Los primeros bosquejos del plan (Parte 2)

2033 Palabras
             - Todo lo que has dicho es real. Es una verdad más grande que una casa.              Ahora era ella la que interrumpía, tomándose la boca con sus dos manos en señal de haber oído algo estremecedor.              - ¡Esa era la frase constante de tu abuela!: “Es una verdad más grande que una casa”. La escuché toda mi vida y la uso hasta ahora. Evidentemente la he seguido usando y ha calado hondo en tu lenguaje.               Era prácticamente imposible no caer en esas reflexiones. Y era lógico: no se trataba de una charla normal entre madre e hijo. Todo era una mezcla de sensaciones y de sentimientos, de paradojas y de confusiones, de reseñas, de recuerdos agrios y dulces y de situaciones aun no vividas que mi madre ya estaba paladeando de antemano. No era algo normal, es más, rayaba lo incongruente, lo irracional y lo incoherente, lo absurdo y lo inconexo. Pero luego de cada apartado era yo el que debía rearmar los pedazos que de pronto estallaban por el espacio y volver a foja cero para continuar con lo previamente establecido.             - Nada tiene porque cambiar. Es solamente una virada de timón. Es apartarte de lo que te está haciendo mal y va a continuar haciéndolo, mamá. Yo, mejor que nadie en este mundo, sé lo que te espera ¿Alguna vez cruzó por tu cabeza esta idea demencial de que alguien – en este caso yo – iba a aparecerse frente a vos a decirte lo que tiene reservada la vida para tu destino?             Ella lo negaba con sus ojos inundados de lágrimas.             - Creo que nadie, desde los comienzos de esta vida, ha tenido la fortuna que nosotros estamos teniendo en este instante. Ni al más ferviente de los creyentes, ni al más apasionado de los seguidores de un Dios que aun no sabemos con total exactitud si bulle entre nosotros; ni al más vehemente, ni a aquel que haya entregado hasta su alma, le debe haber ocurrido algo semejante. Yo conozco todo lo que vas a atravesar, lo sé; lo sé con exactitud y no te voy a mentir en nada absolutamente, pero quiero que me creas cada una de las palabras, cada una de mis afirmaciones, porque lo único que deseo, mamá, es que tengas una vida próspera y dicha, que te sientas orgullosa de vos misma, y que hagas tu camino lo más cercano a tus deseos. Tal vez en la elección de tu nuevo rumbo encuentres piedras de todo calibre. Eso será una cuestión a trabajar por vos misma a partir del momento en que lo emprendas. Insisto, nada tiene porque cambiar, no va a suceder, sólo debes apartarte de este hombre que lo único que va a lograr es traer calamidades a tu vida. Pasé la mayor parte de la mía viendo tus sufrimientos sin poder hacer nada. Aun recuerdo las palizas a las que te sometía cuando nosotros éramos muy niños entonces; los desplantes, las burlas constantes, los castigos síquicos. Pasaste por muchos sinsabores en tu vida, mamá, tragos duros que no cualquier mujer estaría dispuesta a sobrellevar. Por eso estoy aquí, porque verte sufrir a lo largo de mi existencia ha sido la peor pesadilla que un hijo pueda tener. Y yo la tuve. Por eso, algo o alguien, me depositó en este tiempo, a tres meses de mi nacimiento, para guiarte por el camino que te va a llevar a ser una mujer de veras, una persona de bien viviendo como corresponde vivir, y no hacinada al lado de un ser que en vez de destruirse él mismo, su inhabilidad y su cobardía, lo lleva a destruir a los demás.            Extrañamente se calmó. Respiró profundo y trató de situarse de nuevo. Su mirada continuaba firme apuntando a mis ojos. Yo podía oler la pregunta dando vueltas en su mente, pero no me animaba a presionarla. Quería que ella sola se atreviera porque de esa manera se iba a ir soltando para los próximos cuestionamientos. Finalmente lo dijo.             - ¿Por dónde empezamos? ¿Qué debo hacer? ¿Contás con algún plan trazado, o vamos a ir improvisando sobre la marcha?                   