—Sí, ese fue un hermoso día —la voz de Enrique se volvió débil—. Tuvimos una vida maravillosa cuando éramos los tres… —Papá… —susurró Marcus. —Voy a ver a tu madre, hijo. Le diré que eres un gran hombre, aunque estoy seguro de que ella ya lo sabe y está muy orgullosa de ti —la respiración de Enrique comenzó a ralentizarse. —¿Papá? —Marcus levantó la cabeza, mirando el rostro de su padre mientras cerraba los ojos. —¡Papá, despierta! —gritó de forma desgarradora, pero su padre ya no volvió a abrirlos. Marcus acercó su rostro al de él y sintió cómo su respiración se detenía de repente. —¡Papá! —gritó desesperado. —¡No! Papá, no me dejes, por favor… no te vayas, te necesito —sus ojos estaban completamente inundados de lágrimas. Su pecho dolía de una forma insoportable, como si le atrave

