Darte más detalles sería una pérdida de tiempo y, al final, caeríamos siempre en la misma telaraña, por eso, es que necesito que me digas, que me cuentes con la mayor puntualización posible, cómo va a ser mi destino de aquí en más, qué va a ser de mi vida, ¿seré feliz definitivamente?, ¿cambiará este hombre?, ¿tiene otra mujer que lo hace más feliz que yo? Por favor hijo, estoy abierta y dispuesta a oír lo que tengas para decirme.
Sonaba desesperada. Y desesperanzada. Por un segundo tuve esa vaga certeza de que se había olvidado con quién estaba hablando. Aparentaba haberse corrido de toda esta historia sin sentido evidente en donde el hijo que llevaba en su vientre y que estaba a tres meses de nacer, lo tenía en frente de sus ojos veintidós años mayor que ella. Su dolor, su congoja y el asomo tímido de lo que a la postre sería su infelicidad, tenían un peso mayor que la insania de mi aparición, y eso demostraba a las claras la perturbación que, para esa época, mi pobre madre ya estaba sufriendo. Ese reclamo con atisbos de ruegos consternados, pidiendo que le riegue por el lomo la verdadera cinta de lo que acontecería en su vida de aquí en adelante, no fue un peso ni una presión para mí, al contrario, era un desafío de espadas, y yo, tenía la mía con el filo demasiado nuevo y brillante metida en los bolsillos. Mi misión estaba a punto de ser puesta sobre el escenario, y debía hacer el mejor papel posible, porque de esto dependía la nueva vida de mi madre y el futuro de nuestras existencias.
El almuerzo estuvo sabroso. En el centro de la mesita la botella de Pindapoy*, con su delicioso jugo de naranjas me removió los recuerdos de mi niñez. Yo tocaba la botella con un cariño inigualable; mamá no dejaba de observarme y de acariciar mi pelo cada vez que un recuerdo me tomaba por descuido. Ella parecía darse cuenta, como si se tratara de una fuerte corazonada, que ciertas cosas me causaban una rebelión, y en consecuencia, su alma de madre y su pálpito la llevaban a acompañarme en ese instante de gloria.
Dejó todo amontonado sobre la Aurora. Juntó cada cosa con una ansiedad graciosa y la abandonó azarosamente para no perder ni un minuto, y aprovechar al máximo un tiempo que ni ella ni yo podíamos determinar.
- Te escucho, hijo.
Pasó sus manos por el delantal, se acomodó frente a mí y en su mirada un exclusivo mensaje hablaba por sí solo.
-¿Querés ir a ver a Ale primero para quedarnos tranquilos y poder hablar sin nervios?
Sin titubear, corrió su silla y me dijo que la esperara unos segundos. Desde mi posición advertí que el viejo televisor se encendía en su habitación. Salió. Entornó apenas la puerta e ingresó de nuevo a la cocina.
- Listo, hijo. Se quedó mirando televisión. Se vuelve loca con ese aparato, pero en este caso es lo mejor que nos puede suceder. Cualquier cosa, va a pegar el grito, yo la conozco.
Palmeó mis puños que tenía puestos sobre la mesita a modo de empellón para que comenzara mi relato, y adoptó una postura algo relajada, como si hubiese tomado dos años de inspiración para que le sirviera de bastón, sostenerse y soportar la pedrea.
- Mamá, venir hasta este tiempo no fue una decisión de un momento: fue un sueño cumplido con el que cargué la mayor parte de mi vida, un deseo que sólo habitaba en mi mente y en mi alma, en mi corazón y en mis noches de insomnio. No sé por qué, cómo se dio ni cómo se hizo realidad. Todavía, al igual que vos hace un instante, no puedo descifrar si esto es verídico, o es un sueño, o una pesadilla, o estoy muerto . . . No lo sé. Pero a medida que el tiempo va transcurriendo me voy convenciendo de que es una de las realidades más extraordinarias que pudo haberme sucedido en la vida, y por desprendimiento, una de las verdades más absurdas y hermosas que a vos te pudieron haber pasado en la tuya. Todo se está dando para descartar, de una buena vez por todas, la idea de un sueño o de algo semejante. Como sea, como se haya dado, como se haya presentado y quién me haya depositado en este tiempo para hacer corpóreo mi sueño, aquí estoy mamá, frente a vos, casi como si estuviera frente a mi hija que allá, en mi época, tiene veintitrés años. Pero sos vos mamá, con la misma carita con la que salís en las fotos que aun tengo guardadas en mis álbumes.
Con una de sus manos cubría el llanto que le brotaba a borbotones por la boca mientras agitaba su cabeza como en un tono de incredulidad; con la otra, parecía destrozarme los nudillos, debido a la fuerza poderosa con la que los presionaba. Y recién empezaba.
