Salí a la calle con el sol de la mañana golpeándome el rostro. El aire tenía ese aroma a pan recién horneado y hojas húmedas que suele acompañar los días que no prometen nada y, por eso mismo, terminan doliendo menos. Caminé sin rumbo, solo con la necesidad de sentir el suelo bajo mis pies, de probar que seguía existiendo. Las palabras que había escrito antes de salir aún resonaban en mi cabeza. “Estoy triste porque yo aún no sé cómo olvidarlo.” No había nada más cierto que eso. Y al mismo tiempo, nada más inútil. Me detuve frente a una librería pequeña, de esas que parecen resistir al paso del tiempo por pura obstinación. Entré sin pensarlo. El olor a papel y polvo me recibió como un abrazo familiar. Caminé entre los pasillos estrechos, pasando los dedos por los lomos de los libros sin

