Rara vez asistía Kirstin a los servicios religiosos, excepto aquel domingo. Se sentaba en un banco junto a su marido, escuchando al cura hablar de la Biblia, del Estado, del pueblo, del muro fronterizo, refiriéndose a él como la «barrera de protección antifascista», y cómo estaba todo interconectado. Escuchaba, pero su pensamiento vagaba en la deriva de su próximo encuentro con Tony. Parecía ser un buen tipo. Además, era atractivo, con cierto aire a Elvis Presley. En vano, trataba de dar con su apellido, de dónde era, si estaba casado, no por sus furtivas conversaciones antes del cierre fronterizo. Decía que era escritor. ¿Escribía ficción o no ficción, narrativa o novela de suspense? Su ansiedad aumentaba conforme esperaba el encuentro entre ellos. Berlín Occidental estaba sembrado de age

