Ana La casa quedó en silencio después de que mis primos desaparecieron entre risas y polvo. Silencio… pero no calma. Porque todavía podía sentir sus labios. Todavía podía sentir el calor de sus manos en mi cuello, en mi cintura. Ese beso no fue torpe, no fue accidental, no fue un impulso, fue un beso que yo quise. Fue lento. Seguro. Como si hubiera estado esperando el momento exacto. Terminé de curarlo en la sala mientras él me miraba con esa sonrisa imposible de ignorar. —Quédate quieto —le dije, intentando sonar firme mientras limpiaba el pequeño corte en su labio. —Si me sigues mirando así, no respondo —murmuró. Rodé los ojos, pero mis manos temblaban apenas. Mi padre entró entonces. Se quedó observándonos un segundo. No dijo nada sobre el beso. Pero lo sabía. Claro que lo