- Mi deseo primario, ese con el que conviví muchos años, era poder regresar en el tiempo y evitar que tu vida se cruzara con la de papá, buscar el lugar y el tiempo exacto previo al conocimiento, hallarte, y hablarte de la forma en que lo estoy haciendo en este instante. Pero Paula, mi hija, tu nieta (las lágrimas de mamá eran cada vez peores), una noche, haciendo nuestra clásica sobremesa, me despertó de ese ensueño y me hizo barajar y dar de nuevo. El deseo mío de hallarte para que tu destino no se entreverare con el de papá, hubiera causado la disolución de tu vínculo con él y, por ende, la inexistencia de nuestros nacimientos, es decir, el de Ale y el mío dentro de tres meses. Entonces, mi fantasía – si bien siguió su curso normalmente – tuvo un pequeño desvío en su trayectoria y lo mejor era cruzarme en tu vida en este preciso instante, tres meses previos a mi nacimiento para podernos preparar y para que, tanto mi hermana como yo, pudiéramos seguir en esta vida.
Debería buscar las palabras perfectas para no causarte tanto pesar, pero tardaría una enormidad y, en definitiva, lo entenderías igual, e igualmente lo sufrirías. Tampoco sería acertado darte detalles de cuarenta y ocho años porque sería un verdadero despropósito, pero sí voy a hacer hincapié en los rasgos más sobresalientes de toda tu vida, y si sobre la marcha puedo hilar fino, no dudes porque lo vas a saber todo.
Mamá parecía estar un poco más apaciguada. Su pecho había vuelto a adquirir su ritmo natural y sólo el color rojizo en sus ojos, todavía hinchados por el momento, quedaba como resabio de la tormenta. No emitía palabra, sólo escuchaba. Y atendía.
- Papá no va a cambiar nunca, al contrario, cada mes, cada año y cada década va a estar peor. Es la carga que debe transportar a lo largo de su vida.
Con brusquedad ella me detuvo.
- Hijo, decime la verdad, ¿él está bien?
Entendí el propósito de su pregunta, pero ya le había ocultado su muerte y sólo la verdad absoluta me daría buenos dividendos.
- No mamá, le dije esquivando su mirada -: “Papá falleció a principios de enero de dos mil trece”.
Pasó los dedos de sus manos por su pelo desde la frente hacia atrás y se detuvo a mitad de su cabeza. Como un resorte se paró y caminó en dirección de la cocina. Tomó la noticia como si en ese preciso instante hubiese sucedido, sin percatarse de que en realidad ocurriría dentro de cuarenta y seis años.
-¿Qué edad tiene, o tenía? ¿Qué le sucedió? Su comportamiento era extraviado, como si un proceso de estancamiento de memoria la hubiera asaltado de golpe.
- Estaba por cumplir setenta y dos.
Ya no me miraba. Su vista estaba perdida en el suelo o en algún punto por debajo de él. No podía mentirle. Ya, haberla engañado confirmándole que aun seguía viva en mi tiempo, era un martirio para mí. Pero no podía continuar escondiendo verdades, de lo contrario la búsqueda de mi objetivo tomaría un desvío que yo no había venido a encontrar.
- ¿Qué le ocurrió? me preguntó con un tono algo lúgubre y desacompasado.
- Ya venía muy enfermo desde hacía un par de años, y la separación definitiva entre ustedes, lo hizo caer en el abandono de su persona. Se resistió a seguir viviendo y se postró en su cama. La aparición de una diabetes crónica empeoró su cuadro y el 6 de enero de dos mil trece falleció en una clínica privada de Barrio Jardín, frente al estadio de Talleres, el club de sus amores.
Algo similar a una mueca de alegría le surcó la comisura de sus labios. Sus ojos no regresaban de ese lugar al que sólo ella había arribado. Parecía no respirar, y por momentos, una larga y profunda inspiración le daba cuerda para seguir. Lentamente su mirada fue posicionándose frente a la mía y me preguntó:
- ¿Separación? ¿Tuve agallas recién a los setenta y pico de años para tomar una determinación semejante? Me duele el alma saber que él morirá, pero ¿cuarenta y seis años más de suplicio tendré que vivir al lado de este hombre?
No encontré palabras para responder de inmediato a su pregunta. De igual modo ese cuestionamiento no fue dirigido exclusivamente hacia mí, más bien, sonó a una pregunta lanzada a los aires buscando que algo a alguien le contestara. Solamente me dediqué a observarla y a esperar su recuperación para continuar con el tendal de mi historia. Ella arremetió como impulsada por el demonio:
- ¿Juancito? ¿Acaso Juancito tiene algo que ver en todo esto?