudar aquí esta noche. El hombre detrás de la barra me miró con una expresión extraña, una mezcla de curiosidad y sorpresa. No preguntó nada más. Simplemente asintió y me señaló un delantal colgado en la pared. —Póntelo. Hay mucho que hacer. La noche avanzó lentamente. Me movía entre las mesas, sirviendo bebidas a hombres que me miraban como si no fuera más que parte del mobiliario. Intentaba ignorar las miradas lascivas, los comentarios susurrados, pero cada segundo en ese lugar era una tortura. No dejaba de preguntarme cómo había terminado así, y más importante aún, cómo iba a salir de allí. Apenas había pasado una hora cuando vi algo que me hizo congelarme en mi lugar. Melissa estaba de regreso. Sentada en una mesa al fondo del bar, observaba la escena con la misma sonrisa de satisfacción que había tenido antes. Y, como la primera vez, los dos hombres que la acompañaban seguían allí, mirándome desde la distancia. Sabía lo que eso significaba. No iba a permitirme escapar tan fácilmente. Sentí mi corazón latir con fuerza. Quería marcharme de inmediato, pero no podía. No ahora. Si lo hacía, ellos ganarían. Melissa se llevaría la satisfacción de haberme humillado nuevamente. Y yo, una vez más, me quedaría sin nada. El tiempo avanzaba de manera sofocante, y pronto me di cuenta de que no iba a poder seguir ignorando la situación. Los hombres de Melissa se levantaron y comenzaron a moverse en mi dirección. Todo mi cuerpo se tensó. Sabía lo que venía, y no había forma de evitarlo. Antes de que pudiera reaccionar, uno de ellos me acorraló contra la pared. Su aliento apestaba a alcohol, y la sonrisa en su rostro me revolvió el estómago. —¿Qué te parece si continuamos lo que empezamos antes? —susurró, su voz goteando de insinuación. Los otros hombres se acercaron también, rodeándome. Mi cuerpo entero temblaba de miedo, pero no podía dejar que lo notaran. Sabía que si mostraba debilidad, estarían sobre mí en cuestión de segundos. Intenté zafarme, pero el hombre me sujetó del brazo, sus dedos clavándose en mi piel con fuerza. Estaba atrapada, sin forma de escapar, y la desesperación comenzó a apoderarse de mí. —Déjame ir —dije, mi voz quebrándose por la tensión—. Esto no es parte de la negociación. Pero los hombres solo rieron, y Melissa, desde la distancia, observaba con esa sonrisa malvada. Todo parecía estar en su control. La sensación de impotencia me llenó, y supe que había caído completamente en su trampa. Justo cuando pensaba que no había salida, algo sucedió. La puerta del bar se abrió de golpe, y allí, parado en el umbral, estaba Alexander. No supe cómo me encontró ni cómo sabía lo que estaba ocurriendo, pero su sola presencia cambió el ambiente en el bar de inmediato. Su rostro estaba oscuro, y la frialdad en su mirada hacía que todo a su alrededor pareciera congelarse. Los hombres que me rodeaban se detuvieron, sorprendidos por su entrada. Pero antes de que pudieran reaccionar, Alexander se abalanzó sobre ellos. El primer golpe fue rápido y brutal. Uno de los hombres cayó al suelo antes de poder siquiera levantar las manos para defenderse. El segundo intentó atacarlo, pero Alexander lo abatió con una fuerza que me dejó sin aliento. El tercero, que aún me sujetaba, retrocedió, su rostro pálido de miedo. —Fuera de aquí —ordenó Alexander, su voz baja y cargada de amenaza. Los hombres huyeron, sin dudar ni un segundo. Sabían que no podían enfrentarse a él. Luego, algo que no esperaba sucedió. Alexander se volvió hacia mí, su expresión endurecida, y antes de que pudiera decir algo, me abofeteó ligeramente, lo suficiente para que el impacto fuera un shock, pero no doloroso. —¿Qué demonios estabas haciendo aquí? —preguntó con furia en su voz—. ¿Qué te hizo pensar que era una buena idea? El aire en mis pulmones parecía haberse esfumado. La confusión y la humillación me envolvieron de inmediato, pero antes de poder responder, Alexander me tomó del brazo y me sacó del bar, sin darle a nadie la oportunidad de detenernos. El frío de la noche nos golpeó al salir, pero Alexander no se detuvo. Me llevó hasta su coche, donde finalmente se giró hacia mí, su respiración agitada, pero su mirada llena de preocupación, aunque disfrazada de enojo. —¿Por qué estabas ahí, Emma? —preguntó, su voz aún cargada de tensión, pero esta vez más suave. —No tenía opción —respondí, con la voz rota—. Estaba intentando salvar el trato. Alexander me observó por un largo momento, como si tratara de entender lo que acababa de escuchar. Luego, sin decir nada más, me guió hacia el coche y me hizo subir. El viaje de vuelta fue en completo silencio. Pero algo en su gesto, en la forma en que me había defendido y luego reprendido, me hizo sentir una mezcla extraña de alivio y confusión. Sabía que había cometido un error al seguir el juego de Melissa, pero también supe que, a pesar de todo, Alexander no iba a dejar que me hundiera. Por primera vez, sentí que, tal vez, no estaba tan sola como había pensado.
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