Ana Camino de un lado a otro por la sala como si el piso fuera culpable de todo. Cruzo los brazos. Los descruzo. Me paso la mano por el cabello. Respiro. No funciona. —¿Ves, papá? —digo por tercera vez—. Esto es exactamente lo que no debía pasar. No debiste llamarlos. Mi padre, Javier, está sentado con esa calma que solo él puede tener cuando el caos ya fue provocado y no hay vuelta atrás. —Hija, deja de preocuparte —responde con tranquilidad irritante—. Si ese hombre te ama, estará bien. Lo miro incrédula. —¿Estará bien? ¿Con mis primos? —Además —continúa, ignorando mi tono—, fue muy sincero conmigo. Me dijo que está enamorado de ti y que está dispuesto a todo con tal de no perderte. Siento que el corazón me da un vuelco. —Papá… —Tenía que decírselo a tus tíos —añade—. Desd

