Cinco días más tarde una rutina ridículamente normal se había instalado en esa casa. Rocío trabajaba con una productividad que nunca antes había mostrado, para dejarse todo el tiempo libre posible, mientras él cocinaba, ordenaba y hasta limpiaba la casa, para luego encontrarse en algún rincón inexplorado y lo que comenzaba con besos inofensivos se convertía en un encuentro explosivo y desaforado a veces, o largas expediciones que descubrían nuevas formas de placer, estirando los minutos para hacer de su conexión algo fuera de lo común. Algo exquisito que traspasaba los límites de lo físico para materializarse en una forma de unión, tan poderosa como atemorizante. Desayunaban, almorzaban y cenaban juntos. Pedían comida o provisiones que Rocío tomaba desde la puerta. Había desempolvado un

