Karl Hofer estaba sentado en una silla de respaldo recto frente a un escritorio de roble repleto de papeles en una oficinita junto a un aula vacía en la prestigiosa Universidad de Humboldt, en Berlín Oriental. La fotografía de una mujer, de principios de los treinta, rubia y de ojos azules, sobre la mesa. Le llamó la atención y el motivo de su sonrisa vacía, a pesar de posar para un retrato. —Diversas fuentes me están aportando información —le decía Steiner Beck—. Algunos feligreses de la iglesia, otros tantos estudiantes míos y dos de los profesores de esta universidad. Hofer levantó la mano, como para que Beck parase de hablar. —No me interesa saber quiénes son tus soplones —dijo—. No aún, por de pronto. —Trato de mostrar lo álgido que me estoy poniendo con sus operaciones —dijo. Le b

