Marino tomaba su café matutino al tiempo que reflexionaba en todo lo que había sucedido desde que cerraron la frontera. Su atención estaba puesta en Kirstin, en cómo podría ayudarla. Tan absorto estaba, que ni puso la radio para enterarse de los resultados de béisbol. No es que hubiese preguntado mucho, pero suponía que alguna vez tendría que confiar en él. Y se dio cuenta de que, cuando reinaba en su difícil situación, no tenía a nadie en quien recurrir. Nunca antes nadie había dependido de él, sobre todo, para su propia supervivencia. O, tal vez sí, pero jamás se apercibió de ello Si lo que quería era escapar de Berlín Este —y estaba bastante convencido—, la pregunta era cómo podría ayudarla a conseguirlo. No podía captar la atención de los guardias o llevar a cabo un rescate desde una

