Los días comenzaron a deslizarse con una cadencia distinta. Ya no había sobresaltos, ni silencios que cortaran el aire. Solo esa calma extraña que llega cuando el dolor empieza a desvanecerse, aunque deje cicatrices. En la editorial, la noticia de que un autor reconocido, Elías Dorne, el eterno favorito de los lectores de ficción histórica, firmaría contrato con nosotros, fue el acontecimiento de la semana. Julia estaba eufórica; el equipo entero parecía caminar un par de centímetros por encima del suelo. Yo, en cambio, me limité a sonreír, fingiendo el mismo entusiasmo. —No puedes faltar a la cena del viernes —me advirtió Julia, apoyando una pila de carpetas sobre mi escritorio—. Elías pidió conocer personalmente a quienes van a trabajar con él. —¿Yo también? —pregunté, intentando esq