Olga Adelma González, tal era el nombre de mi madre, no había nacido para dirigir ciertas cuestiones en su vida ni en la vida en general. Algunos estamos predestinados a encuadrarnos en segmentos específicos, otros han sido diseñados para nacer, crecer y morir y otros tantos han venido a estos lados a moverse con una solvencia digna de los grandes, quedando su nombre marcado a fuego en lo más sagrado de la historia.              Ella no lo sabía, pero la marca indeleble que dejó para muchos – aunque los libros de historia jamás se hagan eco de sus logros – permanecerá en el tiempo y en la memoria de aquellos que aprendieron al lado de ella, casi asegurando, como una consigna, que esas marcas lacradas, se traspasarán de generación en generación por mucho tiempo.               Pero en el campo de ciertas resoluciones – como las que debíamos tomar a partir de este momento, sentados frente a frente, con respecto a los nuevos hilos conductores de su vida -, mamá perdía toda capacidad. Se transformaba en un cero a la izquierda; perdía todo contacto con ella misma y con el resto; su cabeza parecía entrar en un tubo de congelamiento eterno, y hasta era peligroso ponerla como señuelo, porque sin duda alguna, podía destripar situaciones de una importancia suprema.             Yo, seguramente, había venido a este mundo para estar encuadrado en otras aristas, y tenerme que cargar al hombro semejante responsabilidad – sabiendo que con ella poco podía contar -, era un peso difícil de paladear. Pero no tenía más chances. Los otros caminos me conducirían a estropearlo todo, y no podía permitirme ese lujo cuando la vieja pero sabia frase, “El tren pasa sólo una vez”, se había apostado frente a mí como un desafío a superar.             Esto, no era un desafío como una especie de juego. No: esto era peligrosamente serio. No se trataba de armar los bártulos y buscar nuevos horizontes: esto era retar las leyes vigentes de la vida, oponerse a lo previamente establecido y contradecir los puntos armados y respetados a rajatabla que regían desde los principios de los tiempos. Acaso, ¿existe algo más azaroso y comprometedor que jugarle con fuego a los designios de la vida? ¿Quién lo ha hecho? ¿Quién lo hizo alguna vez? Yo estaba seguro de que era el primero, pero ese privilegio, si bien lo iba a agradecer por el resto de lo que me quedaba, también iba a dosificarlo para que no me terminara metiendo en sus fauces. Era una batalla, y una batalla despareja, porque debíamos pelear contra un poderío provisto de un arsenal implacable, con sólo algunas armas de bajísimo calibre, pero en un punto esperanzadoras.            - Debemos ir poco a poco, le respondí. Y proseguí: “No va a ser fácil, mamá. Antes de comenzar a trazar cualquier plan debemos estar confiados de tu seguridad. Esa es la condición número uno para meternos en este baile. Si vos, mamita, no vas a estar al ciento por ciento firme en esta decisión, nada de lo que hagamos va a tener sentido, y todo habrá sido como echar algo en una gran bolsa sin fondo”.              Me dediqué a esperar con ansias una respuesta positiva. Ella no quitaba su cautivadora mirada de la mía, que intentaba no mostrarle la ansiedad que me comía. Un suspiro profuso le hizo declinar los hombros y ablandar su cuerpo tenso. Finalmente dio señales.               - Estoy dispuesta, Gustavo. Hoy por hoy reniego a diario de la vida que llevo, y si me espera un futuro n***o, prefiero hacerlo para merecer algo mejor. Luego, todo volverá a estar bajo mi responsabilidad, pero ya voy a tener esta lección bien aprendida para sufrir lo menos posible.               La emoción descontracturó mi cuerpo ahora. Detrás de la terrible ansiedad me sentía duro como un hierro, pero sus palabras no sólo le devolvieron la vida a mi cerebro y a mi alma, sino que me hicieron arrodillarme frente a ella a llorar juntos los avances de esta determinación.               