Los primeros bosquejos del plan (Parte1)

2049 Palabras
            Lejos de sorprenderme, sabía a la perfección a qué se estaba refiriendo. Nuevamente lo aventó como si nada. Lo preguntó, pero no le dio dimensión a su cuestionamiento. Tenía un sabor a que ella descontaba que yo sabía a quién hacía mención. Y sí, yo lo sabía perfectamente: Juancito Arellano, su primer novio, el que dos veces por semana – los miércoles y los domingos por la tarde – visitaba a mamá en su casa de la calle Belgrano con el corazón henchido de amor y de romanticismo, vestido con su pantalón pinzado color gris perla, sus zapatos recién lustrados, negros y puntudos, y el regalo sorpresa envuelto en un brilloso papel, su peinado anticuado para la época y toneladas de palabras hermosas con las que mamá soñaba por las noches. Y así, cada día, cada miércoles y cada domingo por la tarde, durante tres años, sentados en la puerta de la casa de mamá, bajo la estricta vigilancia de mi tía Nuna. Y ella fue, en parte, la promulgadora del resto de la historia de mi madre. Nuna odiaba a Juancito: él era un muchacho humilde, de familia trabajadora pero pobre, sin demasiados recursos y sin un título colgado en el cuello. La familia de mamá tal vez era muy similar a la de Juancito, pero Nuna – dentro de su cabeza enferma de deseos de poder y de dinero -, le vendía al mundo entero un perfil de familia acaudalada, y de hecho, esa era la imagen que dejaba clavada en las retinas de Cirilo González y de su primo Alejo Moreno, mi abuelo paterno, cuando llegaba desde Cruz del Eje a Córdoba a hacer diligencias o a tratar temas con algunos abogados. Ella se alojaba en lo de Cirilo que, a la vez, era primo hermano de mi abuelo Obeto, el padre de mamá, y desde ese lugar– en los cuatro o cinco días que duraba su estadía – partía para realizar los trámites que había venido a efectuar. De ahí se desprendía perfectamente el “interés” de mi padre hacia mamá, interés que, de alguna manera, fue inyectado por Nuna al ser embaucada por mi abuelo y por mi padre a cerca de su inexistente posición económica. Mixtura de fantasías. Un cóctel explosivo y mortal entre el delirio de riqueza de Nuna y la venta inexacta de una estirpe inválida de mi padre, que sólo trajo calamidades e infelicidades, infortunios y catástrofes que mi madre estaba empezando a paladear desde muy temprano, sentada frente a mí.             Pero el eterno amor de Juancito Arellano por mamá fue un calvario más que un placer para su vida. Los ojos de mi madre parecían perderse detrás del tormentoso llanto al escuchar de que a finales de los noventa el destino - mete púa - los volvió a juntar, cuando caminando por las calles de Alta Córdoba, se divisaron de vereda a vereda y se reconocieron de inmediato. El amor incondicional de ese hombre seguía tan intacto como cuarenta años atrás, con el mismo ímpetu que en el último tramo de la década del cincuenta. Juancito aun tenía su corazón inflado de pasión y de amor. Contrajo matrimonio con Rosa Leguizamón porque no quería quedarse solo en la vida matándose lentamente con aquella determinación de alejarse de mamá gracias a las decisiones de la mandataria de la casa de la calle Belgrano: mi tía Nuna. Ella movió cielo y tierra para desarticular esa relación bañada por el amor puro, la inocencia y la humildad. Y lo logró. Nadie tenía derecho en el entorno de los González más que ella para tomar el toro por las astas y hacer y deshacer a su antojo. Y desde su óptica distorsionada algo de razón tenía. Claro, había que desechar rápidamente al insecto pobre y sin título pegado en la frente, para desenrollar la alfombra roja a los pies de Don Ramón Alberto Moreno y la venta de su linaje irreal.              