Dieter Katz salió de la iglesia y se quedó en la fila de feligreses que saludaban al cura. Sin quitar la vista al cementerio donde Kirstin y el Dr. Werner conversaban en voz baja, esperó su turno. Le picaba la curiosidad esa aparentemente desconfiada conversación de susurros y acechos a todo aquel que pasaba. Bien creía que, fuesen los que fuesen en Berlín Este en quienes confiar, serían ellos. Ya lo ayudaron una vez. Y podrían repetirlo. —Dieter, qué bueno volverte a ver —dijo Steiner Beck conforme se acercaba. Su frente, aún magullada por la culata del rifle, atrajo su mirada. —Sin cicatriz eterna, espero. —No, estoy bien —dijo Dieter, tratando de no parecer resentido. Sabía que tenía que ir con cuidado. No podía decir ni hacer nada que levantase sospecha. —Hoy no he visto a tu novia