Yo sentía mucho más temor que ella, porque era yo justamente el que venía a desarmar la paz entre comillas y el designio de su destino. Hasta hacía unas horas mamá seguía su ritmo como lo había traído hasta el momento en que yo golpeé la aceitosa puerta de entrada, y a partir de ese instante, sin quererlo y sin malicia alguna, sólo con la mejor intención, clavé mi espada, y su cabeza se transformó en un remolino, y aquellos pocos planes, aquellos escasos proyectos y aquellas imágenes que ella pudo haber traído con respecto a su futuro, se desmoronaron para siempre.              La notaba dispuesta, es decir, veía que esa disposición era en porcentajes, mucho más elevada que su retraimiento. Sin duda alguna ya estaba empezando a acariciar las mieles de la infelicidad, como un cáncer mortal. La desdicha, la incomodidad, el dolor, los primeros desplantes, las agresiones y la gran mayoría de los elementos que terminan conformando la falta de felicidad, estaban mostrando los primeros filos de sus pezuñas ponzoñosas. Y ella no lo sabía, ni si quiera haciendo un esfuerzo colosal podía maquinarlo en su mente, pero el resto de su historia, hasta su muerte en los albores de dos mil doce, resultaría ser la mitad del infierno. Papá no le daría vida: mentiras, embustes, engaños, golpes, infidelidades, hambres, desabrigo y una lista interminable de vejámenes, serían la comida diaria de mi pobre vieja y la nuestra por extensión.               - Muy bien, mamá. Sabiendo esto, lo que viene, es un poco más sencillo. Yo no puedo quedarme aquí, ¿qué le diríamos a papá?               Ella hizo un gesto de aprobación hacia mis dichos, pero al mismo tiempo, noté un cierto dolor en su alma, dolor que se transformó en una pregunta.               - ¿Y qué vas a hacer? ¿A dónde te irías? ¿En dónde vas a dormir?               ¡Pobre mi madre! Y era extraño y hermoso a la vez. Yo estaba dentro de su vientre, a tres meses de asomarme a este mundo, y al mismo tiempo estaba sentado frente a ella con veintidós años más, con una edad más parecida a la de un padre que a la de un hijo, y ella preocupada por mi bienestar, sintiendo por mí ese amor que poco a poco iba forjando en su corazón hacia ese bebé dentro de su cuerpo.               - No lo sé, mami. Buscaré por aquí cerca algún hospedaje en dónde no me soliciten demasiados datos, ni documentación. No tengo nada encima mío como para poder alquilar un lugar.               Su lamparita se encendió de pronto.               - Hijo, aquí a la vuelta, sobre Artigas, antes de llegar a Perú, vive una señora con la que me encuentro a diario en el almacén: Doña Pura. Ella tiene seis habitaciones en su casa y, si la memoria no me falla, ayer me comentó que uno de los estudiantes que se hospedaba allí, se fue definitivamente por problemas personales. Ahora hijo, ¿de dónde vas a sacar dinero?               La inquietud me desparramó por el piso de la cocina. Fue un detalle que no tuve en cuenta, y en mi mudez, quedó confirmado. No tuve respuestas. No sabía de dónde sacarlas. De repente sentí que el mundo me aplastaba los pulmones y que todo había caído en el mismo vacío sideral. Y no darle respuestas era para mí el espanto del fracaso. Haberle volcado lo más penoso de su futuro y ahora no hallar una respuesta a algo que aparecía como tan simple, ¿cómo iba a dejarla con ese tormento de por vida? Quería desaparecer de la faz de la tierra, pero ¿cómo podía ser tan cruel y desalmado de dejarla atorada en la historia con semejante peso a cuesta? Mamá pareció darse cuenta de mi desmoronamiento y rápidamente se levantó de su silla.- Dame un segundo, hijo.                                                                        Corrió hacia donde hablamos por primera vez. Yo me quedé esperando dentro de un misterio grande mientras intentaba buscar una salida para todo este laberinto.
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