Juancito probó suerte una vez más, cuarenta años después. Estuvo dispuesto a dejarlo todo, a Rosa Leguizamón y a sus tres hijas ya mayores, pero la devoción enferma de mamá hacia un hombre manipulador y destructivo, que se dedicó a controlar hasta las decisiones de una mujer secuestrada por el miedo y el terror, pudieron más que la posibilidad de reintentar una vieja y fidedigna pasión. Para ella era preferible caer abatida bajo el arsenal de destrucción de mi padre y dejar morir su verdadera felicidad. Ella se desmoronaba ante cada palabra vertida por mi boca. Pero era necesario. Era parte del camino que yo debía mostrarle para convencerla de que su destino al lado de mi padre terminaría siendo lo que yo experimenté a lo largo de mis cuarenta y ocho años. Yo lo sabía, lo había vivido. Ella, no. Lo viviría de aquí en adelante.             Por un breve instante tuve la vaga idea de que haber caído como un pájaro herido tres meses antes de mi nacimiento, para hacer concreto mi sueño de toda la vida de intentar desviar el sendero n***o que mi madre caminaría hasta el cierre definitivo de sus ojos, fue una cruel tortura más que un bálsamo, tanto para ella como para mí. Y si bien muchas de mis confesiones, no sólo le resultaban increíbles y hasta le terminaban provocando una alegría indescriptible, la gran mayoría le trepidaba el alma y le marchitaba seriamente el corazón. Y había cierta lógica en todo este despliegue de dolor. Pero yo debía rearmarme constantemente. No podía dejar que sus penas profundas me invadieran de tal forma que me hicieran declinar en la búsqueda de mi objetivo final. Debía continuar contra viento y marea, bajar la cabeza y mirar hacia adelante. Era mi oportunidad de hacer historia con un deseo ferviente que vivió en mí desde que tuve acceso a sentir y a experimentar lo más básico de la vida. Y era su oportunidad también, la de comenzar de nuevo, la de forjarse una existencia mejor, la de encontrar un hombre verdadero que valorara todo lo que vivía en ella, la de cruzarse con familiares decentes y honestos, a los cuales ella quisiera, la de florearse con su amor a donde quiera que vaya; la chance de saber que sus hijos podrían vivir con el alma limpia y sin infiernos; la oportunidad de ser ella misma y no un arquetipo de un monstruo deliberado y desalmado. Logros y más logros que vendrían como un soplo de aire fresco, como una ventisca aromatizada de verdades y ondas coloridas, y dejar atrás el infierno gélido, el ocaso desbaratador, los golpes emocionales, los miedos y las tristezas, las presiones, los eternos sinsabores, las largas e interminables noches de lágrimas encajadas en la piel como la baba seca de un caracol, los mudos pedidos de socorro y las ausencias de esos pedidos, y el silencio, como un desgarro posterior.             La pava abollada de color metalizado hizo un pequeño silbido que brotó por la punta de su pico cerrado. Ese aroma a café real hizo un contacto casi s****l con el aroma que descansaba en los pliegues de mi memoria. Ambos perfumes se unieron en una concordancia perfecta y precisa. Eran iguales. Eran los mismos. Mamá, con sus fuerzas debilitadas por el hastío del llanto, sirvió dos pocillos, y una vez más, esos ojos negros hermosos y rasgados, en conjunción con su sonrisa franca y fresca puesta en aquel bello rostro de invierno, encastrado en una anatomía joven y sensual, se posaron frente a mí incrédulos aún de tenerme a escasos centímetros con una edad parecida a la de su padre, a mi abuelo Obeto. Al mismo tiempo ella rozaba de manera inconsciente su vientre, en donde yo descansaba sereno y ansioso de ver las verdaderas luces de la vida.              -¿Por qué está sucediendo todo esto, hijo mío?              Fue un pensamiento hablado con un fuerte aroma a pregunta. Tal vez no quería que justamente yo se lo respondiera: necesitaba que cualquiera en esta vida lo hiciera. Pero me lo dijo mirando directo a los ojos, y me vi en la obligación de responderle.               - Será que sos una elegida, mamita mía. Las personas como vos deben ser recompensadas y quizás esta sea la retribución. Mirá mamá, tal vez ni si quiera yo esté existiendo en este momento. Tal vez sea un fuerte deseo tuyo tan parecido al mío, que Dios o vaya a saber quién, te está haciendo cumplir. Tal vez no sea yo quien esté aquí. Quizás sea tu propio deseo, quizás yo sea tu imaginación. Será que tus ganas de tener una vida mejor han despertado en nuestro creador una alarma y él te esté imprimiendo todo esto que suena a demencia. O tal vez yo estoy aquí, junto a vos. Yo creo que no lo vamos a poder descifrar jamás, pero como sea, aprovechalo, yo te voy a ayudar y juntos vamos a hacer que tu vida sea lo más aproximada a lo que has soñado siempre.             Me tomó las manos entre las suyas que parecían estar bañadas de un sudor atípico. Podía sentir un leve temblor que se originaba en el interior de su carne y que ella no podía controlar. Su expresión desbordaba confusión y muchas dudas. No sabía camuflarlo, nunca supo. Mamá pecaba por su sinceridad en demasía, por su honradez profusa, por esa honestidad al borde de lo insensato y de lo ridículo, por esa ingenuidad casi infantil, inocencia que fue prácticamente su columna vertebral, el pilar de sus decisiones y hasta el hazmerreír de los embaucadores.             Yo notaba la guerra desatada en su interior. Y sabía de lo que se trataba, pero ella no se percataba en ese momento que yo ya había convivido con ella durante cuarenta y cinco años y que, salvo su madre, no había persona en este planeta que la conociera como yo. Y no sólo que la conocía, sino, que ya sabía todo lo que iba a vivir e iba a experimentar durante los próximos años como persona individual, como esposa, como madre, como amiga y compañera. Sabía cada paso que iba a dar; sabía en dónde iba a tropezar; sabía a dónde se iba a caer; conocía los rincones de sus cuitas y sabía sus penas y alegrías, sus verdades y sus rasgos ocultos. Y sabía, en ese preciso instante, con mis manos encastradas en las de ella, que una marea de preguntas – con total lógica – me caería encima. Y así fue.             - Gustavo, esto no se trata de tomar una determinación que calme por un tiempo alguna cuestión.            Sabía por dónde venía. Lo olfateaba. Ella prosiguió.            - Esto es demasiado profundo y peligrosamente definitorio. Esto se trata de la continuidad de mi vida. Y de la tuya y de tu hermana. Esto se trata de mi felicidad, de mi porvenir. Esto se trata de mi destino. Mi vida está en juego, mis sueños, mis esperanzas, mi historia ¿Y si no resulta, hijo? ¿Y si nos equivocamos, y detrás de ese error, no puedo verte más y a tu hermana tampoco? Esto no es sólo barajar y dar de nuevo. Yo sé que mi familia será siempre mi familia, con tu padre o sin él; mis amigos siempre estarán a mi lado, con tu padre o sin él. Yo sé que puedo dejarlo todo e irme a Cruz del Eje y que mi familia va a recibirnos con los brazos abiertos. Tu abuela odia a tu padre y yo no supe o no quise escucharla; mis hermanos, todo mi entorno aborrece a Ramón, eso es una realidad, pero ¿no es éste el camino que a mí me tocó transitar? ¿No fui yo quien eligió vivir de esta manera? Sí, está bien, puedo modificarlo. Nada ni nadie me obliga a continuar con esta vida miserable que hasta ahora estoy teniendo Interrumpí.             - ¡Mamá! Ella se detuvo como si le hubiera impartido una orden . Y continué: “Y no tenés ni la más mínima idea de lo que te espera”. Mis palabras sonaron a un hachazo en el medio de su frente. Quedó muda, sin palabras, con la expresión de quien recibió el filo de una espada en el centro de su columna. Debía regresarla a la vida.            .
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